28 de diciembre de 2007

MARÍA LEJÁRRAGA

(San Millán de la Cogolla 1874-Buenos Aires 1974)

Fue una de las innumerables voces de la España Republicana que la guerra arrojó al exilio. Tenía un doble registro: el literario y el del compromiso social. Fue pedagoga, literata, dramaturga, periodista, dominadora de idiomas, fundadora de sociedades en defensa de la mujer, diputada socialista por Granada en 1933; agregada comercial en la embajada española en Bélgica, bajo cuya tutela estuvieron cientos de niños refugiados en la guerra.

La de María de la O Lejárraga -mujer portentosa- es una historia desgarradora. En pocas palabras se puede decir que fue un astro de luz radiante que regaló todo su brillo a un hombre sin escrúpulos. Escribió casi cien obras literarias (novelas, dramas, ensayos, poesías y guiones cinematográficos), todas firmadas por Gregorio Martínez Sierra, su marido, uno de los dramaturgos españoles más famosos de principios de siglo. También fue la autora de numerosos éxitos teatrales (sus obras fueron representadas en el extranjero y convertidas en películas de Hollywood), así como la inspiradora de “Album de Viaje” del compositor Joaquín Turina, y de “Noches en los jardines de España” de Manuel de Falla. Escribió también los libretos de “El amor brujo” y “El sombrero de Tres picos” de Manuel de Falla.

Nació en San Millán de la Cogolla (La Rioja) en 1874, y vivió su infancia en los arrabales madrileños, en Carabanchel, donde su padre ejercía de médico en un orfanato. Vio desde muy niña el horror y el dolor de la miseria, y en ese mismo ambiente fue Maestra de Primera Enseñanza y conoció la pobreza a través de los cuentos de sus alumnos.

A los 23 años se enamora de un amigo de sus hermanos a quien conocía desde hacía años, Gregorio Martínez Sierra, un joven de diecisiete años al que le gustaba el teatro y escribir poemas. Tras su boda en 1900, vivieron años felices, escribiendo prosa y teatro, siempre con el nombre de él, y frecuentando los ambientes literarios y artísticos europeos. Ella llevaba cinco años trabajando como maestra, pero como mujer que era, sólo podía independizarse a través del matrimonio. Vivían del exiguo sueldo de maestra que ganaba María, que se tenía que levantar a las cinco para preparar las clases y arreglar la casa. A las 8 iba al colegio, volvía a las 12, hacía la comida para ambos, reanudaba las clases por la tarde y cuando llegaba a casa por la noche se ponía a escribir las novelas y obras de teatro que firmaba con el nombre de él. Estaba tan agotada que se quedó en los huesos. Mientras tanto, Gregorio zanganeaba en la cama hasta muy tarde. Aunque siempre tuvo grandes dotes de organizador de empresas colectivas, fue montando diversas revistas culturales y por último la importante editorial Renacimiento. Como gestor, fue una figura fundamental del Modernismo español. Claro que era María la que escribía las revistas, corregía las pruebas y llevaba la contabilidad.

En 1905 María pidió una beca para estudiar psicología en París, porque su marido padecía de tuberculosis y los médicos le habían aconsejado que buscase un clima más cálido que el de Madrid. A la estancia francesa siguió una temporada de viajes por Europa, "Bélgica fue mi iniciadora al socialismo", reconocería. Allí descubrió que los muchachos y muchachas de la clase media hacían causa común con los trabajadores y con ellos, entró por primera vez a una Casa del Pueblo.

Después volvieron a España para ocuparse de la carrera teatral, montando una compañía que representaba sus propias obras. En el teatro Eslava se estrenaron o reestrenaron casi todos los títulos importantes de su producción: Amanecer, El arte de amar, La adúltera penitente, Sueños de una noche de agosto, Rosina es frágil, Cada uno y su vida, El corazón ciego, Don Juan de España, Mujer, Mamá, Para hacerse amar locamente, El reino de Dios, La torre de marfil... Al lado de estos títulos hay que destacar numerosos libretos que, en colaboración con los principales músicos y con los escenógrafos más audaces, dieron lugar a piezas escénicas tan memorables como El amor brujo y El corregidor y la molinera, de Falla; Las golondrinas, de Usandizaga o Navidad, de Turina.

Con la aparición de la revista Helios, en 1904, se intensifica la amistad de María con Juan Ramón Jiménez. La confraternidad fue una de las cosas hermosas en la vida de María y el poeta, según se deduce de su epistolario.

Manuel de Falla fue otro de sus grandes amigos. Su amistad fue tan leal y profunda como para convertirse en su confidente. Falla aceptó el humor de María de buen grado, quien le llamaba en andaluz Don Manué, y al músico le debía hacer tanta gracia como para firmarse él en sus cartas a María, Don Manué, y alguna vez añadió, er de las músicas.
En 1906 Gregorio se enamora de la hermosa y joven actriz de su compañía Catalina Bárcena. Rafael Cansinos-Assens recoge, en sus Memorias, este comentario del poeta Banco-Fombona: "Gregorio tiene alma de comerciante... Hasta aquí explotó el talento de su mujer... que es quien le escribe sus libros. Ahora va explotar la voz de oro de la Bárcena".

Escribía María en silencio para Gregorio y lo compartía en silencio con Catalina (en la imagen). En 1909 intentó suicidarse. La situación era tan complicada, que María escribía obras de teatro concebidas para el lucimiento de la actriz. Esta situación imposible se prolongó durante años, hasta que en 1922 Catalina tuvo una hija con Gregorio. María fue víctima de la traición y del abandono de un marido siete años más joven que ella, se separaron y ella se fue a vivir a Francia, pero siguió escribiendo comedias y ensayos que él firmaba y representaba con su nombre. Las cartas que él le escribe son patéticas: le pide textos y más textos. Y no sólo obras de teatro, sino artículos de prensa, conferencias, incluso notas necrológicas.

Lejárraga empezó a dedicarse al movimiento feminista y participó en las asociaciones femeninas que promocionaban la educación de la mujer. A partir de 1917 empezó a escribir también ensayos y conferencias para libros feministas con la firma de su marido.

La obra literaria de María de la O Lejárraga, bajo el nombre de Gregorio Martínez Sierra, es copiosa. Su novela Tú eres la paz, publicada en 1909, constituyó un best-seller. Forma parte del trío de novelas largas de la firma Martínez Sierra, con La humilde verdad y El amor catedrático. El 21 de febrero de 1911 se estrenó en el teatro Lara Canción de cuna (llevada al cine actualmente por José Luis Garci). A partir de este éxito, la carrera teatral de la firma Martínez Sierra fue una de las más triunfales.

En 1925 la compañía teatral de Martínez Sierra emprendió una gira por Europa y América. María dependía del dinero que Gregorio le enviaba de manera irregular a cambio de sus comedias. Durante la ausencia del marido, la escritora se dedicó al activismo feminista: participó en el Lyceum Club entre 1926 y 1936, y fundó la Asociación Femenina de Educación Cívica en 1931.

Poco antes de la República, María empezó a dar charlas feministas, ya con su propio nombre. Era la Presidenta de la Asociación de Educación Cívica, cuyo objetivo principal fue despertar a las mujeres de la clase media. A estas mujeres iba dirigido principalmente, su libro La mujer española ante la República, escrito en 1930. El mismo año se acercó a las ideas progresistas y entró a militar en las filas del Partido Socialista Obrero Español, lo que luego la llevó a ser víctima de la represión del franquismo y del nazismo, que la obligaron al exilio.

En 1930, antes de irse de viaje a Argentina con su amante y abandonar por completo a María, sin preocuparse de enviarle el dinero de sus obras, y con el fin de que pudiera cobrar los derechos, Gregorio había firmado un documento privado en el que declaraba que “todas mis obras están escritas en colaboración con mi mujer”.

Fue elegida diputada en noviembre de 1933 por Granada.

La noche del 17 de julio de 1936 al salir María del Ateneo, le informan que, en Marruecos se ha sublevado el general Franco. "... Nuestra bien nacida República. Nació en paz, y murió a mano armada", escribiría más tarde. En noviembre de 1936 era designada a la Delegación de Berna, como agregada comercial para Suiza e Italia. En otoño de 1937, se hace cargo de una colonia de niños evacuados de España. Al caer la República tuvo que irse a Niza, donde tenía una casita para pasar el invierno. Al finalizar la guerra comienza un largo exilio con la huida a Francia, donde durante la ocupación nazi sufrió la clandestinidad (los alemanes perseguían a los republicanos españoles), pasó hambre, y tras la liberación de París, vivió ciega a causa de unas cataratas, pobre y aislada del mundo.

