23 de noviembre de 2008

JANE AUSTEN

Jane Austen, destacada novelista inglesa cuya ficción satírica, ingeniosa y elegantemente estructurada, marca la transición en la literatura inglesa del neoclasicismo del siglo XVIII al romanticismo del siglo XIX. Vivió durante el período de la regencia, es decir entre la época georgiana y la victoriana. La ironía que emplea para dotar de comicidad a sus novelas hace que Jane Austen sea contada entre los "clásicos" de la novela inglesa.
Nació 16 de diciembre de 1775 en la rectoría de la ciudad de Steventon, en el condado de Hampshire. Era la séptima hija de los ocho que tuvieron el reverendo anglicano George Austen y su esposa Cassandra, siendo Jane y su hermana mayor, Cassandra, las únicas mujeres. El reverendo Austen obtenía un suplemento a los ingresos de la familia dando clases particulares a alumnos que residían en la casa de los Austen. Su familia pertenecía a la burguesía agraria, contexto del que no salió y en el que sitúa todas sus obras, siempre en torno al matrimonio de su protagonista.

Educada principalmente por su padre, que poseía una estupenda biblioteca, leyó durante su infancia a los grandes autores de la literatura inglesa de la época (Walter Scott, Johnson, G. Crabbe o Richardson) pero supo crear un estilo propio que la hizo distinguirse radicalmente tanto de la novela gótica tan de moda en ese momento como del realismo popular de Thackeray o Dickens.
En 1783, Jane y Cassandra acudieron a la casa de la Sra. Cawley, en Southampton, para proseguir su educación bajo su tutela, pero tuvieron que regresar a causa de la propagación de una enfermedad infecciosa en Southampton.
Entre 1785 y 1786 asistió a la escuela para señoritas en la Abadía de Reading en el condado de Berkshire, lugar que Jane retrató en el internado de la Sra. Goddard de su novela Emma. Esa fue toda la educación que recibió fuera del círculo familiar, aunque su nivel educativo fue superior al que recibían las mujeres de su época.
En general, su vida fue tranquila y feliz, a pesar de un desengaño amoroso, apenas sin nada que turbara la placidez de una existencia pequeñoburguesa y provinciana; sólo muy de tarde en tarde realizaba algún viaje a Londres.

Tuvo un ligero amor juvenil con Thomas Lefroy (pariente irlandés de una amiga de Austen) a los 20 años. En enero del año siguiente, 1796, escribió a su hermana diciendo que todo había terminado, porque él no podía casarse con Jane por motivos económicos. Poco después, una tía de Lefroy trató de casarla con el reverendo Samuel Blackall, pero ella no estaba interesada.

En 1800 su padre decidió retirarse a Bath, posiblemente a causa de sus aguas termales, ciudad que Jane no apreciaba mucho. La familia solía ir a la costa todos los veranos, y en una de estas vacaciones Jane conoció a un hombre que se enamoró de ella. Al partir, decidieron volver a verse, pero él murió. No se sabe hasta qué punto pudo esto afectarla, aunque algunos creen que pudo inspirar su obra Persuasión.

Empezó desde niña a escribir novelas para su familia. Algunos de sus primeros trabajos, escritos desde 1790, se publicaron en el libro Amor y amistad y otras obras (1922).

En diciembre de 1802, estando Jane y Cassandra con la familia Bigg, cerca de Steventon, Harris Bigg-Wither pidió a Jane en matrimonio, y ella dio su consentimiento. Sin embargo, al día siguiente rompió el compromiso, y junto a Cassandra, se marchó apresuradamente a Bath. Cassandra estuvo comprometida con Thomas Fowle, que no tenía suficiente dinero para casarse, y el compromiso se venía posponiendo desde 1794. Había ido al Caribe como militar para obtener dinero y allí murió de fiebre amarilla en 1797. Ni Jane ni Cassandra se casaron nunca. Esta puede ser la fuente del rechazo por los compromisos largos que manifiestan algunos personajes de Jane Austen.

En 1803 consiguió vender su novela La abadía de Northanger (entonces titulada Susan) por 10 libras esterlinas, aunque el libro no se publicaría hasta catorce años más tarde.

En enero de 1805 murió su padre, dejando a su mujer y a sus hijas (las únicas que permanecían en la casa) en situación de precariedad económica, pues sus ingresos venían de su posición de párroco, y al morir cesaron. Dependían económicamente de sus hermanos y de la pequeña cantidad que Cassandra había heredado de su prometido.

En 1806 se trasladaron a Southampton, que estaba más cerca de la base de la marina en Portsmouth, lo que les permitía ver frecuentemente a sus hermanos Frank y Charles, que servían en la marina y llegarían ambos, con el tiempo, a almirantes.

En 1809 se mudaron a Chawton, cerca de Alton y Winchester, donde su hermano Edward podía albergarlas en una pequeña casa de una de sus propiedades. Tenía la ventaja de estar en Hampshire, el condado en el que estaba la casa de su niñez. Jane retomó sus actividades literarias revisando Sentido y sensibilidad, que fue aceptada por un editor en 1810 ó 1811. Apareció de forma anónima, con una única anotación sobre su autoría: "By a Lady". Según una sobrina de Austen, ésta recibió una "carta de la tía Cass rogándome que no mencionara que la tía Jane era la autora de Sentido y sensibilidad".
Animada por el éxito, lo intentó también con Orgullo y prejuicio, que se publicó en 1813. Al mismo tiempo comenzó a trabajar en Mansfield Park. En 1813 la identidad de la autora de Orgullo y prejuicio comenzó a difundirse gracias a la popularidad de la obra —y la indiscreción de su familia—, sin embargo, al haber vendido los derechos sobre la obra (por 110£), no recibió ganancias. Ese mismo año se publicó la segunda edición de ambas obras. En mayo de 1814 apareció Mansfield Park, de la que se vendieron todos los ejemplares en solo seis meses, y comenzó a trabajar en Emma.

Su hermano Henry, que vivía en Londres, se encargaba de negociar con los editores. Cuando Jane iba a Londres se quedaba en su casa. En 1813 Henry Austen fue tratado por el Sr. Clarke, médico del príncipe Regente, que, al descubrir que Austen era la autora de Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad, obras que apreciaba mucho, solicitó a Henry que le fuera dedicada la siguiente novela de la autora —algo que es posible que no halagara a Austen, pues no guardaba una buena opinión de los príncipes a causa de sus conocidas infidelidades—.

En Chawton, Austen no gozaba de la misma privacidad que había tenido en Steventon, y es bastante famosa la anécdota de la puerta chirriante que Austen solicitó no fuera reparada, pues la avisaba de la llegada de algún visitante con la suficiente antelación como para esconder el manuscrito que estuviera escribiendo antes de que entrara en la habitación.

