Séraphine Louis, o Séraphine de Senlis, nació en 1864 en Assy (Oise) el 3 de septiembre de 1864.
Su padre era obrero -según la partida de nacimiento- y su madre procedía de una familia de campesinos. Cuando Séraphine tenía a penas un año murió su madre. Su padre, que había vuelto a casarse, murió seis años después. Huérfana, vivía con su hermana mayor. Empezó a trabajar como pastora, y a partir de 1881 como asistenta en el convento de las Hermanas de la Providencia, en Clermont (Oise). En 1901 comenzó a trabajar como criada en diferentes casas de Senlis.
Jamás estudió pintura ¿Cuándo empezó a plasmar con formas y colores sus sueños y sus impulsos? ¿Por qué lo haría? Sabemos muy poco del drama íntimo de su pequeño ser. Y quizás todavía sabríamos menos de su arte si el azar no la hubiera reunido con aquél hombre que, impresionado por las imaginaciones de Rousseau, seguía la huella de los modernos primitivos.
En el año 1912 una Séraphine de poco más de 40 años se pasa buena parte del día lustrando objetos, acarreando baldes de agua y, arrodillada, encerando las tarimas de la casa de la áspera señora Duphot, en Senlis. Sin que nadie lo sepa, en sus ratos libres y en la noche, pinta en pequeños rectángulos de madera plantas y flores de un modo luminoso y peculiar. Ese mismo año Wilhem Uhde se trasladó a Senlis para descansar en la paz de esa vieja y pequeña ciudad de la Ile de France, cercana a París y, al mismo tiempo, alejada del Barullo.
Wilhem era coleccionista, marchante, galerista y crítico de Arte, asociado con la vanguardia artística parisina de principios del siglo XX. En 1908 se casó con la pintora Sonia Delaunay. Tras dedicarse a comprar y exponer la obra de impresionistas y cubistas, comenzó a consagrar gran parte de su energía y de su fortuna a los pintores “naïfs” o ingenuos, a los que prefería llamar “primitivos modernos” y a los que también llamó “pintores del Sagrado Corazón” en la primera exposición que les dedicó en París, en 1929, con obras de Henri Rousseau, Séraphine de Senlis, Camille Bombois, Louis Vivin, André Bauchant...
Cada mañana Seraphine acudía a su casa para limpiar. Uhde apenas se fijó en ella. Un buen día vio en una casa de Senlis un bodegón de manzanas que le llamó la atención. Preguntó el nombre del pintor: “¡Es su asistenta Séraphine!” Hasta ahí le había guiado el destino a ciegas. Ahora podía cuidarse Uhde de que los estáticos ramos de flores crecieran hasta convertirse en poderosos árboles de fantasía.
Séraphine guardaba rigurosamente el secreto de su pintura. Nadie podía mirar cuando ella pintaba, cuando mezclaba los colores y preparaba el lienzo para que todo se efectuara con perfección artesana. Su técnica, completamente particular, consistía en el uso de la pintura Ripolin –la más común del mercado-, mezclada con la cera de velas que cogía en la iglesia, tierra extraída del cementerio y otros campos, de su propia sangre, que extraía de sus heridas y daba vida a sus cuadros… Vivía con un recogimiento monacal en su pequeña habitación, sobre cuya chimenea siempre ardía una eterna luz a la Virgen. Decía que comenzó a pintar por indicación de los ángeles y la Virgen. Cuando salía del aislamiento de su habitación iba a hablar y abrazar a los árboles y las flores.
En 1914 estalla la primera Gran Guerra. Udhe huye de Francia y pierde contacto con Séraphine, dejando toda su colección en la vivienda.
Pequeña, ajada, con mirada ardiente y oscura sobre su pálido rostro, Seráphine pintaba en una especie de trance, como jardinero místico, los flamantes ramilletes tras los cuales se oculta la tentación de todo lo sagrado. Plantas carnales con frutos rodeados de pestañas, ornamentos foliáceos hechos de suntuosas plumas delicadamente coloreadas, en cuyo resplandeciente nervio se abren ojos. Extraña malla de susurrantes y concupiscentes ramajes con sartas de perlas compuestas por bayas del arbusto de la ternura, y umbelas estrelladas del jardín de los placeres.