En 1945 algunos amigos consiguieron localizarla y se la llevaron a Estados Unidos. También localizaron a Gregorio y lo obligaron a cumplir con su deber. Envió algún dinero a María y unas cartas llenas de autoconmiseración y de disculpas.

Gregorio, vuelve a España en 1947 y muere dos semanas después de cáncer abdominal en 1947. El 50% de los derechos de las obras de María pasaron a ser para la hija de Bárcena.

La muerte del marido coincidió con una temporada de silencio de la escritora, debida a las cataratas que no le permitían ver.

En 1948 María emprendió otra vez su labor creativa, y tuvo que empezar a usar su nombre y establecer su autoría de las obras anteriores, para cobrar los derechos de autor. Además de la pérdida de Gregorio, tuvo que enfrentarse a la derrota de la España republicana, que era para ella el final de un ambicioso proyecto, la desaparición de una comunidad política con la que se había ilusionado y la pérdida del hogar al que no podía volver. Por supuesto, su visión del mundo se había vuelto más amarga, y las obras de la segunda mitad del siglo reflejan su espíritu herido.

En septiembre de 1950 vende la casa de Niza y se embarca rumbo a Nueva York y luego a Hollywood, donde fracasaron los intentos de que aceptaran sus cuentos y comedias. Se fue entonces a vivir a México, y se trasladará definitivamente a Buenos Aires, donde realiza nuevos proyectos literarios y periodísticos, y donde vivió los últimos veinticuatro años de su vida, escribiendo libros, traduciendo comedias, y trabajando para periódicos, revistas y emisoras de radio.
Cuando a los 78 años publica en el exilio su autobiografía Gregorio y yo, ya ha pasado para ella mucho dolor y mucha vida. En esta obra es donde confiesa la autoría de sus obras “Ahora, anciana y viuda, véome obligada a proclamar mi maternidad para poder cobrar mis derechos”. Dos años más tarde publica Una mujer por caminos de España, que es también un libro biográfico en el que cuenta la campaña electoral: emocionante, en una España hambrienta y desgarrada.

Murió en Buenos Aires, lúcida y activa, el 28 de junio de 1974, pocos meses antes de cumplir los cien años. En una de sus últimas cartas, María decía: "Las mujeres socialistas debemos enseñar, enseñar sobre todo una asignatura única: La solidaridad humana".

Publicaciones:
MARÍA LEJÁRRAGA. UNA MUJER EN LA SOMBRA, de Antonina Rodrigo (Editorial Edaf).

30 de noviembre de 2007

Mata Hari

(1876-1917)

Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y se han rodeado de tanto misterio como Mata-Hari. Ella misma urdió durante años la red de rumores y fantasías que envolvieron en una nebulosa a aquella bailarina exótica, apasionada, amante de un batallón de caballeros influyentes y arriesgada espía, hasta que las biografías demostraron que la famosa bailarina hindú, aclamada en toda Europa, sólo era una mentirosa patológica y una aventurera caída en desgracia. Pero lo malo no es que fuera una impostora, una mala bailarina y una espía de medio pelo, dispuesta a venderse al mejor postor. Lo peor fue que a causa de sus muchos embrollos murió a los 41 años ante un pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes.

Margaretha Geertruida Zelle nació en Holanda, en 1876. Su padre, Adam Zelle, era un modesto sombrerero al que apodaban "el Barón" por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes. A los 6 años, fue matriculada en el colegio más caro de la ciudad y enviada, el primer día de clase, en una carreta dorada tirada por dos cabritas blancas ataviadas como para unos esponsales principescos. Las burlas de sus compañeros no le hicieron mella, y descubrió pronto el placer de ser el centro de todas las miradas.

A los 13 años, su padre se fue a la bancarrota por unas malas apuestas bursátiles y la familia se tuvo que mudar a una casa mucho más modesta. El matrimonio de sus padres se echó a perder, y en menos de dos años, su madre murió minada por las disputas conyugales.

Su fama de seductora se inició a los 15 años, en la Escuela Normal de Lyden, donde fue enviada con sus hermanos por la incapacidad del padre para educarlos. Allí pasó el tiempo huyendo del acoso sexual y de los castigos del director de la institución, Wibrandus Haanstra, quien, a pesar de estar casado, enloqueció por ella y llegó a arrastrarse a sus pies, a gimotear en público y a escribir horrendas poesías para conseguir sus favores.

En 1895 respondió a un anuncio en la prensa solicitando una esposa, publicado por Rudolf John McLeod, un oficial holandés alcohólico aficionado a los burdeles de Ámsterdam. Se casaron ese mismo año, ella tenía 19 años y su esposo 39. Pronto se quedó embarazada. Se trasladaron, ya con su primera hija, hacia las Indias Orientales, donde el militar había sido destinado, lo que le permitió un contacto directo con la cultura de ese continente.

Tras unos primeros tiempos idílicos, el matrimonio se convirtió en una pesadilla. Rudolf era alcohólico, la golpeaba y la sometía sexualmente por la fuerza, y desarrolló unos celos enfermizos, aunque tenía una concubina nativa. El nacimiento de su segundo hijo no mejoró las cosas. Margaretha se refugió en la lectura de textos religiosos hindúes y en las pocas oportunidades en las que podía desarrollar su talento para la vida social: era una excelente anfitriona en las fiestas de la élite colonial, y disfrutaba de ser el centro de todas las reuniones.

La relación con su marido se acabó tras la muerte de su segundo hijo, Norman, envenenado por una niñera desequilibrada de quien nunca más se supo. Tras regresar a Amsterdam, se separan en 1903. Rudolf, absorbido por el alcoholismo y la vida mundana, la dejó sin un florín, por lo que Margaretha tuvo que dejarle su hija a su cargo. En 1906 obtiene el divorcio, y le conceden a él la tutela.

Ella se marcha a París. A partir de ese momento no se volvió a saber más de Margaretha Geertruida Zelle.

Al principio se ganó la vida trabajando en un circo, bajo el nombre de Lady MacLeod, y como modelo de artistas. Pero ya estaba al borde de los 30 años, y las modelos requeridas tenían formas menos rotundas. Fue entonces, en un invierno parisino frío y triste, en que por primera vez la hambrienta inmigrante holandesa le dio cuerpo a sus sueños.

La mayoría de historias sobre su vida coinciden en que su primer benefactor fue el Barón de Marguerie, que la introdujo a la sociedad como una adolescente oriental. Aquí nacieron sus fascinantes historias: cambió su acento, y ayudada por su colección de pulseras y adornos de las bailarinas javanesas, además de su increíble imaginación, construyó la mítica historia de Mata-Hari.

En 1905, los asistentes al Museo de Arte Oriental de París quedaron sorprendidos por la actuación de una bailarina, que se hacia llamar Mata Hari. El baile evocaba vagamente lo que un europeo de entonces pensaba que era una danza oriental: se iba quitando uno a uno sus ropajes, hasta quedar vestida solamente con una malla color piel. Nunca se desnudó por completo, ni descubría sus pechos, porque decía que su ardiente esposo le había arrancado los pezones de sendos mordiscones.

Se presentaba como una princesa de Java, descendiente de una familia de sacerdotes indios, y que desde niña fue iniciada en los misterios de las danzas sacras del Indostán. La historia, con diferentes matices cada vez más fantásticos, fue repetida en las diversas capitales europeas adonde la llevó el éxito.

“Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swandi, murió a los 14 años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me bautizaron bajo el nombre de Mata-Hari, que quiere decir “Pupila de la Aurora”

Tuvo mucho éxito en esa primera y frívola década del siglo XX que se recuerda con el nombre de Belle Epoque. A medida que pasaba el tiempo, fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía.

Fue amante, entre otros, de Adolphe Pierre Messimy, ministro de guerra francés, del compositor italiano Giacomo Puccini, del Barón Henri de Rothschild y de Tadea Mirszlac, la gitana que fue amante del Emperador Francisco José I de Austria y Hungría y de su hijo el archiduque Rodolfo. Entre sus innumerables amantes había franceses, rusos, italianos y alemanes.

