20 de febrero de 2008

IRÈNE NÉMIROVSKY

(Kiev 1903 - Auschwitz 1942)

Irène Némirovsky nació en 1903 en Kiev en el seno de una familia judía. Su vida estuvo marcada por un destino trágico. Era la única hija del banquero judío ucraniano, Léon Némirovsky, el más rico de Rusia. Su madre se llamaba Faïga, pero se hacía llamar Fanny, y nunca pretendió saber lo que era el instinto maternal, por lo que Irène fue educada por una institutriz francesa, de modo que el francés fue prácticamente su lengua materna. También hablaba ruso, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish.

En diciembre de 1918, huyó de Rusia junto con su familia, apenas ocurrida la Revolución, como otros muchos intelectuales rusos, perseguidos o contrarios a su política. Eran los llamados "rusos blancos" que solían reunirse para defender al Zar entre otras cosas. Durante un año estuvieron escondidos esperando que amainase el temporal bolchevique. La Revolución hizo públicas sus intenciones al poner precio a la cabeza de Léon Némirovsky. Ya no valía la pena seguir ocultándose, era más prudente huir, y disfrazados de humildes campesinos emprendieron el camino del exilio que, en 1919, les llevó a Francia tras pasar meses de espera en Estocolmo.

En los veraneos de la pequeña Irène, por ejemplo, la madre se instalaba en un gran hotel de la Costa Azul o de Biarritz, mientras la hija y el servicio se alojaban en pensiones modestas.

Irène, de 16 años, pudo retomar sus estudios en París y obtuvo en 1926 la licenciatura en Letras en la Sorbona. A los 18 años comenzó a escribir.

Su madre prefería los bailes y las extravagancias a la compañía de una hija, abandonada a su vez en las hojas de los libros, que la amparaban de la soledad inquietante de la pubertad y de una vida nueva, y en las hojas en blanco de cuadernos que le alivian el corazón escribiendo. Desde entonces hasta el final de su vida publicó una decena de novelas y una biografía novelada sobre la vida de Antón Chéjov.

En 1926 se casó con Michael Epstein, un ingeniero transformado en banquero, con el que tuvo dos hijas: Denise, en 1929, y Élisabeth, en 1937.
En 1929 envió al editor Bernard Grasset el manuscrito de su primera novela, David Golder, escrita en francés. El texto entusiasmó al editor, que la publicó de inmediato e Irène se volvió muy conocida. De su novela se hicieron en 1930 adaptaciones para el teatro y el cine.

Un año después publicó El baile. Irène Némirovsky se transformó en una consejera literaria, amiga de Joseph Kessel y Jean Cocteau. Siendo una escritora en lengua francesa reconocida e integrada a la sociedad francesa, el gobierno francés, sin embargo, rechazó su petición de nacionalización en 1938, en una clara actitud de antisemitismo. El 2 de febrero de 1939 ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo.

Víctimas de las leyes antisemitas promulgadas en octubre de 1940 por el gobierno de Vichy, Michel no pudo trabajar más en la banca y a Irène le impidieron publicar. Se refugiaron en Issy-l’Évêque, donde habían mandado a sus hijas en 1939 junto a la familia de su niñera. Irène se dedicaría a escribir aunque no podía publicar. Ella y su marido llevaron la estrella amarilla.

El 13 de julio de 1942, cuando estaba redactando Suite française, Irene fue arrestada por la gendarmería francesa e internada en el campo de Pithiviers; muy pronto sería deportada a Auschwitz, donde murió de tifus el 17 de agosto de 1942. El mismo día del arresto su marido emprendió innumerables gestiones para lograr su liberación. Michel no admitió lo que la deportación significa. En el hotel de Issy exige cada día que haya un plato en la mesa que indique que el regreso de Irène es inminente. Desesperado, escribe al mariscal Pétain hablándole de la frágil salud de Irène y proponiéndose para reemplazarla en lo que él imagina un campo de trabajo. En octubre, los gendarmes le detienen a él, que muere en la cámara de gas de Auschwitz el 6 de noviembre de 1942, menos de tres meses después que su esposa.

