Mostrando entradas con la etiqueta Rita Levi-Montalcini. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rita Levi-Montalcini. Mostrar todas las entradas

28 de enero de 2008

RITA LEVI-MONTALCINI

Rita Levi-Montalcini es una bióloga italiana, y una de las grandes figuras del siglo XX.

Nace en Turín en 1909 en el seno de una familia judía. Su padre, un ingeniero apasionado por las matemáticas, se negó durante años a permitirle que estudiara porque en esa época se consideraba que las mujeres no hacían esas cosas. Su madre, Adele, fue una escritora
frustrada, esposa reservada y sumisa. Su hermana gemela Paola fue una gran pintora, y su hermano mayor, Gino, un célebre arquitecto.

"Desde niña tuve el empeño de estudiar. Mi padre quería casarme bien, que fuese buena esposa, buena madre... Y yo me negué. Me planté y le confesé que quería estudiar..."

A los 20 años, en 1930, se le consintió por fin acceder al bachillerato superior y después a la Facultad de Medicina. Dos años después su padre murió repentinamente de un infarto al miocardio.

En 1932 y cursando el segundo año de los estudios médicos, ingresa al laboratorio del histólogo Giuseppe Levi. También fueron alumnos del doctor Levi: Salvador Luria y Renato Dulbecco. Los tres fueron muy buenos amigos y Giuseppe Levi los apoyó para ser admitidos en laboratorios norteamericanos. Los tres ganaron el Premio Nobel. Luria en 1969, Dulbecco en 1975 y Rita en 1986.

Al terminar sus estudios de medicina en 1936, Rita pensó especializarse en neurología y psiquiatría, pero tal deseo se vio frustrado a causa del Manifiesto de Defensa de la Raza de Benito Mussolini, que prohibió la presencia de los judíos en las universidades.
Entonces continuó sus investigaciones, sobre el sistema nervioso en embriones de pollo, en la clandestinidad en un improvisado laboratorio en su casa de Turín.

A principios de 1939, su maestro Levi le consigue trabajo en Bélgica, donde viaja escondida. Nueve meses después regresa a Turín pretextando que estaría más segura escondida con “sus” italianos que en Bélgica, que ya habían invadido los alemanes.

Poco después Mussolini decidió participar en la guerra al lado de los nazis y los bombardeos de los aliados se intensificaron día a día en las ciudades del norte de Italia, sobre todo en Turín; por ello emigra al campo con su familia donde, con la protección de los campesinos, monta un nuevo laboratorio a la “Robinson Crusoe”, según sus propias palabras.

A mediados de 1943, con la dimisión y huida de Mussolini, los alemanes ocupan los alrededores de Turín y la familia escapa a una pequeña villa cerca de Florencia, para esperar a las tropas aliadas, que ya estaban en el sur de Italia. Ahí permanecen hasta septiembre de 1945. Las tropas aliadas la aceptaron como médico de la Cruz Roja Internacional, meses después pudo regresar a Turín y volver a formar parte del grupo de Levi, reanudando sus investigaciones.

Durante la guerra trabajó como médica para la Resistencia y las tropas aliadas. Fue destinada a un hospital de refugiados de guerra entre los que se propagó una epidemia de tifus abdominal. Murieron cientos de personas. Esta terrible experiencia influyó poderosamente en su decisión de no ejercer la profesión médica y dedicarse a la investigación.

En 1946 Rita Levi-Montalcini viajó a Estados Unidos, en el mismo barco iba su amigo Dulbecco, que estaría en el laboratorio de Luria, quien años
antes había dejado Italia. Supuestamente iba por seis meses, pero se quedó quince años. En 1947 fue invitada a trabajar como neuróloga en la Universidad Washington de San Luis (EE.UU.), donde descubrió la proteína NGF, estimuladora del crecimiento de las fibras nerviosas. El hallazgo le valió en 1986 el Premio Nobel de Medicina.

En 1961 regresó a Italia, pero no totalmente, ya que hasta 1983 dividió su tiempo entre su país y San Louis Missouri.

El descubrimiento del gen que codifica para el factor nervioso de crecimiento se realizó en 1983.

Este año cumplió 98 de edad y, como Senadora Vitalicia de la República Italiana, sigue trabajando tiempo completo en la supervisión de los laboratorios de investigación que fundó a su regreso a Italia, así como en la Comisión de Derechos Humanos, el Comité de Honor y el Departamento de Justicia del Senado de la República Italiana.

A fines de los años 80, después de haber recibido el premio Nobel, Rita Levi Montalcini, escribe su autobiografía bajo un titulo fascinante y significativo: "Elogio de la imperfección".

Dos días antes de cumplir 96 años, inauguró en Roma, donde vive, la sede del nuevo Instituto Europeo de Neurociencia. Es autora de numerosos libros, y los más recientes –como Tiempo de acción, que acaba de publicarse– se centran en la revolución digital y en la necesidad de cambiar la educación. Su vista es deficiente y necesita de su secretaria para utilizar Internet, una de sus herramientas favoritas, pero conserva la vitalidad, la ironía y la lucidez.