Actuaba en Berlín al estallar la guerra del 14 y por esas fechas era la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Ámsterdam y jefe del espionaje de su país, que piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses a cambio de sumas considerables. Acepta y se convierte en la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstantes en sus afectos, y tal como había hecho siempre en sus amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble.

En 1916 conoció al que, según ella, fue el gran amor de su vida, Vladimir (Vadim) Masloff, un veinteañero oficial, de origen ruso, que combatía con las tropas francesas. Fue herido y destinado a un hospital, ubicado en zona de operaciones militares, por lo que para visitarlo había que solicitar un permiso al capitán Georges Ledoux, jefe del contraespionaje francés. Mata Hari fue a verlo. Hay dos relatos divergentes de ese encuentro. Ella afirmó que, en esta entrevista, él le ofreció espiar a favor de Francia, y que aceptó. En cambio, según Ledoux, ella fue a ofrecerle sus servicios, lo que despertó la desconfianza del militar, que conocía sus sospechosos movimientos. Decidió dejarla actuar para vigilarla mejor, y aceptó pagarle un millón de francos si lograba contactar con importantes funcionarios alemanes en la Bélgica invadida y en Alemania.

En un momento en que se combate encarnizadamente en todos los frentes, la obsesión por la traición y por el espionaje se exacerba. Los servicios secretos franceses e ingleses sospechan que Mata Hari trabaja para Alemania. En agosto de 1916, la división francesa de contraespionaje decide ponerla a prueba, confiándole una misión en Holanda. No puede llegar a ese país y se dirige a España, centro del espionaje y del contraespionaje internacional. Allí, por propia iniciativa, intima con el agregado militar alemán, el capitán Von Kalle, y obtiene información sobre las maniobras alemanas, que transmite al servicio secreto francés; pero éstos siguen sospechando de ella, pensando que es una agente doble que trata de hacerles creer que apoya la causa francesa. Este temor se ve confirmado al interceptar mensajes codificados, enviados por Von Kalle al estado mayor alemán, informando de las misiones y los movimientos del agente alemán H-21, que coinciden exactamente con los desplazamientos de Mata Hari. De ahí en adelante, el agente H-21 y Mata Hari son una sola persona para la policía francesa.

Cuando en enero de 1917, Mata Hari volvió a París y cobró un cheque de una cuenta que los franceses sabían que era usada por agentes alemanes, se cerró el círculo. Al interrogarla sobre el cheque, Mata Hari exclamaría que era un pago por sus afanes amorosos: "¡Es mi tarifa! ¡Jamás nadie me dio menos!". Lo único cierto es que Mata-Hari sentía una gran obsesión por los uniformes militares, como ella misma dijo: "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico".

El juicio fue rápido, y se celebró en condiciones en extremo rigurosas para la acusada: su abogado defensor (otro antiguo amante), el anciano doctor Edouard Clunet, ni siquiera tenía permitido hacer preguntas en forma directa a los testigos de la defensa.

Al principio, ella negó toda actividad en favor de Alemania y cuenta que contactó con el enemigo con el único fin de entregar información a Francia, pero termina reconociendo que su juego es más complejo y que, atraída por el afán de lucro, entregaba información a los alemanes desde el comienzo de la guerra, aunque se burlaba de ellos y les transmitía sólo información sin valor.

El consejo de guerra la encuentra culpable, y es condenada a muerte. Hasta último momento tuvo la esperanza de que el Presidente de Francia aceptara su petición de clemencia.

La mañana del 15 de octubre de 1917 se le informó que se la fusilaría en pocos minutos. Recibió su destino con valor. En la cárcel había engordado y envejecido (imagen), lejos de su esplendor de antaño. Sin embargo, se las arregló para esperar a la muerte como si se tratara de un amante importante, de los tantos que tuvo: se vistió con un kimono de seda, botas con cordones, guantes y sombrero de fieltro negro y una capa de terciopelo del mismo color. Lo había hecho tantas veces; sólo tenía que ser otra vez la Mata Hari de sus sueños.

Su ejecución sólo dio más fuerza a la mitología. Una multitud se reunió para verla. Momentos antes de que el pelotón de fusilamiento del Ejército francés acabara con su vida, la exótica bailarina levantó un brazo para despedirse coquetamente de los soldados que le dispararían. Rehusó vendas y ataduras y miró sin rencor a estos soldados, e incluso hay quien cuenta que no vestía más que un abrigo de piel, del que se despojó para persuadir a sus ejecutantes. Lo cierto es que murió de los 12 disparos que le fueron destinados y que nadie reclamó su cadáver.

Anita Delgado, maharajaní de Kapurtala

(1890 - 1962)

Anita Delgado Briones, fue una cantante de culpes que llegó a convertirse en Maharajaní de Kapurtala.
Nació en Málaga. Sus padres, Ángel Delgado y Candelaria Briones, regentaban un pequeño cafetín en el que Ana pronto desveló sus inquietudes artísticas. Junto a su hermana Victoria (en la imagen, las dos hermanas) comenzó a asistir a clases de declamación, a pesar de la mala situación financiera familiar. Finalmente la situación se hace insostenible y emigran a Madrid, donde las dos hermanas Delgado reciben clases de ballet español de una profesora, amiga de la familia, que lo hace sin pedir nada a cambio. La casualidad y la suerte hacen que unos empresarios del nuevo Central-Kursaal visiten las academias para encontrar nuevas caras y se fijen en Ana y Victoria y, debutan como teloneras en el café-concierto Central Kursaal, a pesar de la oposición de su padre. A este local acudían muchos intelectuales y artistas, entre ellos los pintores Julio Romero de Torres y Ricardo Baroja, que pidieron a las dos hermanas posar para ellos. Anita, que por entonces tenía 16 años, no aceptó, cosa que sí hizo su hermana Victoria. No se puede decir que tuvieran mucho arte, pero siendo guapas y jóvenes pronto se convirtieron en las protegidas de intelectuales que frecuentan el local, entre ellos Valle-Inclán.

En aquellas fechas se iba a celebrar la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg, por lo que en Madrid se dieron cita personajes de la nobleza de todo el mundo, y la familia Delgado asiste al desfile de celebridades que tiene lugar en Madrid. En una carroza plateada, un hombre con turbante azul turquesa y una estrafalaria vestimenta no deja de fijarse en ella. Es el primer contacto entre Anita Delgado y el maharajá Jagatjit Singh de Kapurthala, de 34 años y con un harén de 120 mujeres.

El destino volverá a hacer que este misterioso personaje acuda al café Central-Kursaal y reconozca a la bella chica que había contemplado en el desfile. Aquella noche, Anita recibirá un ramo de camelias en el camerino, aunque la estricta moralidad de la familia hará que rehúse la invitación del maharajá, que pretende invitar a cenar a todos los Delgado. La misma ceremonia se repite durante cuatro días, hasta que los intelectuales del local presionan a la familia para que acepte la invitación. A las doce en punto, la familia Delgado se despide, pero a partir de ese día durante varias noches el príncipe repetirá una invitación que será aceptada.
Anita no accede a sus peticiones y el Maharajá abandona Madrid tras el atentado contra los Reyes de España en la Calle Mayor, a manos del anarquista Mateo Morral. Desde Francia insiste, y le pide que se case con él. Valle-Inclán y el grupo de tertulianos que se reúnen periódicamente en ese café-teatro hacen de celestinos. El propio Valle escribe de su puño y letra una carta al maharajá, explicando las condiciones de Anita para casarse con él: la niña debería profesar la fe católica hasta su muerte y rezarle a la Virgen del Carmen todas las noches. La firma con el nombre de la muchacha, sin decírselo. La broma termina sellando su destino. La carta inflama aún más la pasión del maharajá. Anita, que tenía dieciséis años, es trasladada a París con una dama de compañía que le enseñó francés y protocolo.

Toda la familia se aloja en uno de los hoteles de la capital francesa disfrutando de todo tipo de lujos. Anita es agasajada con regalos, vestidos y joyas. Como anécdota curiosa, la pequeña Ana busca entre los regalos del maharajá una muñeca y al no encontrarla queda desilusionada. El criado es testigo del acontecimiento y al día siguiente una enorme caja espera a la malagueña: era una muñeca del tamaño de una niña de cinco años.