En diciembre de 1815 se publicó Emma, dedicada al príncipe regente, y, al año siguiente, una nueva edición de Mansfield Park. La segunda, sin embargo, no gozó del mismo éxito que sus obras anteriores, y perdió casi todo lo que había ganado con Emma. Comenzó Persuasión en agosto de 1815. Un año después empezó a encontrarse mal. A comienzos de 1817 comenzó Sanditon, pero tuvo que abandonarla por su estado de salud. Para recibir tratamiento médico fue trasladada a Winchester, donde falleció el 18 de julio de 1817. Sus últimas palabras fueron: "No quiero nada más que la muerte".

Tenía 41 años. En su testamento legó todo lo que tenía a su hermana Cassandra. Por aquel entonces no se sabía cual había sido la causa de su muerte, aunque en la actualidad se considera que fue la enfermedad de Addison (hipofunción de las glándulas adrenales) de la que se desconoce la causa. Es una enfermedad emotiva quizás desencadenada por sus preocupaciones familiares y por -en palabras de José María Valverde- "la sensación de haber tocado el límite de su propio desarrollo creativo". Está enterrada en la Catedral de Winchester.

Su modo de novelar es apacible, sereno y equilibrado. Describe el ambiente que la rodea, el de la alta clase rural del sur de Inglaterra con una minuciosa y sutil ironía. La intriga narrativa suele ser de poca importancia, por lo que el interés de sus obras reside en los diferentes matices psicológicos de sus personajes, interpretados con gran agudeza, y en la descripción amable y comprensiva, pero no carente de maliciosa ironía, del ambiente social en que sitúa sus criaturas, que no es otro que el suyo propio, el de la burguesía acomodada.

Las seis novelas que escribió hay que clasificarlas en dos periodos diferenciados.
Las del primero (1796-1798) tardaron más de 15 años en encontrar un editor. Escribió Juicio y sentimiento (Sentido y sensibilidad, 1811), historia de dos hermanas y sus asuntos amorosos; Orgullo y prejuicio (1813), considerada la mejor de sus novelas, cuya redacción emprendió el año 1796, aunque no se publicaría hasta 1813. En ella relata la historia de las cinco hermanas Bennet y las tribulaciones de sus respectivos amoríos. La abadía de Northanger (1818) es una sátira sobre las novelas góticas tan populares a finales del siglo XVIII.

La segunda etapa es más austera, con argumentos casi etéreos y mucho más analítica respecto a la situación humana. Empezó en 1811 tras la publicación de “Sentido y sensibilidad”. Tras doce años decepcionantes e improductivos, escribió rápida y sucesivamente sus tres últimas novelas: Mansfield Park (1814), Emma (1816) y Persuasión (1818). Todas relatan los enredos románticos de sus tres heroínas, retratadas en profundidad.

Mucho tiempo después de su muerte se publicaron varias novelas incompletas: Los Watson (1923), Fragmento de una novela (1925) y Plan para una novela (1926). También se ha publicado su correspondencia Cartas (1932).

Contó desde un principio con una acogida excelente para sus novelas, en un momento en que la temática romántica parecía agotada. Son relatos en que predominan la observación incisiva y los detalles meticulosos en una trama que consigue dar fuerza a acontecimientos en apariencia triviales y cotidianos, y que rescatan, incluso para los personajes secundarios, un cierto sentido de universalidad que tan gratos los hizo a los lectores y por los cuales la escritora se convirtió en uno de los grandes difusores de la novela británica.

Austen es una de las grandes novelistas de la historia, de prosa elegante, fluida y con cierto tono sarcástico, aborda con detalle, humor, capacidad de observación y penetración psicológica, diferentes retratos costumbristas en torno a conflictos románticos diseñados con perspectiva femenina, inteligencia e ironía.

Sus personajes son de clase media y provincianos, cuya máxima preocupación es conseguir un buen pasar económico y su mayor ambición el matrimonio. Su tema característico fue el alcance de la madurez a través de la pérdida de las ilusiones. Los defectos de la personalidad de las personas que aparecen en sus novelas se corrigen aprendiendo la lección de las tribulaciones. Hasta el más secundario personaje es vívidamente interiorizado en su lúcido estilo característico. Por su sensibilidad hacia patrones universales de la conducta humana, muchos críticos consideran a Austen como una de las más grandes escritoras de la novela inglesa.

Satírica, antirromántica, profunda y mordaz a un tiempo, la obra de Jane Austen nace de la observación de la vida doméstica -"tres o cuatro familias en un pueblo es lo más apropiado para elaborar" define la propia autora su método de trabajo- y de un profundo conocimiento moral de la condición humana.

Obras escogidas:
Amor y amistad
Catherine
Emma
Juicio y sentimiento (Sentido y sensibilidad)
La abadía de Northanger
La hora xxv al servicio del médico
La posadera
Lady Susan
Los Watson
Mansfield Park
Obras completas
Orgullo y prejuicio
Persuasión
Filmografía en DVD:
Orgullo y prejucio, dir. Joe Wright (2005)
Bodas y prejuicios, dir. Gurinder Chadha (2004)
Mansfield Park, dir. Patricia Rozema (2000)
Emma, dir. Douglas McGrath (1996)
Sentido y sensibilidad, dir. Ang Lee (1995)

18 de octubre de 2008

NATALIE GINZBURG

(Palermo, 1916-Roma, 1991). Novelista y dramaturga italiana

Natalia Levi, conocida como Natalia Ginzburg por el apellido de su primer marido.

Nació en Palermo el 14 de julio de 1916. Su padre, Giuseppe Levi, era biólogo y un eminente profesor universitario de medicina, provenía de una familia de banqueros de origen judío de gran reputación. Su madre, Lidia Tanzi, pertenecía a una prestigiosa familia de la alta burguesía, y era un ser entrañable y risueño que aprovechaba las ausencias del marido para contar historias, leer poesía e improvisar zarzuelas a sus hijos.

En 1919 se trasladan a Turín, donde Natalia pasó su infancia y adolescencia. Hija de padre librepensador y madre cristiana, tuvo una formación atea. Giussepe Levi era un intelectual de origen aristocrático y marcada ideología socialista, y vivía obcecado por su fe en el progreso y la ciencia, por lo que educó a sus hijos en un mundo bastante ajeno a la realidad, basado en férreas y obsesivas normas y costumbres que imponía a su familia. Natalia y sus hermanos no asistieron a la escuela pública por el temor de su padre a que contrajeran alguna enfermedad, instruyéndolos él mismo en casa.

En 1927 Natalia abandona el nido familiar para cursar los estudios superiores en el Instituto Clásico Vittorio Alfieri, y, años después en la Facultad de Letras de la Universidad de Turín la carrera universitaria, que jamás terminaría por las trágicas circunstancias del momento histórico que le tocó vivir.