Irène Némirovsky dejó una docena de libros escritos en su corta vida. Cada uno de ellos brilla como una obra maestra. Su amor por la literatura es evidente: miraba el mundo casi como un mero material literario.

SUITE FRANCESA
En los años 1941 y 1942, y hasta pocos días antes de su detención y deportación a Birkenau, Iréne se embarcó en la escritura de "Suite francesa", en la que narra de forma autobiográfica los días previos a la invasión alemana y el éxodo masivo de París después de que cayeran las primeras bombas en junio de 1940. Sueña con un libro de mil páginas -al final sólo tuvo tiempo de escribir unas 400- compuesto como una sinfonía en cinco partes, una obra de la magnitud de Guera y Paz: Tempestad en junio, Dolce, Cautividad, Batallas y La paz. De estas cinco sólo tuvo tiempo de escribir dos, tomando como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven.

Cuando fue detenida, ya había escrito las dos primeras partes y finalizado las notas de la tercera. Tiene por escenario el éxodo de 1940, la ocupación alemana en Francia y la pérdida del mundo normal; es un relato claro e inteligente de la desaparición de la Francia que existió o, que quizás nunca existió realmente. En ella se describe la sociedad de la Francia de Vichy dibujando escenas de convivencia entre sus miembros y el invasor. Además de los dos tomos escritos tenía recogidas numerosas notas de los tomos sucesivos y de posibles cambios en los ya realizados.
Tras el arresto de sus padres, Denise y Élisabeth Epstein, sus hijas, de cinco y trece años al final de la guerra, vivieron escondidas durante la guerra, ayudadas por amigos de la familia y llevando siempre la maleta con los manuscritos inéditos confiados por su madre, entre ellos la Suite Francesa. Denise y Elisabeth también son perseguidas por los gendarmes, que van a buscarlas a la escuela, pero ahí topan con uno de esos pequeños gestos de heroísmo que impiden las generalizaciones sobre el colaboracionismo y Francia: la maestra esconde a las niñas en un rincón de su alcoba. Tras una serie de arriesgadas peripecias Denise y Elisabeth, consiguen llegar a Niza, donde vive su abuela en una gran mansión. No querrá ni abrirles la puerta, limitándose a aconsejarlas que "puesto que vuestros padres han muerto, debéis vivir en un orfanato". Curiosamente, en 1989, a la muerte de Fanny, en la caja fuerte de su apartamento parisiense había sólo dos libros -David Golder y Jézabel-, en los que Irène presenta a una madre desalmada.
La novela estuvo más de 60 años dentro de la maleta. Denise Epstein, hija de la escritora, vive con un sentimiento de gran alegría y placer el reconocimiento mundial a la obra póstuma de su madre, uno de los éxitos literarios de Francia en 2004, año en el que fue publicada, y que recibió el Premio Renaudot otorgado por primera vez a título póstumo.
Pasaron los años y Denise y su hermana no se atrevían a abrir la maleta con el manuscrito de "Suite francesa", escrito en letra minúscula para economizar la tinta en época de penurias económicas y por el pésimo papel en tiempo de guerra. "Al principio no pude leer el manuscrito. El dolor y la cólera me lo impedían. Luego, cuando lo leí, no comprendí enseguida que se trataba de una novela. Las anotaciones eran terribles. No me vi con ánimo de ordenar todo aquello hasta años más tarde".