El resto de la historia es más o menos conocida: la telonera del Kursal, hija de una familia de clase media y empobrecida, se convierte en princesa de un reino a los pies del Himalaya llamado Kapurthala.
Se casa en la India el 28 de enero de 1908, a los 18 años. La ceremonia será recordada por su majestuosidad, la novia, vestida de mirra y sedas, acudió a lomos de un elefante lujosamente adornado. A partir de entonces, Anita se convierte en una de las mujeres mas envidiadas del mundo.

El día de la boda, Ana es despertada por los sirvientes a las tres de la mañana, momento en el que empieza un largo ritual que la convertirá en Maharaní de Kapurthala. Tras un baño perfumado y unos largos masajes, las sirvientas peinan y visten a Anita, y el resultado es tal que las que contemplan no pueden dejar de maravillarse. A las cinco de la madrugada en punto, cuando el sol despuntaba ya en el horizonte, ve acercarse a su futuro marido en una carroza dorada de estilo francés tirada por caballos blancos. El maharajá apareció ante ella con un precioso traje de gala compuesto por una túnica de terciopelo tres cuartos, color azul zafiro y bordada en plata, un pantalón blanco y un turbante de un rojo muy pálido.
El príncipe se quedó sin habla al ver la belleza de Ana Delgado vestida con el traje típico de su país. Tras la ceremonia, cuando los disparos de los cañones sonaron en todo el reino, se sirvieron dos buffets, y se organizó un magnífico desfile en el que el pueblo tuvo la oportunidad de ver a su nueva Maharaní, que saludaba a todos desde lo alto de un elefante.

Durante años, son una pareja de moda. Viajan por Europa, Estados Unidos y Sudamérica, seguidos por nubes de paparazzi. A lo largo de su vida, Anita se acostumbrará a responder a las impertinencias de los periodistas: “¿Princesa, es cierto que come carne todos los días?”, “¿será su hijo rey de La India algún día?”, “¿qué tal se lleva con las otras esposas de su marido?”. Son preguntas indiscretas que hablan de un mundo lejano y misterioso, pero Anita las sortea con gracia.

Pronto nacerá el primer y único hijo de la pareja, un varón al que llamarán Ajit, al que enseñó a hablar español. Por aquella época, Anita se encapricha de una esmeralda de media luna que se colocaba en la cabeza del elefante más antiguo del palacio. El maharajá consiente en regalársela cuando ella hable correctamente el hindú, hecho que se produce en su 19 cumpleaños. Desde entonces será una de sus joyas preferidas que lucirá en innumerables eventos.

Ella y su marido son víctimas del gigantesco abismo que separa Oriente de Occidente a principios del siglo XX. Que un indio quiera vivir en Europa y se vista con traje y corbata no sorprende a nadie, pero que una europea se case con un indio, vaya a vivir a la India, se vista como una princesa oriental y viva a su antojo, es considerado un escándalo.

En 1914, al comienzo de la I Guerra Mundial, su marido viaja a Europa para ponerse al servicio del ejército británico, Anita le acompaña haciendo importantes donativos a los hospitales franco-británicos.

Por aquella época la maharaní sufre además un aborto y una depresión que la mantiene alejada de palacio. Tras su estancia en Cachemira, Anita vuelve al palacio descubriendo que ha perdido los privilegios de favorita ante su esposo.

Las relaciones del matrimonio comenzaron a enfriarse, y finalmente se separaron, quedándose Anita en París con su hijo, donde asiste a bailes y fiestas, siendo cortejada por el Nizam de Hyderabad. Escapando de éste viaja continuamente a España, fijando su residencia definitiva en Madrid. Con el tiempo se ha sabido que el motivo de la separación entre Anita Delgado y su esposo se debió a su amor incestuoso con uno de los hijos del maharajá.
Se divorciaron y volvió a España, conservando su nacionalidad indo-punyabí, una pensión vitalicia, su título de maharaní y todos los regalos y joyas que había recibido durante casi dos décadas de relación.

Tras separarse de su marido en 1925, mantuvo una relación con su secretario Ginés Rodríguez Fernández de Segura (en la foto, paseando con el por Biarritz), un malagueño de buena familia, casado con una prima de Anita. Agente de bolsa, hombre culto que hablaba a la perfección varios idiomas, había sido diputado por las Cortes en el Gobierno de Lerroux antes de que la Guerra Civil le obligase a refugiarse en Francia. Ella siempre ocultó esta relación, para seguir percibiendo la cuantiosa pensión que le pasaba su exmarido, que les permitió vivir como “maharajás” en París y, luego, acabada la guerra, en Madrid, donde vivían oficialmente en pisos separados.

Las malas lenguas decían que su hijo era homosexual, pero por el contrario, era un donjuán. Se enamoró de una norteamericana de una familia muy rica y habían fijado una fecha para la boda. Anita estaba feliz en aquellos días, casar a su hijo era lo que más deseaba en el mundo. Habían vuelto a España ya, después de la Guerra, pero regresaron a París a preparar la boda. Sin embargo, el avión que traía a la novia desde Nueva York nunca llegó. Se estrelló.

La muerte de su ex marido en 1949, le afectó profundamente. Escribió un libro de sus impresiones en la India.
En 1962 Anita Delgado se fue apagando poco a poco. Hablaba mucho de La India, de sus viajes, de las recepciones en los palacios de otros maharajás, de las cacerías… Como si refugiándose en sus recuerdos encontrase fuerzas para luchar contra la enfermedad. Padecía del corazón y al final, era una mujer sin vida. El 7 de julio murió en su casa, en los brazos de su hijo, que llegó justo a tiempo para asistir a sus últimos momentos.

Su amante, Ginés Rodríguez Fernández de Segura, estaba destrozado. Tuvo que luchar con la Iglesia católica, que se negó a que Anita fuese enterrada en un camposanto, porque un párroco decidió que Anita había perdido la religión católica al casarse con el maharajá. Ginés tuvo que hablar con mucha gente, presentar documentos y certificados para convencer al clero de que Anita nunca había dejado de ser católica. Tuvo que solicitar la intervención se sirvientes y amigos para apoyar sus alegaciones. Al final, consiguió convencerles y desde entonces Anita descansa en paz en la sacramental de San Justo.
Su hijo, Ajit, que falleció el 4 de mayo de 1982 en Nueva Delhi tras una larga enfermedad.
BIBLIOGRAFÍA:
  • La editorial Seix Barral ha editado el libro "PASIÓN INDIA" de Javier Moro, sobre la biografia de Anita Delgado.
  • También hay otro libro llamado: "ANITA DELGADO, MAHARINI DE KAPURTHALA" de Elisa Vázquez de Gey, y publicado por la Editorial Planeta.

Más sobre su vida en: http://www.boltru.com/Boltru/Historia/Personajes/anita_delgado/Anita_Delgado-Ppalacio_Jagatjit.htm

20 de noviembre de 2007

Tamara de Lempicka

(1898-1980)

"La vida es un viaje. Pon en el equipaje solo lo que te haga falta: necesitarás sitio para lo que encuentres en el camino"

El primer misterio sobre la vida de Tamara Rosalia Gurwik-Gorska es sobre su fecha y lugar de nacimiento. Ella siempre dijo que había nacido en Varsovia en 1902, pero en su partida de matrimonio aparece como nacida en Moscú en 1898.

De una familia acaudalada, fue una niña fue autoritaria y con carácter.
Su padre muere cuando ella tiene cinco años, al parecer suicidándose.
Su infancia transcurre entre San Petersburgo, Karlsbad, Marienbad, Montecarlo e Italia donde viaja con su abuela en 1911 y visita los museos de Florencia, Roma y Venecia, descubriendo su pasión por el arte.


Se integró en la rica sociedad de San Petersburgo y allí, en una fiesta de disfraces, conoció al joven abogado de la aristocracia Tadeusz Lempicki (en la imagen, Tamara pintando su retrato), al que debe su apellido. Se casan en 1916 en la capilla de los Caballeros de la Orden de Malta, en Petrogrado.
Durante la revolución bolchevique él es hecho prisionero, pero Tamara consigue sacarlo de la cárcel y huyen a Copenhague y más tarde a París. En esta ciudad, Tamara comienza a dedicarse a la pintura, formándose al lado de Maurice Denis (artista próximo a los Nabis) y André Lothe (de formación cubista). Desarrolla un estilo enigmático y personal, adscrito al Art Decó y en los años veinte se convierte en retratista de moda de la aristocracia, deslumbrando con la deliberada sensualidad de su arte.