El rango social de los Levi dio la posibilidad a la joven Natalia de estar en contacto desde su infancia con algunas de las figuras más representativas del círculo cultural turinés y de la historia italiana en general. Numerosas personalidades acudían asiduamente a su casa: Felice Casorati, Cesare Pavese, Leone Ginzburg... Muchos de ellos integraban el grupo antifascista "Giustizia e libertà", y serían víctimas de continuas persecuciones del régimen de Mussolini. Este ambiente culturalmente propicio fue fundamental para que ella desarrollara sus aptitudes intelectuales, que pronto plasmaría en sus escritos.

Sin embargo, pese a reunir todas las condiciones para llevar una vida cómoda y sin excesivos problemas, la desdicha quiso que naciera en un período histórico de fuertes persecuciones y condenas a quienes, como ella, profesaban ideas socialistas y antifascistas o tenían ascendencia judía, lo cual marcó profundamente su vida y su obra. Su padre y de sus tres hermanos, acusados de antifascistas, fueron encarcelados en diversas ocasiones, lo que provocó en la escritora un carácter evasivo e introvertido y una profunda sensación de marginación que la llevarían a refugiarse en la literatura como modo de evasión de la realidad que le había tocado vivir.

Ya desde su infancia, la escritora se entretenía componiendo cancioncillas o poemas que recitaba en casa (costumbre muy habitual entre los hermanos Levi, heredada de su madre), iniciando con ello una práctica de la escritura que culminará a los 17 años con el relato "Una assenza" (Una ausencia), que publicaría muchos años después en su antología de obras completas. En 1933, a los 18 años, aparecerá su primer relato conocido, "I bambini", publicado en la revista florentina "Solaria", al que seguirán diferentes colaboraciones en algunas revistas importantes de la época, como la ya citada "Solaria", "Il Lavoro" y "Letteratura".

En 1937, concluyó la traducción al italiano de “Por el camino de Swan” de Marcel Proust, una de las traducciones del prestigioso autor francés mejor valoradas por la crítica italiana.

A raíz de la introducción de las leyes raciales en Italia, y a consecuencia de su declarada ideología antifascista, todos los varones de la familia Levi serán arrestados y se verán obligados a refugiarse fuera de los confines italianos.
En 1938 la joven Natalia se casará con Leone Ginzburg, intelectual de origen soviético, amigo de su familia, escritor y profesor de Literatura Rusa y militante del grupo anti-fascista "Giustizia e Libertà", y de una bondad, humildad y heroicidad chejovianas, pero que sufrirá la misma suerte que los Levi y será duramente perseguido por las autoridades y encarcelado en varias ocasiones.

Leone Ginzburg fue arrestado en 1940, condenado y confinado a Pizzoli, un pueblecito de los Abruzzos. Natalia, plenamente identificada con los ideales político-sociales de su marido, lo acompañará sin reparos junto con sus dos hijos, aún muy pequeños (un año y medio el mayor y pocos meses el segundo). Allí permanecerá hasta 1943 y nace su tercera hija, Alexandra. La escritora tuvo ocasión de contemplar la desoladora realidad que se presentaba fuera de las paredes de su hogar, en el que siempre estuvo tan protegida. Fruto de dicha experiencia y de su amargura por la situación en que se encontraba su país será su primera novela "La strada che va in città" (Una calle que va a la ciudad), en la que refleja con impactante realismo la dura vida de una joven de pueblo y su familia. La novela fue publicada por la editorial Einaudi en 1942, bajo el pseudónimo de Alessandra Tornimparte (compuesto por el nombre de su hija y el de un pueblo cercano a Pizzoli), para cubrir su identidad judía y escapar así de la censura fascista. En 1945 la misma editorial reeditará la novela cambiando el primer pseudónimo por el de Natalia Ginzburg, con el que a partir de entonces firmará todos sus escritos.

En el verano de 1943, con la caída de Mussolini, ante el avance alemán y la inminente ocupación de las tropas, Leone abandona el confinamiento y, después de un breve período en Turín, se asienta en Roma, participando en diversas actividades editoriales clandestinas. Natalia Ginzburg, ayudada por los habitantes de Pizzoli, escapó a Roma con sus hijos, escondida en un camión, hasta que, el 1 de noviembre, pudo reunirse con su esposo. Desgraciadamente, sólo veinte días después, Leone cayó en manos de los nazis mientras se encontraba en la imprenta clandestina del periódico "L’Italia libera", muriendo torturado en la cárcel de Regina Coeli en febrero de 1944, pocos meses antes de la llegada de los aliados a Roma, sin haber podido ver antes a su mujer y a sus hijos. Tras la muerte de su marido, Natalia regresa en 1944 a Turín.

Este hecho desolador la marcó profundamente. Con tan solo 28 años, Natalia Ginzburg no abandonará su actividad literaria, sino que la intensificará, como único modo de exteriorizar sus sentimientos, que habían quedado cubiertos tras el velo de su cada vez más explícita introversión y parquedad de palabras. Así, tras la muerte de su marido y después de un turbulento período de huidas de un lugar a otro (entre éstos, un convento de monjas ursulinas, que le dieron cobijo y protección por algún tiempo) hasta la llegada de la Liberación, en 1945 regresa a la casa de sus padres en Turín, donde retomará la colaboración con la editorial Einaudi -que acabará siendo una de las más prestigiosas de Italia- como parte integrante del comité de lectura y revisión de textos junto a sus amigos Cesare Pavese y Felice Balbi, entre otros, lo cual le dará la oportunidad de juzgar y tener entre sus manos obras de escritores que alcanzarán una considerable relevancia dentro del panorama literario italiano del siglo XX, como, por ejemplo, Italo Calvino, Elsa Morante o Primo Levi.
En 1946, después de un turbulento período en Roma en que intenta nuevos trabajos, nace su tercer hijo, de padre desconocido, y muy probablemente intenta suicidarse.

En 1947 publica con Einaudi la novela corta "È stato così", con la que gana el premio "Tempo". Intensifica su amistad con Cesare Pavese, cuyo suicidio, en 1950, supondrá para la escritora otro duro golpe que marcará su personalidad y su obra. Sobre su amigo, escribirá un emotivo y conmovedor retrato ("Ritratto di un amico", redactado en 1957 y publicado en la colección de ensayos "Le piccole virtù" en el año 1962), mezcla de ternura y de sobriedad, en el que se aprecia claramente el profundo dolor que esta pérdida supuso para ella.

En 1950 se casó con el escritor Gabriele Baldini, crítico y profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Trieste, y con él se traslada nuevamente a Roma en 1952, convirtiendo esta ciudad en su lugar de residencia definitivo y de la que se ausentará sólo durante un breve período de tiempo, de 1960 a 1962, para residir en Londres, donde su marido fue nombrado director del Instituto Italiano de Cultura.