Cuando se le pregunta si no quiere jubilarse, contesta:
¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona... Y eso mata su cerebro. Y enferma. ¡Mi cerebro está igual que a mis 20 años! No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad. Mañana vuelo a un congreso médico... Mi cerebro pronto tendrá un siglo..., pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro! Gozamos de gran plasticidad neuronal: aunque mueran neuronas, las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones, ¡pero para ello conviene estimularlas! Hay que mantener tu cerebro ilusionado, activo, hacerlo funcionar, y nunca se degenerará. Vivirá mejor los años que viva, que eso es lo interesante. La clave es mantener curiosidades, empeños, tener pasiones...

Estos son algunos fragmentos de la entrevista concedida a Enric González: P.: ¿Nos queda margen para seguir evolucionando?
Rita Levi-Montalcini: No desde el punto de vista somático. Sí desde el punto de vista de la informática. La informática nos da acceso a otro mundo que para nuestros predecesores, hace sólo medio siglo, no existía. A falta de un nuevo desarrollo de la neocorteza, disponemos de los ordenadores.

P.: En teoría, disponemos también de la manipulación genética.
R.: Odio esa opción. La manipulación genética no debe ser utilizada. No tenemos derecho a hacer nacer bebés a la carta. No es aceptable fabricar niños con los cabellos rubios, los ojos verdes, tal característica o tal otra. Eso va más allá de los límites de la moral. Lo rechazo absolutamente.

P.: Hablemos aún de la evolución en los otros animales. ¿Hay posibilidad de evolución en los insectos, por ejemplo?
R.: No. El insecto de hoy es igual al de hace millones de años. El insecto no tiene ninguna posibilidad. Por lo que sabemos, está totalmente determinado, desde el punto de vista del presente y del futuro. No registra ninguna evolución. Los insectos pueden sobrevivir a la humanidad por su constitución, por su capacidad para hacer frente a las circunstancias, pero no pueden cambiar.

P.: Nosotros hemos cambiado parcialmente. ¿Por qué somos más inteligentes que hace 50.000 años, pero no somos más buenos?
R.: No somos más buenos por el componente límbico cerebral que sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales. Nuestras opciones de mejora moral pasan por las circunvoluciones neocorticales que afortunadamente tenemos.

P.: Dice usted “afortunadamente”. Esa peculiaridad en la corteza del cerebro, ¿es una suerte, una casualidad?
R.: Quién sabe. No estamos dirigidos. Como todas las evoluciones, la nuestra ha sido casual, una reacción frente a la necesidad. Esa es nuestra historia. No se ha tratado de un desarrollo dirigido por un ente divino. Nos hemos desarrollado como otros animales; algunos han adquirido ciertas capacidades, nosotros hemos conseguido la neocorteza, y eso nos ha llevado a dominar el planeta y a situarnos por encima de las leyes de causalidad que nos han conducido hasta aquí.

P.: Este “aquí” significa, por ejemplo, el siglo XX, que dice poco en favor del humano. No es fácil mantener la fe en nosotros mismos.
R.: ¿Por qué lo dice?

P.: Usted, que ha vivido casi todo el siglo XX, conoce sus errores mejor que yo.
R.: Sí, hemos sufrido el horror de la shoah, el horror del nazismo, el horror del fascismo, todos los frutos del componente palocortical. He escrito bastante sobre eso. Mire, no sé hacia dónde vamos, pero estoy segura de que debemos librarnos de ese pasado nefasto. Porque si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados. La vida se hace inútil. Yo también me siento interiormente incapaz de ser optimista, pero hay que serlo, cueste lo que cueste. Hay que mantener la confianza en el futuro.

P.: Seamos positivos. ¿Cuáles han sido las cosas más positivas del pasado siglo?
R.: Desde el punto de vista científico, el desarrollo ha sido extraordinario, y no hace falta enumerar la exploración del átomo, del ADN... Desde el punto de vista ético hemos sido capaces de vencer a Hitler, a Mussolini, a Stalin, lo que no está nada mal. Mire, la conclusión que puede extraerse del siglo XX es que debemos cambiar los mecanismos de instrucción y la relación errónea entre los adultos y los niños.

P.: Algunos aspectos de la educación han empezado a cambiar. Cuando usted era joven, las mujeres no solían acceder a una instrucción universitaria. Usted no pudo estudiar hasta...
R.: Ese cambio que dice usted afecta a los países de alto nivel cultural, no al islam ni a la mayoría de los países del sur. Un pequeño porcentaje de mujeres, en el que me incluyo, tiene suerte y disfruta ahora de ciertos derechos.

P.: Dentro del debate ético sobre la investigación científica, ¿cuáles son los límites? Las únicas posiciones claras, y obviamente restrictivas, parecen ser las cristianas.
R.: Yo no soy católica, estoy fuera de cualquier religión. Soy agnóstica. Laica y agnóstica. Lo demás no lo tengo en cuenta. Respeto todos los puntos de vista.