Entre 1918 y 1923 viven en París, donde nace su hija Cristina, a la que llaman Kizette. Tadeusz no consigue encontrar trabajo y se encuentra deprimido, y en un principio sobreviven vendiendo joyas de Tamara.
Pero a Tamara le empiezan a ir bien las cosas, da clases de pintura y su obra empieza a ser comprada, así consigue recuperar su tren de vida, lleno de lujo y riquezas.

En 1925 tiene lugar la primera exposición de Art Decó con gran éxito. Expone también en Milán y participa también en el Salón de Otoño de París. Conoce al poeta italiano Gabrielle d'Annunzio, con quien inicia una corta relación.
Su vida familiar es borrascosa. Tadeusz no tolera sus relaciones, el uso de cocaina, las noches que pasa en locales y burdeles, algunos de ellos lésbicos, las llegadas a casa de día, las horas de sueño inducidas por la valeriana, y después las largas jornadas de trabajo, escuchando a Wagner a todo volumen. Un marido y Kizette no entraban entre sus ocupaciones. Su matrimonio con Tadeusz termina en 1928, cuando tras un viaje a Polonia se enamora de Irene Spiess. Tamara le implora que vuelva a casa, pero terminan por divorciarse. Tamara abandona el retrato que le estaba pintando (en la imagen Retrato de Hombre Inacabado).
En un viaje a Nueva York, descubre Harlem, un barrio con los mejores clubes del mundo, y los rascacielos de Manhattan, que encajan de maravilla en sus pinturas. De vuelta en París pinta algunos de sus mejores cuadros, entre ellos una obra clave, Adán y Eva (1931), dibuja la portada de la revista alemana de moda Die Dame.

En 1929 conoce al barón Raoul Kuffner, un aristócrata alemán coleccionista de su obra, que se convierte en su amante, porque él estaba casado con Sara Sarola, y cinco años después se trasladan a Estados Unidos. Allí, pese a su orientación bisexual Tamara acepta casarse con el barón. Se hace famosa entre la burguesía neoyorquina y expone en varias galerías estadounidenses y europeas. En 1938 se trasladan a vivir en Beverly Hills.

En 1941 su hija Kizette, se traslada a vivir con ellos, más tarde se casa con el geólogo texano Harold Foxhall, con el que tiene dos hijas. Dos años después la pareja Kuffner, se traslada a vivir a Nueva York.

Continúa pintando pero en 1943 se presentan los primeros síntomas de arteriosclerosis. En 1960 abandona su estilo y se pasa a la abstracción. En 1962, Raoul Kuffner sufre un infarto y muere. La muerte de su marido le provoca un desequilibrio psicológico. Por ello su hija decide que se traslade cerca de ella, en Houston. Pero su convivencia no es muy buena, Tamara domina la vida de su hija y tras varios enfrentamientos, Tamara se traslada a Cuernavaca (México) en 1974.

Los últimos años de su vida los pasa con más penas que glorias. Ya no es una mujer fatal, sino una vieja ridícula. Dejó como legado unas quinientas pinturas que han entrado en la Historia del Arte.

Cinco años más tarde muere el marido de su hija y al saber la grave enfermedad de su madre, se establece con ella en Cuernavaca. Finalmente, Tamara de Lempicka muere el 18 de marzo de 1980, mientras dormía. Sus cenizas por expreso deseo de la pintora, son esparcidas sobre el volcán Popocatepetl. Hermosa y elegante, mundana y sofisticada, se convirtió en el fascinante símbolo de toda una época.

El resurgimiento de esta pintora se dio el 19 de marzo de 1994 gracias a la subasta de la colección de arte de Barbra Streisand cuando, en la sala Christie's de la Quinta Avenida, apareció el cuadro Adán y Eva (en la imagen), pintado por De Lempicka en 1931. Esta increíble pintura fue comprada por dos millones de dólares. Con esto, el afán de poseer un Lempicka se apoderó de Hollywood, muchos actores como Jack Nicholson o Madonna ya han comprado sus obras.

Tamara de Lempicka es una de las principales pintoras del siglo XX, pero también una de las más olvidadas. Su nombre no aparece en ninguna de las principales enciclopedias de arte moderno. Influenciada por los cubistas franceses y por los maestros del Renacimiento, se inventó su estilo propio que etiquetaron como Art déco. Cuando vivía en París se pasaba horas y horas en el Museo del Louvre delante de los cuadros de sus admirados Bellini y Caravaggio para intentar captar el efecto translúcido de sus pinturas, recordando el viaje que a la edad de 12 años hizo con su abuela desde su Polonia natal hasta el sur de Italia. El descubrimiento de Boticcelli fue para su mirada ingenua un fogonazo, y su influencia la marcó para el resto de su vida. Eso, y las clases de pintura que recibió en Montecarlo mientras su abuela jugaba a la ruleta en el casino.


VÍDEO CON SUS CUADROS

14 de noviembre de 2007

Mary Wollstonecraft

(1759-1797)

Aunque en España es prácticamente desconocida, es una de las grandes figuras del mundo moderno. Fue una mujer que, en el siglo XVIII, fue capaz de establecerse como escritora profesional e independiente en Londres y estableció las bases del feminismo moderno.

Mary Wollstonecraft, nacida en Londres, fue una filósofa y escritora británica. Durante su breve carrera escribió novelas, tratados, un relato de viaje y un libro de literatura infantil.

Wollstonecraft es conocida por su libro Vindicación de los derechos de la mujer, en el cual argumenta que las mujeres no son por naturaleza inferiores al hombre, sino que tan sólo puede parecerlo debido a que no han tenido acceso a la educación apropiada. Sugiere que hombres y mujeres deberían ser tratados como seres racionales e imagina un orden social basado en la razón.
Tanto por parte del público en general como de las feministas, la vida de Wollstonecraft ha sido objeto del mismo interés, si no mayor, que sus obras, debido a sus relaciones poco convencionales y a menudo tumultuosas.

Hija de un padre brutal, que despilfarraba el resto de una fortuna por su afición a los caballos y al alcohol, tuvo que defender a su madre a menudo de las palizas del padre borracho. Sólo asistió a una escuela de barrio en donde apenas aprendió a leer y escribir, mientras su torpe hermano Ned recibió una educación completa en un buen colegio.

De los 17 a los 29 trabajó como señorita de compañía, institutriz, modista y maestra, a partir de entonces empezó a vivir de sus escritos y a destacar por su clara inteligencia. Llegó al feminismo por pura aplicación de la razón. Vivió en Irlanda, Francia e Inglaterra y frecuentó círculos de pintores, escritores, filósofos y editores.

Como había sido una señorita de su época educada en el puritanismo imperante, durante mucho tiempo consideró el sexo como algo sucio y convirtió sus primeros amores en puras ensoñaciones platónicas. En 1792, durante la Revolución Francesa se marchó sola a París, con 33 años probablemente virgen y llena de ansias de vida. En 1793 Luis XVI fue guillotinado, y en septiembre empezó el Terror.

En Francia se libera de sus últimos prejuicios y, profundamente enamorada, se echa en brazos de un aventurero norteamericano de 39 años, Gilbert Imlay, guapo, alegre y vividor. Con él descubre el fuego de la carne y enseguida se queda embarazada. Huyendo del Terror se refugia en Neuilly y vive allí tres meses de luna de miel y amor perfecto, mientras en París ruedan las cabezas de sus amigos. El amor de Imlay fue tan breve e insustancial como correspondía a su carácter y cuando, en 1794, Mary dio a luz a su hija Fanny él ya se había cansado: se marchó a Inglaterra y se puso a vivir con una actriz. La pasión despechada de Mary alcanzó dimensiones enfermizas: le siguió a Londres, le lloró, le reclamó y se intentó suicidar dos veces, una con laúdano y otra tirándose al Támesis. Pero hay que tener en cuenta lo que significaba por entonces su situación: era una “perdida”.