Estos años compartidos con su segundo marido serán de intensa productividad literaria. El mismo año de su matrimonio publica "Tutti i nostri ieri" (Nuestros ayeres), su proyecto literario más amplio y ambicioso, que tendrá un gran éxito de crítica. En el 57 escribe tres de sus novelas cortas: "Sagittario", "Valentino", por el que recibe el Premio Viareggio, y "La madre", que serán recogidos en el volumen "Cinque romanzi brevi e altri racconti".

Natalia Ginzburg, que siempre detestó viajar y nunca estuvo tan lejos de su familia, se siente deprimida y quizás agotada en Londres. Pero diariamente, en el camino al cineclub que -tímida, enemiga de todo viaje e incapaz de orientarse en la ciudad extraña- constituía su "única distracción", empezó a cruzarse con una anciana viril y diminuta de quien los vecinos murmuraban que era lesbiana, excéntrica y una escritora ilegible, Ivy Compton-Burnett. Un poco por solidaridad "con el otro bicho raro del barrio" y otro poco por comodidad (los numerosísimos libros de la vecina, en efecto, atestaban las mesas de saldos), comenzó a leerla con indeclinable fastidio pero creciente avidez, hasta que comprendió que estaba en presencia de uno de los grandes genios de la literatura del siglo XX. Sus novelas, cargadas de ásperos diálogos -pese a su aparente banalidad-, reflejan la realidad, por cruda que ésta sea, a través del lamento reprimido de los personajes, generalmente miembros de la decadente burguesía convencional, con un lenguaje escueto, sin artificios ni sutilezas, en lo que casi podríamos considerar una crónica de la que la autora buscaba distanciarse. Buena muestra de este influjo son sus novelas "Le voci della sera", escrita en 1961, durante su período londinense, y "Caro Michele", novela epistolar publicada en 1973, alcanzando el culmen, indudablemente, en su novela autobiográfica "Lessico famigliare", de 1963, distanciada crónica de su propia historia familiar, con la que ganará el Premio Strega y se consagrará como escritora finalmente reconocida por la crítica y el público italianos. Cabe destacar como uno de los aspectos más originales de esta obra el peculiar uso que Natalia Ginzburg hace del lenguaje, recurriendo a numerosos términos y expresiones de uso íntimo, familiar, empleados por los Levi para definir las más diversas realidades; un lenguaje ajeno y que excluye a quien esté fuera de dicho círculo, como una especie de código de sobreentendidos que refleja experiencias comunes que la escritora decide compartir con su público y, a su vez, al plasmarlos por escrito, hacerlos perdurar para siempre.

En 1964, precisamente en este momento de esplendor y alta productividad para Natalia Ginzburg, que ya había alcanzado un merecido reconocimiento como escritora y una relativa estabilidad familiar, el destino volverá a jugarle una mala pasada con la inesperada muerte de su marido, aquejado de hepatitis viral, en 1969, con tan solo cuarenta y nueve años.

De nuevo, la melancólica y triste escritora se refugiará en la escritura, siendo los años 70 un período de intensa productividad literaria. Publica las colecciones de ensayos "Mai devi domandarmi" (1973) y "Vita immaginaria" (1974), la novela "Caro Michele" (1973), el relato "Famiglia" (1977), y las colecciones de comedias teatrales "Ti ho sposato per allegria e altre commedie" (1970) y "Paese di mare e altre commedie" (1973), que tuvieron una espectacular acogida.

A principios de los ochenta comienza a asistir, por ejemplo, a los últimos días de sus compañeros, a quienes halla también invariablemente fieles a sí mismos: la Morante, en un hospicio; Italo Calvino, en su lecho de muerte, creyendo ver vizcondes demediados, figuras de tarot, ciudades invisibles; Sciascia, a cuyo entierro asiste como homenaje a una conducta política.
En los años 80, publica el estudio histórico "La famiglia Manzoni" (1983) y la novela epistolar "La città e la casa" (1984); sin embargo, lo más relevante será su regreso a la política. Un día, casi a principios de los noventa, cuando ya declara que ha escrito todo lo que tenía que escribir, hace una última salida imprevista de la que en vano intentan disuadirla sus hijos, escandalizados, y sus nietos: quiere postularse a diputada por un grupo de independientes de izquierda, cargo que gana por arrasadora cantidad de votos.

El 8 de octubre de 1991 fallece en su casa de Roma de un cáncer irreversible, no sin haber concluido, pocos días antes, su último trabajo: la traducción de "Une Vie" de Guy de Maupassant, que será publicada por la editorial Einaudi, en 1996.
  • LIBROS EN ESPAÑOL:
  • Antón Chéjov. Vida a través de las letras, El Acantilado.
  • El camino que va a la ciudad, Bassarai Ediciones
  • La ciudad y la casa, Editorial Debate.
  • Familia, Ediciones Alfaguara
  • Léxico familiar, Editorial Lumen
  • Nuestros ayeres, Círculo de Lectores
  • Nunca me preguntes, Dopesa
  • Las palabras de la noche, Editorial Pre-Textos
  • Las pequeñas virtudes, El Acantilado (podéis leer un párrafo del libro: aquí)
  • Querido Miguel, El Acantilado
  • Sagitario, Espasa-Calpe

15 de abril de 2008

Irena Sendler

Esta preciosa historia nos la ha enviado nuestra amiga Antonia Jaén, y es una digna merecedora de nuestro homenaje en Vidas de Novela.




Irena Sendler nació en Polonia el 15 de febrero de 1910, y es también conocida como "el ángel del Gueto de Varsovia”. Ha sido presentada como candidata para el Premio Nobel de la Paz por el Gobierno de Polonia.

La figura de Oscar Schindler fue aclamada por todo el mundo gracias a Steven Spielberg, que se inspiró en él para hacer la película que conseguiría siete Oscar en 1993, narrando la vida de este industrial alemán que evitó la muerte de 1.000 judíos en los campos de concentración.

Pero Irena Sendler seguía siendo una heroína desconocida fuera de Polonia y apenas reconocida en su país por algunos historiadores, ya que los años de oscurantismo comunista habían borrado su hazaña de los libros oficiales de historia. Además ella nunca contó a nadie nada de su vida durante aquellos años. Sin embargo, en 1999 su historia empezó a conocerse, curiosamente, gracias al trabajo de fin de curso de un grupo de alumnos de un instituto de Kansas sobre los héroes del Holocausto. En su investigación consiguieron muy pocas referencias sobre Irena. Sólo había un dato sorprendente: alrededor de 2.500 niños habían salvado la vida gracias a ella. ¿Cómo es posible que apenas hubiese información sobre una persona así? La gran sorpresa llegó cuando tras buscar el lugar de la tumba de Irena, descubrieron que no existía dicha tumba, porque ella aún vivía, y de hecho todavía vive. Hoy es una anciana de 98 años que reside en un asilo del centro de Varsovia, en una habitación donde nunca faltan ramos de flores y tarjetas de agradecimiento procedentes del mundo entero.