Al concluir la guerra Udhe se instala en Chantilly, Francia, con su hermana y un amante, pintor de poca monta. Animado por su hermana, el coleccionista se acerca a Senlis para visitar una exposición de artistas noveles. Al fondo de la sala descubre colores y formas que le son familiares. A través de esos lienzos reencuentra a Séraphine que, durante esos años, ha ido expresando su talento en grandes lienzos que conmueven al experto y le hacen tomar la decisión de volver a ayudarla sin concesiones Son para ella los años más felices de una existencia infeliz. Una luz en un pozo. Un algo de sosiego y reconocimiento en el que surgen sus obras más inspiradas y en el que acaba por asomar un merecidísimo dinero. Pero ese tiempo no dura. Séraphine poco a poco cae en la locura. Lo que crea suscita risas y su casa es varias veces apedreada.
Una rancia burguesía provinciana hace imposible la combinación mujer-pobre-artista.
En este callejón de difícil salida es abandonada de nuevo por Udhe. Se hunde en la demencia. Vagó de casa en casa y predicó el fin del mundo. Su espíritu había quedado vacío y desequilibrado.
Séraphine Louis, que había nacido el mismo año que Camille Claudel, vivió sus últimos años como la escultora, que sólo le sobrevivió un año, internada en un asilo mental. Murió el 11 de diciembre de 1942, a los 78 años, en un anexo del hospital de Villers-sous-Erquery, a causa de las dosis masivas de tranquilizantes, de las privaciones físicas y la falta de alimento durante la ocupación alemana de Francia en la II Guerra Mundial y que fueron fatales para los miles de hombres y mujeres que vivían en centros psiquiátricos. Fue enterrada en una fosa común.
Para Séraphine el arte fue como una revelación. Para ella la pintura –igual que para Van Gogh- era un acto afectivo, como si se redimiera mediante el acto de la creación. Con los ojos inmensamente abiertos caminaba a ciegas por la uniforme monotonía de su insignificante vida.
El ignorante mundo la tomó por la humilde sirvienta de Senlis. Pero ella había sido llamada para ver, para mirar, a través de los bastidores perecederos de lo temporal, y para anunciar la eternidad.
Su padre era obrero -según la partida de nacimiento- y su madre procedía de una familia de campesinos. Cuando Séraphine tenía a penas un año murió su madre. Su padre, que había vuelto a casarse, murió seis años después. Huérfana, vivía con su hermana mayor. Empezó a trabajar como pastora, y a partir de 1881 como asistenta en el convento de las Hermanas de la Providencia, en Clermont (Oise). En 1901 comenzó a trabajar como criada en diferentes casas de Senlis.
Jamás estudió pintura ¿Cuándo empezó a plasmar con formas y colores sus sueños y sus impulsos? ¿Por qué lo haría? Sabemos muy poco del drama íntimo de su pequeño ser. Y quizás todavía sabríamos menos de su arte si el azar no la hubiera reunido con aquél hombre que, impresionado por las imaginaciones de Rousseau, seguía la huella de los modernos primitivos.En el año 1912 una Séraphine de poco más de 40 años se pasa buena parte del día lustrando objetos, acarreando baldes de agua y, arrodillada, encerando las tarimas de la casa de la áspera señora Duphot, en Senlis. Sin que nadie lo sepa, en sus ratos libres y en la noche, pinta en pequeños rectángulos de madera plantas y flores de un modo luminoso y peculiar. Ese mismo año Wilhem Uhde se trasladó a Senlis para descansar en la paz de esa vieja y pequeña ciudad de la Ile de France, cercana a París y, al mismo tiempo, alejada del Barullo.
Wilhem era coleccionista, marchante, galerista y crítico de Arte, asociado con la vanguardia artística parisina de principios del siglo XX. En 1908 se casó con la pintora Sonia Delaunay. Tras dedicarse a comprar y exponer la obra de impresionistas y cubistas, comenzó a consagrar gran parte de su energía y de su fortuna a los pintores “naïfs” o ingenuos, a los que prefería llamar “primitivos modernos” y a los que también llamó “pintores del Sagrado Corazón” en la primera exposición que les dedicó en París, en 1929, con obras de Henri Rousseau, Séraphine de Senlis, Camille Bombois, Louis Vivin, André Bauchant...