Finalmente, decidieron confiarlo al Instituto de la Memoria de la Edición Contemporánea, pero antes Denise lo mecanografió, con la ayuda de una gran lupa. Su sorpresa fue evidente cuando se dio cuenta de que su madre no había escrito sólo unas notas, sino que "Suite francesa" se trataba de una obra violenta, en la que se combinaba un retrato intimista de la burguesía ilustrada con una visión implacable de la sociedad francesa durante la ocupación.
Denise Epstein subraya que del manuscrito original "no se ha tocado ni una coma, porque esa fue la condición esencial que puse para la publicación del libro, aún siendo conscientes de que, por ejemplo, hay inconsistencias de tiempo verbal, que se han respetado".

13 de febrero de 2008

CHINA KEITETSI, LA NIÑA SOLDADO

En el mundo hay más de 300.000 niños soldado. China Keitetsi fue uno de ellos. Por su ciega obediencia y su lealtad a los jefes, los niños soldado son utilizados de parapetos de un ataque, como guardaespaldas o para acciones arriesgadas.

Su infancia y su adolescencia le fueron robadas a China, quien, entre los 8 y los 18 años de edad, fue niña soldado en el Ejército Nacional de Resistencia (NRA) de Museveni, en Uganda. Ahora, de 28 años, ha decidido contar su experiencia para contribuir a la lucha contra la utilización de menores soldados en las guerras. A pesar de los años transcurridos, todavía le cuesta explicar con palabras esos diez años de su vida, revivir el miedo constante, la brutalidad de sus acciones, la pérdida de su infancia y adolescencia. Su verdadero nombre es Goret, pero un sargento, incapaz de pronunciarlo durante la instrucción, la apodó China por la forma de sus ojos. Hasta eso le robaron.

Rechazada por su padre “por ser niña” y maltratada por su abuela y una madrastra, China se escapó a los ocho años de casa y se topó con los miembros del indisciplinado y vengativo Ejército Nacional de la Resistencia de Y.K. Museveni, que avanzaba haciendo estragos por todo el país, con varios menores de edad entre sus filas.

A los pocos días de unirse al NRA, China ya tenía entre sus manos un fusil AK-47 que era más grande que ella.
“Nos decían que esa arma sería, desde entonces, nuestra mamá y los mandos militares eran como dioses; sus vidas importaban más que nuestras propias vidas”.

Al principio pensaba que todo era un juego pero pronto descubrió la triste realidad. La niña tuvo que aprender a sobrevivir y se convirtió en una guerrillera temible, tomó parte en matanzas atroces y vio caer en combate a muchos de sus pequeños camaradas.

Para colmo, ella, al igual que las demás niñas soldado, debían estar a disposición de las demandas sexuales de cualquier oficial al que se le ocurriese exigir sus favores, y antes de su primera menstruación ya fue sometida a muchas vejaciones.

“como mujer, sirves a los mandos. Todo el orgullo que puedas tener se te va. Te sientes sucia. Y luego, al volver a la aldea, ya eres distinta a las demás. No te preocupa tu aspecto, nadie quiere casarse contigo porque te tienen miedo y porque no quieren asumir la carga de los hijos que has tenido”, dice China, que recuerda el miedo de dar a luz a su hijo con 14 años en el ejército o la experiencia, imborrable ya, del aborto que le practicaron cuando era guardaespaldas de un mando. “Cada vez que veo un cuchillo, siento de nuevo aquella sensación de su filo cortándome las entrañas”.

En 1995, tras diez años cargando su fusil decidió que debía de huir de nuevo. Su apuesta por la libertad debía de ser certera o de lo contrario sería fusilada en castigo por sus propios compañeros de armas. Dejó atrás a su hijo y su país y tardó tres semanas en llegar a Suráfrica a través de Kenia, Tanzania, Zambia y Zimbabue. Allí descubrió que por segunda vez iba a ser madre. En esta ocasión había una diferencia con la primera: no tenía ni idea de quien podría ser el padre de su hija. Las violaciones habían sido sistemáticas. Siempre a partir de las nueve de la noche.

