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2 de noviembre de 2007

Isabelle Eberhardt

(1877-1904)

Algo inesperado ocurrió el otoño de 1904 junto al Djebel Mekter, en el sur de Orán. El 21 de octubre la ciudad de Ain-Sefra (Fuente Amarilla), rodeada de altas montañas a casi 1.200 metros de altitud, quedó sepultada por un limo ocre debido a la crecida de los ríos Sefra y Mulen. Algunos días más tarde, el periódico local da cuenta de la tragedia, que se llevó árboles de cuajo, la mayor parte de las casas de la ribera baja, buena parte de los rebaños y la vida de veintiséis personas, entre las que figuraba Isabelle Eberhardt o, si se prefiere, Mahmoud Saadi, Nadia, Mariam, Nicolai Padolonski...

El nombre sólo enmascaraba la cualidad con que esa muchacha de apenas 27 años concibió la vida: la pasión. Morir sepultada por las aguas en las puertas del desierto no hizo más que cerrar el círculo de un destino literario, expresado tanto en las letras como en la encarnadura de sus días.
Isabelle Eberhardt nació en Ginebra en 1877. Su madre, Natalie de Morder, era una aristócrata alemana de origen ruso y su padre no fue el marido de su madre -el general Moerder, que había muerto al huir de Rusia, dejándole una cuantiosa renta- sino probablemente el preceptor de sus hermanos y amante de su madre, Alexander Nicolaievitch Trofimovsky, un sacerdote ortodoxo ruso, nihilista y amigo del anarquista Bakunin.

Otra teoría la convierte en hija nada menos que de Rimbaud. Ni siquiera ella estuvo nunca segura de quién fue su padre y adoptó el apellido de su abuela materna. Trofimovsky convivió varios años con la madre de Isabelle, pero nunca la reconoció como su hija.

Su casa era centro de reunión de anarquistas, nihilistas, conspiradores y revolucionarios de distintas nacionalidades. Isabelle no fue a la escuela pero de Trofimovsky aprendió griego, latín, turco, ruso, árabe, alemán e italiano, además de filosofía, literatura, geografía, historia y nociones de medicina.

A los veinte años ella y su madre hacen las maletas, dejan tirado al truhán de Trofimovsky y se marchan a vivir a Argelia, entonces colonia francesa. Allí viven en una modesta casa del barrio árabe y se convierten al Islam. A los seis meses su madre muere de un ataque al corazón, es sepultada en el cementerio musulmán y, casi de inmediato, se suicida su hermano Wladimir.

Las tendencias depresivas de Isabelle la impulsan a una huida hacia adelante. Se traslada a Argel, donde se esfuerza por captar el alma de cosas y personas, empapándose de ellas, buscando confundirse camaleónicamente con la gente y el paisaje. Y lo hace de modo literal. De día esconde su condición femenina en el fervor religioso, reuniéndose con místicos sufíes, pero por las noches se amparada en su disfraz masculino, se funde en la barahúnda de los cafés de la casbah. Ebria de kif, licor o palabras, seduce a los hombres mediante su androginia, y tuvo numerosos amantes europeos, turcos y árabes.

Hacia 1899, durante una breve estancia en Ginebra, conoce a un joven diplomático turco-armenio, Archivir, por quien siente una fuerte atracción. También conoce a Vera Popova, y los tres viven una deliciosa amistad. Con Archivir vivirá su romance más puro, pero él está demasiado interesado en los jóvenes turcos como para comprometerse con Isabelle. Tras este fracaso, se pone el mundo por turbante y se dedica a viajar por el Sahara.

Aprovechando el encargo de la marquesa Medora Mendes para que investigue la extraña muerte de su marido en Túnez, Isabelle siente la oportunidad de volver a reencontrarse con su múltiple y auténtico yo. "Revestir lo antes posible la personalidad amada que, en realidad es la `verdadera', y volver allá, a Africa, para reemprender mi vida...", escribe entonces.

Entonces crea su personaje masculino, Mahmud Saadi. Entre 1899 y 1904, una joven europea disfrazada de beduino y oculta bajo el nombre masculino de Mahmud Saadi recorría el Magreb a lomos de su caballo, para sorpresa de los nativos y escándalo de los occidentales. En esa época Isabelle publica sus primeros artículos y cuentos bajo diversos seudónimos.