Su padre, Stanislaw Krzyzanowski, un médico que contaba mayormente con pacientes judíos pobres, fue activista del partido socialista polaco (PSP).

Cuando Alemania invadió Polonia en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, que manejaba los comedores comunitarios de la ciudad. Gracias a ella, estos comedores no sólo proporcionaban comida, asistencia financiera y otros servicios para huérfanos, ancianos y pobres, sino que sumaron la entrega de ropa, medicinas y dinero a las familias judías. Para evitar las inspecciones, se las registraba bajo nombres católicos ficticios y se las anotaba como pacientes de enfermedades muy contagiosas como el tifus o la tuberculosis.

En 1942 los nazis crearon el gueto de Varsovia, un área cerrada para alojar a los judíos, y las familias sólo podían esperar una muerte segura. Irena, horrorizada por las condiciones en que vivían, se unió al Consejo para la Ayuda a los Judíos. Como los alemanes invasores tenían miedo de una posible epidemia de tifus, permitían que los polacos controlaran el recinto. Unas 5.000 personas morían mensualmente de hambre y enfermedades. Irena logró obtener un pase del Departamento de Control Epidémico de Varsovia para poder ingresar al gueto en forma legal. Iba diariamente con el fin de reestablecer contactos, llevar comida, medicinas y ropa vistiendo un brazalete con una estrella como signo de su solidaridad para con los judíos y para no llamar la atención sobre sí misma.

Pronto se puso en contacto con familias, a las que les ofrecía sacar a sus hijos del gueto. Persuadir a los padres de separarse de sus hijos era una labor horrorosa para una joven madre como Irena. Era un momento horroroso, debía convencer a los padres de que le entregaran sus hijos, y ellos le preguntaban: “¿Puedes prometerme que mi niño vivirá?”. Pero ella no les podía dar garantías de éxito, ni siquiera se sabía si lograrían salir del gueto. Lo único cierto era que los niños morirían si permanecían en él.

"En mis sueños, todavía puedo oírlos llorar cuando dejaban a sus padres", decía. Las madres y las abuelas no querían desprenderse de sus hijos y nietos. Irena las entendía perfectamente, pues ella misma era madre, y sabía que, de todo el proceso que ella llevaba a cabo con los niños, el momento más duro era el de la separación. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerlas cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte. Cada vez que le ocurría algo así, luchaba con más fuerza por salvar a más niños. Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos y sacarlos de allí: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes… En sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

Tampoco era fácil encontrar familias que quisieran darle cobijo a niños judíos. El rescate de un niño requería la ayuda de al menos diez personas. Los niños eran los primeros transportados a unidades de servicio humanitario (pogotowie opiekuncze) y luego a un lugar seguro. Luego les encontraba ubicación en casas, orfanatos y conventos. "Envié a la mayoría de los niños a establecimientos religiosos," recordaba. "Sabía que podía contar con las hermanas". Irena también tuvo una gran cooperación para ubicar a los más grandes: "Nunca nadie se negó a aceptarme un niño", dijo.

Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos para dar identidades temporales a los niños judíos. Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba solamente mantener a esos niños con vida. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, sus historias personales, sus familias.

Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Tomaba nota, por medio de una codificación, de los nombres de los niños y de sus nuevas identidades. Anotaba los datos en pequeños trozos de papel y los guardaba dentro de botes de conserva que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí estaba el pasado, sin que nadie los sospechara, de alrededor de 2.500 niños.

Pero un día los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak, donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo con la leyenda: “Jesús, en vos confío”. La conservó como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979, que se la regaló a Juan Pablo II. Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se rehusó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Le rompieron los pies y las piernas además de imponerle innumerables torturas. Sin embargo nadie pudo romper su voluntad. Fue sentenciada a muerte. Una sentencia que nunca se cumplió, porque camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba, la dejó escapar. Al salir, le gritó en polaco "¡Corra!". La resistencia le había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, Irena continuó trabajando, pero con otra identidad.

Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y le entregó las notas al doctor Adolfo Berman, el primer presidente del comité de salvamento de los judíos sobrevivientes. Utilizaron las notas para tratar de localizar todas aquellas familias adoptivas y reunirlos con sus parientes diseminados por toda Europa, pero la mayoría había perdido a sus familias en los campos de concentración nazis.

Los niños sólo la conocían por su nombre clave: Jolanta. Años más tarde, su historia apareció en un periódico acompañada de fotos suyas de la época, y varias personas empezaron a llamarla para decirle: “Recuerdo tu cara. Soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…”. Irena tiene en su habitación cientos de fotos con algunos de aquellos niños sobrevivientes o con hijos de ellos.

Irena Sendler lleva años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastra tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se considera una heroína. Nunca se adjudicó crédito alguno por sus acciones. Siempre que se le pregunta sobre el tema, Irena dice:
“Podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que yo muera”.
“Como se plantan las semillas de comida, se plantan las semillas de bondad. Traten de hacer un círculo de bondades, y éstas les rodearán y les harán crecer más y más”.

5 de abril de 2008

NORAH BORGES

(1901-1998)

"A Norah Borges, dominadora Vésper divina,
que imprime la huella de su sandalia estelar
sobre el Mediterráneo que hay en mi corazón..."

Esta preciosa dedicatoria de Adriano del Valle a Norah Borges ha hecho que estalle mi curiosidad por ella, porque la causante de dejar semejante huella no debía ser una mujer anodina, así que me puse a rastrear por el universo de Internet y me convencí de que Norah merecía dejar también su huella en nuestro blog Vidas de novela.

Norah fue una pintora argentina, y nuevamente nos encontramos ante la vida de una mujer grandiosa aplastada bajo la fama de los hombres de su familia.
La sombra de su hermano, Jorge Luis Borges, (con el que aparece en la foto de la derecha), que la rebautizó como Norah pese a que se llamaba Leonor Fanny, y la de su marido, el crítico literario español, Guillermo de la Torre, la relegaron a un segundo plano en el territorio fundamentalmente masculino de las vanguardias, donde eran contadas las mujeres.

Pero Norah tenía luz propia, era pintora y vivió inmersa en un ambiente de alta cultura. Sus pinturas emiten la misma ternura que ella reflejó en su vida, alguna vez comentó que "la pintura ha sido inventada para dar alegría al pintor y al espectador".

En 1901 la familia Borges se traslada a la calle Serrano 2135, en Palermo, a una casa de dos plantas, con jardín, patio y molino. El 14 de marzo nace Norah, la hermana con quien Georgie aprenderá y leerá inglés, dibujará tigres e imaginará juegos que ya traslucen el ulterior universo borgiano. Los hermanos Borges se criaron en un hogar sumamente aislado que los protegió de las turbulentas calles del barrio de Palermo, a las afueras de Buenos Aires. Cuando no estaban bajo la tutela de una gobernanta inglesa llamada Miss Tink, los hermanos disfrutaban innumerables horas de lectura en la biblioteca de su padre o realizaban juegos de fantasía en el jardín cerrado de la casa. Por la constante presencia de la gobernanta y de una abuela oriunda de Staffordshire, y para ajustarse a los dictados de su anglófilo padre, los niños aprendieron a comunicarse en inglés mucho antes de que dominaran el español.