Poco a poco el dolor va remitiendo y a los 37 años comenzó una relación amorosa con su amigo, el filósofo político William Godwin, escritor y demócrata como ella y uno de los precursores del movimiento anarquista. Pronto se queda de nuevo embarazada y se casan en secreto en 1797. A finales de agosto de aquel año nace la futura autora de Frankenstein, diez días más tarde murió debido a complicaciones derivadas del nacimiento de su hija, con 38 años. Tras su fallecimiento, Godwin, ciego de pena, publica toda su obra.

Su hija Mary más tarde sería esposa de Percy Bysshe Shelley y escritora de fama por haber escrito Frankenstein. Fanny, su primera hija, se suicidó a los 22 años.

Hoy en día, Wollstonecraft está considerada una de las precursoras de la filosofía feminista. Su temprana defensa de la igualdad y sus ataques al feminismo convencional y a la degradación de la mujer fueron la antesala de la aparición del movimiento feminista. Sus ideas filosóficas y sus conflictos personales han sido considerados como importantes influencias en posteriores obras de feministas.

Las primeras feministas pensaban que una misma educación para hombres y mujeres daría lugar a la igualdad entre ambos sexos, pero Mary Wollstonecraft va más allá, pidiendo que las leyes del Estado se usaran para terminar con la tradiciones de subordinación femenina, y fuera el Estado quien garantizara un sistema nacional de enseñanza primaria gratuita universal para ambos sexos. Reta al gobierno revolucionario francés a que instaure una educación igualitaria que permitiría a las mujeres llevar vidas más útiles y gratificantes. Las mujeres con otra educación podían haber "practicado la medicina, llevado una granja, dirigido una tienda, y serían independientes y vivirían de su propio trabajo".

12 de noviembre de 2007

Kiki de Montparnasse

(1901-1953)

En la Edad Media, los estudiantes de la universidad parisina de La Sorbona acudían a un cerro, en la margen izquierda del Sena, a leer sus poemas, al que llamaron Monte Parnaso. A principios del siglo XIX el cerro seguía ocupado por huertas y chabolas, pero se fue llenando por artistas que necesitaban amplios estudios, ocupando los graneros y casas de verano. En 1870, de los 6.000 artistas residentes en París en 1870, uno de cada cuatro vivía allí, en apenas medio kilómetro cuadrado, y atraídos por ellos empezaron a instalarse galeristas, drogueros y academias de arte. Los lunes por la mañana había un auténtico mercado de modelos, familias enteras deambulaban con la esperanza de un contrato para posar.

Con el siglo XX llegaron los cafés y los night-clubs: La Closerie des Lilas, La Rotonde, Le Dôme, Le Boeuf sur le Toit, The Jockey o La Coupole balizaban la topografía de la bohemia.

En el Montparnasse de entreguerras reinó sobre todo una mujer, Kiki, cuya boca era un incendio y su corazón una alcachofa: en cada hoja, el nombre de un hombre. Su corte era el ombligo del mundo; sus pares, artistas que se resguardaban de la intemperie en los cafés y llevaban una dieta forzosa de sopa, vino tinto y vahos de trementina. Kiki se alza como un eje conector entre dadaístas y surrealistas, pintores, escultores y fotógrafos. De Tzara a Fujita, de Cocteau a Man Ray, de Modigliani a Léger. La rabiosa experimentación de esos años, siempre a la caza de nuevas formas e imágenes que rehusaban la catalogación y la repetición de esquemas, coincide paradójicamente en la presencia de esta mujer de arrebatadora personalidad.

Alice Ernestine Prin nació en 1901 en Châtillon-sur-Seine, en la Borgoña. Su madre, Marie Prin, trabajaba de linotipista. Su padre, Maxime Legros, era un comerciante de carbón de 19 años, un tipo pinturero que anunciaba su mercancía con el bramido de un cuerno de caza y al que su familia le impidió casarse con Marie, que tuvo que marcharse a trabajar a París, dejando a Alice con su abuela materna, con la que se crió junto a cinco primos, todos “hijos del amor”.

A los 13 años, se reunió con su madre en París. Allí encontró algo parecido a la felicidad: una irreverente manera de vivir, amores fugaces y su juventud malversada en los espejismos del alcohol. Entró de aprendiza en un taller de encuadernación por 15 céntimos a la semana. Compraba ropa en el rastro, se ponía brillantina en el pelo y con pétalos de geranio incendiaba sus labios. A los 17 años su madre la sorprendió posando desnuda, la llamó «puta asquerosa» y la repudió. Se quedó sola, en la calle y sin recursos. Se fue a vivir con un pintor que la animaba a hacer la calle; pero Kiki nunca llegó más lejos de enseñarle los pechos a un viejo por tres francos.

Trabajó como modelo de artistas, amiga de todos ellos y de poetas como Cocteau o Apollinaire, de cineastas como Litvak o Eisenstein. Kiki fue la mascota de una tropa multinacional, desgalichada y libérrima que compró la inmortalidad al precio de la miseria, malbebiendo con arte y apaños la mitad del año y con apaños y arte la otra parte. Ahora aquellos artistas están en los museos y ella en el cementerio de Montparnasse.

Victor Libion convirtió La Rotonde en refugio de artistas tan miserables como ella pero que llegarían a ser inmortales con el tiempo, refugiados políticos con extraños atuendos y modelos que fumaban como chimeneas. Kiki andaba por allí como Pedro por su casa, se sentía en familia, cantaba letras atrevidas y contaba chascarrillos mordaces. Las galerías exponían sus dibujos y posaba a pecho descubierto para Man Ray y Calder, que venían de América; para Fujita, (en el centro de la foto con ella) de Japón; para Modigliani, de Italia; para Pascin, de Bulgaria; para Kisling, de Polonia; para Soutine o Chagall, de Rusia. Cada uno de los artistas para los que posó captó una parte de su singularidad y gracias a tantas pinturas se convirtió en la musa de Montparnasse.

Pasaba hambre pero, como se divertía, se olvidaba del estómago. Solía comer en Chez Rosalie, propiedad de una ex modelo italiana que atendía a crédito a los artistas o aceptaba en pago un dibujo en la pared (en la imagen, cabeza de Kiki, por Pablo Gargallo).

El halo de misterio de Man Ray, recién llegado de Nueva York, sedujo a Kiki a primera vista. Posó para su cámara y, al día siguiente, cuando le mostró las fotos se quedó impresionada, luego se desvistió y se sentó a su lado en el borde la cama. Sus labios se encontraron y aquella tarde no hubo sesión fotográfica. Era 1921, era diciembre, el sol estaba anémico y hacía frío. Se fueron a vivir juntos. La relación que mantuvieron durante años dejó una estela de imágenes prodigiosas y queda resumida en una carta escrita por Kiki tres meses después de conocer a Man Ray: «Siento un dolor en el corazón al pensar que esta noche estarás solo en tu cama, te quiero demasiado, sería bueno que te amara menos porque no estás hecho para ser amado, eres demasiado tranquilo. A veces tengo que suplicarte por una caricia, por un poquito de amor… Pero tengo que aceptarte como eres, después de todo eres mi amante y te adoro; vas a hacerme morir de placer, de amor y de pena. Te muerdo la boca hasta que sangra y me emborracho de tu mirada indiferente y a veces mezquina». Nunca se engañó sobre la esencia del amor, lo concebía como un sentimiento de apego al placer y, aunque el eclipse del sexo anunciaba el colapso de la ternura, nunca se sintió inclinada a los amores de paso. (En la imagen, foto de Man Ray)

Kiki, convencida de que Man Ray ya no la amaba, se fue con un periodista a Nueva York. Alguien le concertó una cita en los estudios de la Paramount. «Fui a hacer una prueba, pero antes de entrar quise retocarme el pelo. Al descubrir que me había dejado el peine, me puse como loca de rabia y, ¿qué iba a hacer sino volverme? Así se acabaron mis películas para la Paramount», escribió en sus memorias. Cuando volvió a casa, se reconcilió con Man Ray. En 1924 le hizo una de sus fotos más célebres, Le violon d’Ingres (en la imagen).

Kiki era alegre, sensual y provocativa, pero a menudo caía en una especie de tristeza al atardecer y cantaba baladas que la hacían llorar a mares. Le gustaba airear sus aventuras y con el primer café de la mañana podía confesar: «Hoy me han dado un buen revolcón». Vivía entre intelectuales, frecuentaba la casa de Breton, la de Gertrude Stein, la Galerie Surréaliste, La Ruche, una colmena de artistas, ámbitos de espíritu creador, en los que se discutía y se hablaba del azar, del sexo y del amor. A Kiki le irritaba el intelectualismo, y les decía a sus amigos: «Vosotros habláis mucho sobre el amor; pero no sabéis hacerlo».