Podemos imaginar la sorpresa de aquellos que descubren que ese joven imberbe, alto, de aspecto hermafrodita, intensamente perfumado al gusto árabe, en realidad es una mujer europea. Y sobre todo, la sorpresa del espahí Ehuni Slimène, un suboficial de las tropas indígenas, que se convierte en su amante estable y con el que convive por el resto de sus cortos días. "Slimène es el esposo ideal para mí, que estoy fatigado, cansado y harto de la soledad que me rodea", le escribe en una carta a Agustin. Él era miembro de una secta sufí, a la que Isabelle también se apunta.

La unión con Slimène, sus hábitos masculinos, su forma de ser, liberada y contestataria y su congénito anticonvencionalismo provocarán escándalos tanto en la comunidad árabe como en la europea. Sin embargo, Isabelle /Mahmud busca refugio en el Islam y el convulsivo amor por Slimène viajando por las rutas de los oasis.

En enero de 1901, durante una reunión de notables en Behima, es atacada por un beduino -supuestamente siguiendo órdenes de un ángel- intenta asesinarla a sablazos, logrando salvar de milagro su vida. El oscuro atentado (aparentemente a causa de la rivalidad de dos cofradías religiosas y sus inconvenientes preguntas por la muerte del marqués), le sirven de excusa a las autoridades coloniales para expulsarla del territorio por alborotadora.

El breve exilio en Marsella es doloroso, pero le sirve para retomar sus incursiones literarias. En octubre, cuando Slimène llega a Marsella, se casan. De ese modo, Isabelle se convierte en súbdita francesa y ya no hay motivos que le impidan retornar a Argel.

La pareja se establece en Tanas, a 200 kilómetros de la capital argelina. La intención de llevar una vida recatada dura poco: Isabelle vuelve a sus ropajes masculinos, se mezcla en peleas y borracheras, fuma kif, mantiene numerosos amoríos. Como años antes, durante el día cultiva su espiritualidad visitando la eremita Zella Zeynet.

No se sabe en qué estaría pensando el general reformista Lyautey, a comienzos de 1904, cuando decide enviarla en misión diplomática ante unas cabilas rebeldes. Lyautey no debía de ser un militar corriente, a juzgar por su opinión de Isabelle: “Era lo que más me atrae del mundo: una rebelde. Encontrar a alguien que sea verdaderamente ella misma, fuera de cualquier prejuicio, cualquier cliché, y que pase por la vida tan liberada de todo, cual pájaro en el espacio, sí que regalo… ¡Amaba ese prodigioso temperamento de artista y todo lo que en ella hacía sobresaltar a los notarios, caporales y mandarines de cualquier calaña!". Isabelle, fiel a su eclecticismo ideológico, acepta. Tiene como misión mediar un estatuto de paz con las aguerridas tribus de la frontera marroquí en Kenadsa, una zona que es una suerte de estado teocrático.

Al cabo de seis meses de infructuosa espera en la región, enferma de gravedad: la malaria, el tifus, el paludismo y la sífilis la envejecieron prematuramente. De modo profético, escribe: "Dentro de un año, por estas fechas, ¿viviré todavía?... He llegado a la conclusión de que no hay que buscar la felicidad. Se la encuentra por el camino, aunque siempre en sentido contrario... La he reconocido muchas veces..."

Debe ingresar al hospital. Sin estar del todo restablecida, lo abandona para guardar reposo en su casa de la parte baja de la ciudad. Pocos días más tarde, la noche de lodo será su refugio definitivo. Los soldados de Lyautey rescatarán los manuscritos dispersos y cubiertos de barro de Isabelle. Su sencilla tumba -dos sencillas piedras blancas de los cementerios del desierto- reposa en Aín Sefra.

Escribió obras que retrataron con precisión la vida de las comunidades norteafricanas y que se publicaron póstumamente con gran éxito: Novelas argelinas (1905), Notas de viaje: Marruecos, Argelia y Túnez (1908).