En 1914, cuando Norah y Georgie eran adolescentes, su padre Jorge Guillermo comenzó a perder la vista, una enfermedad congénita que su hijo habría de heredar. Abandonando su estudio jurídico, decidió llevar a su familia a un largo viaje por Europa, dada la fama de los oculistas suizos y con la posibilidad de que sus hijos recibieran por algunos meses educación en Europa, se trasladó a Ginebra. El patriarca de la familia se equivocó en su pronóstico sobre la Primera Guerra Mundial, y cuando ésta estalló, la familia se encontró atrapada en Suiza, donde permaneció hasta el fin del conflicto.

Para poder ingresar a sus respectivos colegios, los hermanos se vieron obligados a aprender rápidamente el francés. Mientras que Georgie debió esforzarse por aprender el nuevo idioma, Norah lo logró con más facilidad, tanto que pronto comenzó a soñar en francés.

Los padres matricularon a su hijo en el Collège Calvin y a su hija en la École des Beaux-Arts con 14 años, en esta escuela encontró su vocación, la pintura y conoció al profesor más influyente en sus primeros años como estudiante del arte, Maurice Sarkissoff, que le aconsejó que abandonara las influencias de la academia y pintara sola. Desde ese momento, Norah pintó con su propio estilo y lo desarrolló a la edad de 17 años.

Se quedaron cuatro años en Europa, y Norah tomó contacto con las vanguardias, especialmente el movimiento expresionista.

A comienzos de 1919 la familia Borges pasa brevemente por Ginebra, desde donde partirá hacia Barcelona. A finales de mayo los Borges abandonan Barcelona y llegan a Palma de Mallorca, donde Norah estudia pintura con Sven Westman, allí permanecerán hasta septiembre. En ocmbre del mismo año recorren el sur de España (Murcia, Granada) y se instalan finalmente en Sevilla a principios de noviembre. Norah, amplió allí sus estudios y tomó parte activa de la vida cultural vanguardista. En Sevilla y en Madrid estudió con Julio Romero de Torres.

Su llegada a España supuso un giro en su pintura. Allí, como su hermano, entró en contacto con el movimiento Ultraísta y comenzó una larga trayectoria como ilustradora de los textos literarios de Adriano del Valle, Juan Ramón Jiménez, Norah Lange, Cortázar y Bioy Casares. También diseñó la escenografía de una obra teatral de Federico García Lorca. Sus trabajos aparecieron en las revistas Grecia, Ultra y Reflector, fundadas y dirigidas por Adriano del Valle.
Los Borges llegan a Madrid hacia febrero de 1920, y allí permanecen hasta el 3 de mayo. Tras pasar por Barcelona, la familia se dirige a Ginebra, donde el padre tenía que pasar una revisión oftalmológica. En junio regresan a Mallorca pasando por Barcelona.

El 4 de marzo de 1921, los Borges —el contingente estaba compuesto por la abuela paterna, Frances Haslam, quien se les había unido en Ginebra en 1916, los padres, Leonor Acevedo y Jorge Guillermo y Norah— embarcaron en el puerto de Barcelona en el "Reina Victoria Eugenia", que los devolvería a Buenos Aires. La influencia cubista, que le llegó a través de sus contactos franceses en Madrid, explotó con su vuelta a Argentina, en 1921.

En 1928 Norah se casó con Guillermo de Torre (en la foto durante su luna de miel), el historiador y crítico literario español, y se radicó en España hasta el comienzo de la Guerra Civil. Se habían conocido en España cuando él apenas tenía 19 años. Tuvieron dos hijos. Entre 1932 y 1936 Guillermo de Torre y Norah Borges residieron en Madrid.

Horacio Salas, autor de una biografía de Jorge Luis, comentó que posiblemente este matrimonio no le hubiese parecido bien a Jorge Luis, porque pensó que la estaba apartando de la pintura, y que a partir de allí la relación entre los hermanos se hiciera más distante. Sin embargo, mantuvieron una relación fraternal, hasta que él se fuera definitivamente a Ginebra a esperar la muerte.

Siempre tuvo una excelente relación con su hermano, él decía que durante la infancia de ambos "en todos nuestros juegos era ella siempre el caudillo, yo el rezagado, el tímido, el sumiso. Ella subía a la azotea, trepaba a los árboles y a los cerros yo la seguía con menos entusiasmo que miedo".

Cuentan que cuando su hermano murió en Ginebra, y su entierro se veía por televisión, ella tocaba la pantalla y le preguntaba: Georgie, “¿qué pasó que te alejaste tanto?”

Al comienzo del 30 ella fue una de las primeras artistas en investigar sobre el grabado, y en la España anterior a la Guerra Civil española incursionó en el Teatro Universitario La Barraca.

Poco antes de estallar la Guerra Civil el matrimonio huye a París, donde nace su hijo Luis en 1937. Allí colaboró con la Oficina de Turismo republicana y después se instalaron definitivamente en Buenos Aires, desde donde regresaron en alguna ocasión a España. En 1939 nace su hijo Miguel.

En 1946 Juan Domingo Perón es elegido presidente de Argentina, venciendo a la Unión Democrática. Borges había apoyado a ésta última, y se manifestaba abiertamente en contra del nuevo gobierno, lo que provocó que debiera abandonar su función de bibliotecario, y se negase a aceptar el cargo de "inspector de aves y conejos". Borges manifiesta respecto al nuevo gobierno: "Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor"

En 1948 su hermana Norah Borges y su madre son detenidas por escándalo público al haber cantado el himno nacional en la calle Florida, sin permiso policial. Doña Leonor permanecerá confinada en arresto domiciliario y Norah pasará un mes en la cárcel. Norah es llevada durante unos días a la cárcel de mujeres del Buen Pastor, y para no afligir a su madre, le escribía que la cárcel era un lugar lindísimo. Aprovechaba el obligado ocio para enseñar dibujo a sus compañeras de encierro, que eran mujeres de la calle. Cada noche rezaba su Padrenuestro y se quedaba dormida inmediatamente.

En 1974 su hermano escribió "Norah", donde testimonia sus relaciones: "Compartimos las ficciones de Wells, loas de Verne, de las Mil y unas noches, las de Poe y las representábamos. Puesto que sólo éramos dos (salvo en Montevideo, donde nos acompañaba mi prima Esther), multiplicábamos los roles y éramos, de un momento a otro, los cambiantes personajes de una fábula. Habíamos inventado dos amigos inseparables. Quilo y Molino. Un día dejamos de hablar de ellos y explicamos que habían muerto sin saber muy bien que era la muerte".