Participó en ocho películas, pintó muchos cuadros y algunos retratos de amistades. Su exposición de mayor resonancia fue en 1927, asistió todo Montparnasse, los artistas, los crápulas, los anarquistas y la gente bien como Albert Sarrault, ministro de Interior. Esa noche cantó canciones indecentes ante una parroquia sin remilgos. Por su franqueza demasiado impertinente y sus poses tan desnudas como un caballo no podía ser una dama, de manera que la eligieron reina de Montparnasse en 1929 y una multitud la escoltó a La Coupole, en donde se celebró un banquete.

Se aburguesó un poco cuando se enamoró de un recaudador de impuestos que tocaba el acordeón, pero no dejó de ser Kiki: «Todo lo que necesito es una cebolla, un poco de pan y una botella de vino tinto, y eso siempre habrá alguien dispuesto a ofrecérmelo». Abrió un cabarét propio, pero Montparnasse empezó a languidecer y los años dorados se despeñaron en la crisis económica. En septiembre de 1939 la guerra dispersó a los artistas por el mundo. Cuando volvió la paz, Kiki con los ojos sombreados, una maravillosa belleza marchita y la voz gangosa de tiempo y alcohol recorría los cafés del barrio cantando sus viejas canciones que ya nadie quería oír. Luego pasaba un platillo. (Foto de Braisse)

En la primavera de 1953 se desplomó en la calle. Con su muerte se oyeron los últimos estertores de la vida bohemia en un barrio que fue el centro del mundo desde el Tratado de Versalles hasta la entrada de la Wehrmacht en París.

Sus amigos tuvieron que ir por los cafés pidiendo dinero para darle un entierro digno de una dama entrada en años que acababa de morir en un hospital. Sólo el pintor Foujita la acompañó al cementerio de Montparnasse, donde reposa.

En el prólogo que Hemingway escribió para las memorias de Kiki, Les souvenirs retrouvés, dejó este diagnóstico: «Kiki reinó en esta era de Montparnasse con mucha más fuerza de la que nunca fue capaz la reina Victoria a lo largo de toda su existencia».

(texto sacado del artículo de Gonzalo Ugidos, del Magazine periódico El Mundo)

Bibliografía:
"EL PARÍS DE KIKI",
de Julie Billy; Martin Kluever (Ed. Tusquets)

"Kiki de Montparnasse". Catel & Bocquet. Cómic, Editorial: sins entido, Colección: Sin nosotras
Este libro ha salido hace poco tiempo, y es su vida dibujada en comics. Tiene buena pinta para regalito de Navidad...

6 de noviembre de 2007

Agatha Christie

(1891-1976)

Agatha Mary Clarissa Miller Christie nació en Torquay, Devon, Inglaterra, en 1891, de padre norteamericano y madre británica (aunque nunca poseyó la ciudadanía estadounidense). Hija de una familia de la burguesía medianamente acomodada, vive una infancia plenamente feliz en un escenario campestre encantadoramente británico, sin duda reflejado en muchas de sus novelas posteriormente.

Su educación discurre por cauces más anárquicos, ya que no fue nunca al colegio –de hecho, aprendió a leer ella sola a los 5 años-, siendo educada de la forma muy original por unos padres por completo excéntricos.

De niña tuvo un carácter tímido y retraído, y rechazaba sus muñecas para jugar con amigos imaginarios. Su padre, que vivía de rentas, se pasaba el día jugando a las cartas, y murió cuando ella tenía once años, dejando a su mujer e hijos en bancarrota. Ágata conoció la orfandad, la ruina y el amor asfixiante de una madre posesiva y depresiva de la que tuvo que hacerse cargo a partir de entonces.
Su madre decide pasar los inviernos en Egipto, ya que les sale más barato, y los veranos en Inglaterra, de modo que ya desde muy jovencita Ágata empieza a viajar y a conocer mundo.
Durante la Primera Guerra Mundial trabajó como enfermera en un hospital y en el dispensario del mismo, lo que tuvo cierta influencia en su obra: muchos de los asesinatos que relata se llevan a cabo con venenos.


Su primer matrimonio, nada feliz, fue en 1914 con el coronel Archibald Christie, del que tomó el apellido. Él era aviador del Royal Flying Corps, atlético y seductor pero inmaduro. Juntos vivieron unos años juveniles y fogosos, en los que dieron la vuelta al mundo y vivieron muchas aventuras. De este matrimonio nació su única hija, Rosalind Hicks.

En 1926 su madre muere de repente, y a los pocos meses ella se entera de que su marido se ha enamorado de su secretaria, Nancy Neele.


En diciembre de 1926 desaparece durante once días, causando gran alarma en la prensa. Salió de su casa en su auto, que encontraron abandonado en una cantera, con las puertas abiertas y su abrigo y su maleta dentro. Por entonces ya era una escritora famosa, y todo el mundo especulaba.

Finalmente la encontraron en un hotel. Al no saber quién era, el hotel publicó una carta en un periódico para ver si alguien la reconocía, pero como estaba registrada como Theresa Neele, el apellido de la amante de su marido, nadie lo hizo. Por fin la encontró su marido, Archie, y fue a buscarla. Era la hora de cenar, y cuando iba al comedor él se le acercó, y ella lo miró sin reconocerlo. Pudo recuperarse de este golpe con tratamiento psicológico. Dijo haber sufrido amnesia a causa de un ataque de nervios tras la muerte de su madre y la confesión de infidelidad de su marido. Aún se discute si todo es verdad o simplemente un truco publicitario. Esta aventura fue filmada en 1979 con el título Agatha y la actuación de Vanessa Redgrave.

En 1928 se divorcian, interna a su hija en un colegio y emprende un viaje a Bagdad a bordo del Orient Express, tren que le sirvió inspiración para una de sus novelas más famosas: "Asesinato en el Orient Express".

En este viaje conoce al prestigioso arqueólogo inglés Max Mallowan, 14 años más joven que ella. En 1930 se casó, a pesar de las críticas por ser divorciada. Lo acompañó en sus expediciones arqueológicas al Medio Oriente, que sirvieron de trasfondo a varias de sus novelas. Con gran sentido del humor, dijo de este matrimonio: “casarse con un arqueólogo tiene la ventaja de que cuando más vieja te haces, más te aprecia”

En 1961 fue nombrada miembro de la Real Sociedad de Literatura y hecha doctora honoris causa en Letras por la Universidad de Exeter.

En 1971 se le concedió el título de Dama del Imperio Británico (Dame), el equivalente masculino del título de Sir, un título de nobleza que en aquellos dias se concedía con menos frecuencia a las mujeres de lo que se hace con justicia hoy en día.


Agatha Christie murió de causas naturales el 12 de enero de 1976, a la edad de 85 años, en Winterbrook House, Cholsey, cerca de Wallingford, Oxfordshire. En sus últimos meses fue perdiendo progresivamente la cabeza. Max la sobrevivió dos años, a pesar de la diferencia de edad.


Está enterrada en el cementerio de la iglesia de St. Mary, en Cholsey.

Varios de sus libros han sido publicados a título póstumo, entre ellos su autobiografía.

Además de ser escritora detectivesca, Agatha Christie escribió 6 novelas románticas bajo el pseudónimo Mary Westmacott, algunas obras teatrales y un libro de poemas.

Enlaces interesantes:
  1. Cuentos para leer on-line: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/christie/ac.htm

  2. Listado de todas sus obras: http://www.lecturalia.com/autor/592/agatha-christie

  3. Listado de películas basadas en sus obras: http://www.alohacriticon.com/viajeliterario/article635.html?topic=7

  4. Libros gratis para descargar: http://libros.astalaweb.com/Descargas/IndexIng.asp?autor=Agatha

2 de noviembre de 2007

Alma Mahler

(1879-1964)

Algunos contemporáneos la llamaron "la viuda de las artes", por su relación con Gustav Mahler, Walter Gropius, Oskar Kokoschka y Franz Werfel. Pocas mujeres merecen tanto como esta vienesa el calificativo de musa. Belleza inquieta, obsesiva y contradictoria, su nombre es ineludible en la historia cultural del siglo pasado.