Cada mañana Seraphine acudía a su casa para limpiar. Uhde apenas se fijó en ella. Un buen día vio en una casa de Senlis un bodegón de manzanas que le llamó la atención. Preguntó el nombre del pintor: “¡Es su asistenta Séraphine!” Hasta ahí le había guiado el destino a ciegas. Ahora podía cuidarse Uhde de que los estáticos ramos de flores crecieran hasta convertirse en poderosos árboles de fantasía.
Séraphine guardaba rigurosamente el secreto de su pintura. Nadie podía mirar cuando ella pintaba, cuando mezclaba los colores y preparaba el lienzo para que todo se efectuara con perfección artesana. Su técnica, completamente particular, consistía en el uso de la pintura Ripolin –la más común del mercado-, mezclada con la cera de velas que cogía en la iglesia, tierra extraída del cementerio y otros campos, de su propia sangre, que extraía de sus heridas y daba vida a sus cuadros… Vivía con un recogimiento monacal en su pequeña habitación, sobre cuya chimenea siempre ardía una eterna luz a la Virgen. Decía que comenzó a pintar por indicación de los ángeles y la Virgen. Cuando salía del aislamiento de su habitación iba a hablar y abrazar a los árboles y las flores.En 1914 estalla la primera Gran Guerra. Udhe huye de Francia y pierde contacto con Séraphine, dejando toda su colección en la vivienda.
Pequeña, ajada, con mirada ardiente y oscura sobre su pálido rostro, Seráphine pintaba en una especie de trance, como jardinero místico, los flamantes ramilletes tras los cuales se oculta la tentación de todo lo sagrado. Plantas carnales con frutos rodeados de pestañas, ornamentos foliáceos hechos de suntuosas plumas delicadamente coloreadas, en cuyo resplandeciente nervio se abren ojos. Extraña malla de susurrantes y concupiscentes ramajes con sartas de perlas compuestas por bayas del arbusto de la ternura, y umbelas estrelladas del jardín de los placeres.Al concluir la guerra Udhe se instala en Chantilly, Francia, con su hermana y un amante, pintor de poca monta. Animado por su hermana, el coleccionista se acerca a Senlis para visitar una exposición de artistas noveles. Al fondo de la sala descubre colores y formas que le son familiares. A través de esos lienzos reencuentra a Séraphine que, durante esos años, ha ido expresando su talento en grandes lienzos que conmueven al experto y le hacen tomar la decisión de volver a ayudarla sin concesiones Son para ella los años más felices de una existencia infeliz. Una luz en un pozo. Un algo de sosiego y reconocimiento en el que surgen sus obras más inspiradas y en el que acaba por asomar un merecidísimo dinero. Pero ese tiempo no dura. Séraphine poco a poco cae en la locura. Lo que crea suscita risas y su casa es varias veces apedreada.
Una rancia burguesía provinciana hace imposible la combinación mujer-pobre-artista.
En este callejón de difícil salida es abandonada de nuevo por Udhe. Se hunde en la demencia. Vagó de casa en casa y predicó el fin del mundo. Su espíritu había quedado vacío y desequilibrado.
Séraphine Louis, que había nacido el mismo año que Camille Claudel, vivió sus últimos años como la escultora, que sólo le sobrevivió un año, internada en un asilo mental. Murió el 11 de diciembre de 1942, a los 78 años, en un anexo del hospital de Villers-sous-Erquery, a causa de las dosis masivas de tranquilizantes, de las privaciones físicas y la falta de alimento durante la ocupación alemana de Francia en la II Guerra Mundial y que fueron fatales para los miles de hombres y mujeres que vivían en centros psiquiátricos. Fue enterrada en una fosa común.Para Séraphine el arte fue como una revelación. Para ella la pintura –igual que para Van Gogh- era un acto afectivo, como si se redimiera mediante el acto de la creación. Con los ojos inmensamente abiertos caminaba a ciegas por la uniforme monotonía de su insignificante vida.
El ignorante mundo la tomó por la humilde sirvienta de Senlis. Pero ella había sido llamada para ver, para mirar, a través de los bastidores perecederos de lo temporal, y para anunciar la eternidad.