Guillermo murió en 1971, y Norah el 20 de julio de 1998, a los 97 años. Pintó hasta 3 años antes de su muerte. Está enterrada en el Panteón familiar de la Recoleta.
ENLACES DE INTERÉS:

20 de febrero de 2008

IRÈNE NÉMIROVSKY

(Kiev 1903 - Auschwitz 1942)

Irène Némirovsky nació en 1903 en Kiev en el seno de una familia judía. Su vida estuvo marcada por un destino trágico. Era la única hija del banquero judío ucraniano, Léon Némirovsky, el más rico de Rusia. Su madre se llamaba Faïga, pero se hacía llamar Fanny, y nunca pretendió saber lo que era el instinto maternal, por lo que Irène fue educada por una institutriz francesa, de modo que el francés fue prácticamente su lengua materna. También hablaba ruso, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish.

En diciembre de 1918, huyó de Rusia junto con su familia, apenas ocurrida la Revolución, como otros muchos intelectuales rusos, perseguidos o contrarios a su política. Eran los llamados "rusos blancos" que solían reunirse para defender al Zar entre otras cosas. Durante un año estuvieron escondidos esperando que amainase el temporal bolchevique. La Revolución hizo públicas sus intenciones al poner precio a la cabeza de Léon Némirovsky. Ya no valía la pena seguir ocultándose, era más prudente huir, y disfrazados de humildes campesinos emprendieron el camino del exilio que, en 1919, les llevó a Francia tras pasar meses de espera en Estocolmo.

En los veraneos de la pequeña Irène, por ejemplo, la madre se instalaba en un gran hotel de la Costa Azul o de Biarritz, mientras la hija y el servicio se alojaban en pensiones modestas.

Irène, de 16 años, pudo retomar sus estudios en París y obtuvo en 1926 la licenciatura en Letras en la Sorbona. A los 18 años comenzó a escribir.

Su madre prefería los bailes y las extravagancias a la compañía de una hija, abandonada a su vez en las hojas de los libros, que la amparaban de la soledad inquietante de la pubertad y de una vida nueva, y en las hojas en blanco de cuadernos que le alivian el corazón escribiendo. Desde entonces hasta el final de su vida publicó una decena de novelas y una biografía novelada sobre la vida de Antón Chéjov.

En 1926 se casó con Michael Epstein, un ingeniero transformado en banquero, con el que tuvo dos hijas: Denise, en 1929, y Élisabeth, en 1937.
En 1929 envió al editor Bernard Grasset el manuscrito de su primera novela, David Golder, escrita en francés. El texto entusiasmó al editor, que la publicó de inmediato e Irène se volvió muy conocida. De su novela se hicieron en 1930 adaptaciones para el teatro y el cine.

Un año después publicó El baile. Irène Némirovsky se transformó en una consejera literaria, amiga de Joseph Kessel y Jean Cocteau. Siendo una escritora en lengua francesa reconocida e integrada a la sociedad francesa, el gobierno francés, sin embargo, rechazó su petición de nacionalización en 1938, en una clara actitud de antisemitismo. El 2 de febrero de 1939 ella y toda su familia se convirtieron al catolicismo.

Víctimas de las leyes antisemitas promulgadas en octubre de 1940 por el gobierno de Vichy, Michel no pudo trabajar más en la banca y a Irène le impidieron publicar. Se refugiaron en Issy-l’Évêque, donde habían mandado a sus hijas en 1939 junto a la familia de su niñera. Irène se dedicaría a escribir aunque no podía publicar. Ella y su marido llevaron la estrella amarilla.

El 13 de julio de 1942, cuando estaba redactando Suite française, Irene fue arrestada por la gendarmería francesa e internada en el campo de Pithiviers; muy pronto sería deportada a Auschwitz, donde murió de tifus el 17 de agosto de 1942. El mismo día del arresto su marido emprendió innumerables gestiones para lograr su liberación. Michel no admitió lo que la deportación significa. En el hotel de Issy exige cada día que haya un plato en la mesa que indique que el regreso de Irène es inminente. Desesperado, escribe al mariscal Pétain hablándole de la frágil salud de Irène y proponiéndose para reemplazarla en lo que él imagina un campo de trabajo. En octubre, los gendarmes le detienen a él, que muere en la cámara de gas de Auschwitz el 6 de noviembre de 1942, menos de tres meses después que su esposa.

Irène Némirovsky dejó una docena de libros escritos en su corta vida. Cada uno de ellos brilla como una obra maestra. Su amor por la literatura es evidente: miraba el mundo casi como un mero material literario.

SUITE FRANCESA
En los años 1941 y 1942, y hasta pocos días antes de su detención y deportación a Birkenau, Iréne se embarcó en la escritura de "Suite francesa", en la que narra de forma autobiográfica los días previos a la invasión alemana y el éxodo masivo de París después de que cayeran las primeras bombas en junio de 1940. Sueña con un libro de mil páginas -al final sólo tuvo tiempo de escribir unas 400- compuesto como una sinfonía en cinco partes, una obra de la magnitud de Guera y Paz: Tempestad en junio, Dolce, Cautividad, Batallas y La paz. De estas cinco sólo tuvo tiempo de escribir dos, tomando como modelo la Quinta Sinfonía de Beethoven.

Cuando fue detenida, ya había escrito las dos primeras partes y finalizado las notas de la tercera. Tiene por escenario el éxodo de 1940, la ocupación alemana en Francia y la pérdida del mundo normal; es un relato claro e inteligente de la desaparición de la Francia que existió o, que quizás nunca existió realmente. En ella se describe la sociedad de la Francia de Vichy dibujando escenas de convivencia entre sus miembros y el invasor. Además de los dos tomos escritos tenía recogidas numerosas notas de los tomos sucesivos y de posibles cambios en los ya realizados.
Tras el arresto de sus padres, Denise y Élisabeth Epstein, sus hijas, de cinco y trece años al final de la guerra, vivieron escondidas durante la guerra, ayudadas por amigos de la familia y llevando siempre la maleta con los manuscritos inéditos confiados por su madre, entre ellos la Suite Francesa. Denise y Elisabeth también son perseguidas por los gendarmes, que van a buscarlas a la escuela, pero ahí topan con uno de esos pequeños gestos de heroísmo que impiden las generalizaciones sobre el colaboracionismo y Francia: la maestra esconde a las niñas en un rincón de su alcoba. Tras una serie de arriesgadas peripecias Denise y Elisabeth, consiguen llegar a Niza, donde vive su abuela en una gran mansión. No querrá ni abrirles la puerta, limitándose a aconsejarlas que "puesto que vuestros padres han muerto, debéis vivir en un orfanato". Curiosamente, en 1989, a la muerte de Fanny, en la caja fuerte de su apartamento parisiense había sólo dos libros -David Golder y Jézabel-, en los que Irène presenta a una madre desalmada.
La novela estuvo más de 60 años dentro de la maleta. Denise Epstein, hija de la escritora, vive con un sentimiento de gran alegría y placer el reconocimiento mundial a la obra póstuma de su madre, uno de los éxitos literarios de Francia en 2004, año en el que fue publicada, y que recibió el Premio Renaudot otorgado por primera vez a título póstumo.
Pasaron los años y Denise y su hermana no se atrevían a abrir la maleta con el manuscrito de "Suite francesa", escrito en letra minúscula para economizar la tinta en época de penurias económicas y por el pésimo papel en tiempo de guerra. "Al principio no pude leer el manuscrito. El dolor y la cólera me lo impedían. Luego, cuando lo leí, no comprendí enseguida que se trataba de una novela. Las anotaciones eran terribles. No me vi con ánimo de ordenar todo aquello hasta años más tarde".