En 1999, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados la envió a Dinamarca, país que la acogió como “una madre”.
“Durante toda mi vida nunca pude hablar de mis sentimientos, de mis miedos, de nada. Al llegar a Dinamarca me sentía de nuevo como una niña, y allí cuidaron de mí, me ayudaron mucho”.

Allí comenzó el proceso de rehabilitación que le ayudó a darse cuenta de que lo normal no es ser madre a los 14 años, ni vivir tantas malas experiencias cuando todavía eres una niña, como ocurre en su país. Al poco tiempo de llegar a Copenhague intentó seguir el rastro de su familia en Uganda y descubrió que todos habían sido asesinados: su padre, su madre, sus hermanas. Todos.
“En el momento en que coges un arma, has perdido tu infancia. La gente no te ve como un niño, sólo ve el arma que tienes en las manos. Crees que eso es normal, y nadie se queja, ni los padres ni las madres”, continúa China. “Yo ahora, tengo suerte. Puedo llorar, puedo sentir, pero hay miles de niños allí que no pueden hacerlo”.

China Keitetsi escribió a los 28 años, diez años después de huir del Ejército, "Mi vida como una niña soldado" (Ed. Maeva) a modo de terapia, mientras trabajaba durante horas, día a día con un psicólogo en Dinamarca para aprender lo más básico:
“A querer. A sentir algo por los demás. A ser mujer, a dejarme el pelo largo, a ponerme pendientes, a cuidarme las uñas… y sobre todo, a aprender a amar a mis dos hijos”

Tuvo al mayor, que hoy tiene 16 años, con 14. La pequeña, de 11, nació en mitad de su huida, a los 18 años. “Me hacían preguntas que era incapaz de contestar. Me preguntaban si quería a su padre. Sólo podía mentirles”, recuerda. “Para una niña era todavía más difícil. Entre tanto hombre, tu también eras un objetivo. A los 15 años era incapaz de recordar cuántos hombres habían abusado de mí”.

Apenas se relacionaba con los otros niños. Éramos como piedras. Nunca hablábamos de las típicas tonterías de niños. Nos juntábamos los domingos por la mañana para limpiar nuestras armas y no nos decíamos nada. Teníamos mucho miedo pero teníamos que dar miedo. Ni siquiera hablaba con las niñas. Cuando nos quedábamos embarazadas nos sentíamos avergonzadas por lo que nos habían hecho”, recuerda. “Al principio no sabía lo que me estaba pasando, porque nunca nadie te había hablado de eso”.

Vio matar y morir. Asegura que ha hecho cosas terribles de las que se avergüenza “enormemente”, pero no quiere hablar de ello. Desde que recuperó su libertad, intenta conocerse. Recorre el mundo contando parte de su historia, pidiendo a los Gobiernos que trabajen para que no haya más casos como el suyo.

"En ocasiones me parece que tengo cinco años y otras veces siento que soy centenaria".

“Hablar de esto ha sido mi mejor medicina. En el tiempo que fui soldado, me preguntaba ¿cuándo voy a morir? ¿va a ser el resto de mi vida así? Pero al hablar de ello me he dado cuenta de que era sólo una parte de mi vida y una parte que podía cambiar”,
explica.

Ha fundado un centro en Ruanda para acoger a ex niños y niñas soldado. “Ahora ellos lo son todo para mí. Por fin me importan los demás. Les quiero”, dice mientras se retoca una vez más los labios. “¡Me encanta hacer esto!”.

En el mundo hay cerca de 500.000 niños combatiendo en casi todos los principales conflictos del mundo, según la Coalición para acabar con la Utilización de los Niños Soldado, de la que forman parte Alboan, Amnistía Internacional, Entreculturas, Fundación El Compromiso, Save the Children y El Servicio Jesuita a Refugiados). En los últimos dos años, el comienzo de procesos de paz en países como Angola, Afganistán o Sierra Leona ha permitido la desmovilización de 40.000 pequeños, aunque mientras tanto, fueron reclutados otros 25.000 en Costa de Marfil y Sudán.