Tempranamente etiquetada como musa encumbradora de las carreras de quienes fueron sus parejas, "la mujer más bella de Viena" -como se la conoció- tuvo su lado creativo, pero la posteridad se ha encargado de enterrarlo. Era inteligente, coqueta, culta, brillante y original.

"Mi vida fue bella", escribe en su libro Mi vida, de 1959. "Dios me dio la oportunidad de conocer las obras geniales de nuestro tiempo antes que abandonaran las manos de su creador. Mi destino es bendito y justificado por habérseme permitido, aunque fuera por un tiempo, sostener con mis manos los estribos de esos caballeros de la luz".

Alma Maria Schinder nació en Viena en 1879. "Mi padre era un genio", escribe Alma, dejando pocas dudas acerca de su admiración incondicional por el pintor paisajista Emil Jakob Schindler, quien, gracias al mecenazgo de príncipes y nobles, viajó por Europa junto a su familia, llevando una romántica vida de castillos y fiestas. A los 9 años Alma empezó a componer música, era una magnífica pianista. Su padre falleció cuando Alma cumplía los 13 años y décadas más tarde, el propio Sigmund Freud le diagnosticaría un claro complejo de Electra: "Trata de encontrar a su padre como principio espiritual", comentó.

Disgustada con su madre -la cantante Anna Bergen- por haberse casado con un discípulo de Schindler, Alma asistió muy poco al colegio, pero desarrolló una gran gama de intereses. Era una lectora compulsiva, aficionada a la escultura y a la música. Su mentor es el jurista Max Burckhard, insigne hombre de teatro, quien bien podría ser su padre… si no fuera porque se enamoró de ella. Alma mantiene las distancias, lo que no ocurre con el pintor Gustav Klimt, que le dobla la edad. Le prohibieron ver a la joven y el asunto no llega más lejos del primer beso.

A continuación enloquece a Alexander von Zemlinsky, profesor de música y compositor. Ella lo considera un "gnomo repelente", pero admira su inteligencia y personalidad, característica de todos sus amantes. No se entrega a Zemlinsky, aunque sabe atormentarlo: le pregunta por sus pasadas relaciones y cuando él las admite, ella se enfurece.

Con el cambio de siglo, Viena se convierte en el centro artístico-cultural de Europa, y vuelve la vida a los cafés y la bohemia. Un mundo en el que pululan Stefan Zweig, Leon Trotski, Sigmund Freud y, el más controvertido, Gustav Mahler, quien dirige con mano implacable la Ópera Real de Viena, que depende directamente del emperador.

Alma Schindler tenía 22 años cuando lo conoce tras un concierto en 1901, y nunca llegará a "tragarlo" como compositor, ni lo considera un adonis, pero sí lo admira como un director insuperable, y siente que "en él sólo hay oxígeno y uno se quema apenas se le aproxima".

Mahler era veinte años mayor que ella, conoce las inclinaciones creativas de su amada y por ello le escribe: "Tú no debes tener más que una profesión: la de hacerme feliz. Los papeles en esta presentación deben estar bien repartidos. Y a mí me incumbe el de ‘compositor’, el de quien ‘trabaja’. El tuyo será el del compañero, del camarada comprensivo".

Su madre, Anna, lee la carta y la conmina a romper la relación, pero ella hace lo contrario. En diciembre comienzan la relación y se casan en marzo del año siguiente. La progresiva distancia que los amigos de Mahler toman respecto de ella –considerándola demasiado libre en su comportamiento, su lenguaje y su vestuario- no fue obstáculo. Tampoco el singular antisemitismo de Alma, que pese a todo se casaría con dos judíos (Mahler y Franz Werfel).

El caso es que ella –que no duerme en la misma habitación- administra las desordenadas cuentas de su marido, copia partituras y procura darle las mejores condiciones de trabajo. En medio de la abnegación nacen dos hijas: María y Anna, futura escultora y que, siguiendo el ejemplo materno, se casará y divorciará cuatro veces.

Pero Alma no siente un instinto maternal. Cree, por el contrario, que le han cortado las alas y empieza a beber en cantidades importantes. En 1907 fallece su hija María a los cinco años y la salud de Gustav se resiente. Los viajes de la pareja, sobre todo los que hacen a EE.UU., alivian las cosas, pero sólo un poco. Alma experimenta la sensación de que no puede seguir con la abnegación que le exige su esposo. Gustav, profundamente enamorado de ella, compone para ella diferentes piezas, retratos musicales de Alma.

En junio de 1910, Alma enfermó y fue a las termas austríacas de Tobelbad para recuperar la salud. Entonces conoce al joven arquitecto Walter Gropius, cuatro años menor que ella, que más tarde fundaría la escuela de la Bauhaus. Con él vive un ardiente romance clandestino, en l¡palabras de ella: "una noche que sólo ha sido turbada por la luz del amanecer". Después, intercambian una ardiente correspondencia que termina con una carta que él dirige, por equivocación, a Gustav Mahler. El compositor lee la misiva y se queda estupefacto, sin embargo, se muestra "civilizado" y conversa con Gropius, tras lo cual Alma seguirá junto a su marido, aunque mantiene un adulterio culposo, con la ayuda de su propia madre, con Gropius. El músico, de hecho, se comporta ahora más comprensivo que nunca, descubriendo todo lo que la ama y lo mal que la ha tratado, dándole una posición de poder que ella nunca había tenido y plasmó su situación emocional en la Sinfonía nº 10, que componía entonces. Pero ya es demasiado tarde.

Gustav Mahler muere en 1911, ella tiene 31 años. Durante 53 años, ella cargará el estandarte de "la viuda de Mahler".

Abandona la música para siempre y se casa con Gropius en 1915 en una tumultuosa boda, pero la relación se congela y se divorcian cuatro años después.

Unos años antes, en 1912, había tenido durante tres años un affaire con el pintor impresionista Oskar Kokoschka, que la retrata varias veces, y en uno de sus cuadros “La esposa del viento” (en la imagen) representó su amor por ella. Pero él es tanto o más obsesivo que ella y la relación se torna inmanejable. Sólo la I Guerra Mundial, en la cual Kokoschka se alista –al igual que Gropius-, le da un respiro. Tras la ruptura, Kokoschka se mandó hacer una muñeca de tamaño real para recordar a Alma con todos sus detalles, a la que incluso llevaba al teatro con él.


Alma perdió a tres de sus hijos, los tres con grandes sufrimientos. La primera había sido María, la hija de Mahler. En 1916 Alma da a luz a su hija Manon Gropius y en 1918 a Martin, inscrito como hijo del arquitecto, pero que bien podría serlo de su amor más duradero, el escritor Franz Werfel, considerado en su época un equivalente de Thomas Mann y serio candidato al Nobel. Lo conoció en las tertulias dominicales que organizaba y a las que asistía lo más selecto de la intelectualidad vienesa. Martin murió antes de cumplir un año. Pero la muerte más dolorosa fue la de Manon, que tras agonizar durante un año, murió de poliomelitis a los 18 años. El compositor Alban Berg, gran amigo suyo, compuso en su memoria el concierto “A la memoria de un ángel”.

Gropius volvió al frente y Alma y Franz, casados, comenzaron una vida juntos. Huyendo de Hitler, dejaron Austria y viajaron a Francia, cruzando los Pirineos a pie para salvar la vida, a pesar de que tenía ya más de sesenta años. En esta época, su hermana Grete, que era depresiva y había sido internada en un psiquiatrico, fue ejecutada cuando los nazis decretaron la eliminación de todos los locos.
Más tarde se fueron a Estados Unidos. Estuvieron juntos hasta que él murió en 1945, en California.

Alma también vivió en 1934 un insólito affaire con el sacerdote Johannes Hollensteiner, a quien todos daban como futuro cardenal de Viena.

Werfel ganó una nueva fama y ella se colmó de homenajes a la memoria de Mahler. Y también a ella misma. Aunque el atractivo de la juventud ya había cedido, Alma siguió siendo una fuente inagotable de seducción. Quizá sin los pretendientes que en el pasado amenazaban con el suicidio si ella los ignoraba.
Pero la musa mantuvo su estatura hasta el final, certificado el 11 de diciembre de 1964.