Finalmente, decidieron confiarlo al Instituto de la Memoria de la Edición Contemporánea, pero antes Denise lo mecanografió, con la ayuda de una gran lupa. Su sorpresa fue evidente cuando se dio cuenta de que su madre no había escrito sólo unas notas, sino que "Suite francesa" se trataba de una obra violenta, en la que se combinaba un retrato intimista de la burguesía ilustrada con una visión implacable de la sociedad francesa durante la ocupación.
Denise Epstein subraya que del manuscrito original "no se ha tocado ni una coma, porque esa fue la condición esencial que puse para la publicación del libro, aún siendo conscientes de que, por ejemplo, hay inconsistencias de tiempo verbal, que se han respetado".

13 de febrero de 2008

CHINA KEITETSI, LA NIÑA SOLDADO

En el mundo hay más de 300.000 niños soldado. China Keitetsi fue uno de ellos. Por su ciega obediencia y su lealtad a los jefes, los niños soldado son utilizados de parapetos de un ataque, como guardaespaldas o para acciones arriesgadas.

Su infancia y su adolescencia le fueron robadas a China, quien, entre los 8 y los 18 años de edad, fue niña soldado en el Ejército Nacional de Resistencia (NRA) de Museveni, en Uganda. Ahora, de 28 años, ha decidido contar su experiencia para contribuir a la lucha contra la utilización de menores soldados en las guerras. A pesar de los años transcurridos, todavía le cuesta explicar con palabras esos diez años de su vida, revivir el miedo constante, la brutalidad de sus acciones, la pérdida de su infancia y adolescencia. Su verdadero nombre es Goret, pero un sargento, incapaz de pronunciarlo durante la instrucción, la apodó China por la forma de sus ojos. Hasta eso le robaron.

Rechazada por su padre “por ser niña” y maltratada por su abuela y una madrastra, China se escapó a los ocho años de casa y se topó con los miembros del indisciplinado y vengativo Ejército Nacional de la Resistencia de Y.K. Museveni, que avanzaba haciendo estragos por todo el país, con varios menores de edad entre sus filas.

A los pocos días de unirse al NRA, China ya tenía entre sus manos un fusil AK-47 que era más grande que ella.
“Nos decían que esa arma sería, desde entonces, nuestra mamá y los mandos militares eran como dioses; sus vidas importaban más que nuestras propias vidas”.

Al principio pensaba que todo era un juego pero pronto descubrió la triste realidad. La niña tuvo que aprender a sobrevivir y se convirtió en una guerrillera temible, tomó parte en matanzas atroces y vio caer en combate a muchos de sus pequeños camaradas.

Para colmo, ella, al igual que las demás niñas soldado, debían estar a disposición de las demandas sexuales de cualquier oficial al que se le ocurriese exigir sus favores, y antes de su primera menstruación ya fue sometida a muchas vejaciones.

“como mujer, sirves a los mandos. Todo el orgullo que puedas tener se te va. Te sientes sucia. Y luego, al volver a la aldea, ya eres distinta a las demás. No te preocupa tu aspecto, nadie quiere casarse contigo porque te tienen miedo y porque no quieren asumir la carga de los hijos que has tenido”, dice China, que recuerda el miedo de dar a luz a su hijo con 14 años en el ejército o la experiencia, imborrable ya, del aborto que le practicaron cuando era guardaespaldas de un mando. “Cada vez que veo un cuchillo, siento de nuevo aquella sensación de su filo cortándome las entrañas”.

En 1995, tras diez años cargando su fusil decidió que debía de huir de nuevo. Su apuesta por la libertad debía de ser certera o de lo contrario sería fusilada en castigo por sus propios compañeros de armas. Dejó atrás a su hijo y su país y tardó tres semanas en llegar a Suráfrica a través de Kenia, Tanzania, Zambia y Zimbabue. Allí descubrió que por segunda vez iba a ser madre. En esta ocasión había una diferencia con la primera: no tenía ni idea de quien podría ser el padre de su hija. Las violaciones habían sido sistemáticas. Siempre a partir de las nueve de la noche.

En 1999, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados la envió a Dinamarca, país que la acogió como “una madre”.
“Durante toda mi vida nunca pude hablar de mis sentimientos, de mis miedos, de nada. Al llegar a Dinamarca me sentía de nuevo como una niña, y allí cuidaron de mí, me ayudaron mucho”.

Allí comenzó el proceso de rehabilitación que le ayudó a darse cuenta de que lo normal no es ser madre a los 14 años, ni vivir tantas malas experiencias cuando todavía eres una niña, como ocurre en su país. Al poco tiempo de llegar a Copenhague intentó seguir el rastro de su familia en Uganda y descubrió que todos habían sido asesinados: su padre, su madre, sus hermanas. Todos.
“En el momento en que coges un arma, has perdido tu infancia. La gente no te ve como un niño, sólo ve el arma que tienes en las manos. Crees que eso es normal, y nadie se queja, ni los padres ni las madres”, continúa China. “Yo ahora, tengo suerte. Puedo llorar, puedo sentir, pero hay miles de niños allí que no pueden hacerlo”.

China Keitetsi escribió a los 28 años, diez años después de huir del Ejército, "Mi vida como una niña soldado" (Ed. Maeva) a modo de terapia, mientras trabajaba durante horas, día a día con un psicólogo en Dinamarca para aprender lo más básico:
“A querer. A sentir algo por los demás. A ser mujer, a dejarme el pelo largo, a ponerme pendientes, a cuidarme las uñas… y sobre todo, a aprender a amar a mis dos hijos”

Tuvo al mayor, que hoy tiene 16 años, con 14. La pequeña, de 11, nació en mitad de su huida, a los 18 años. “Me hacían preguntas que era incapaz de contestar. Me preguntaban si quería a su padre. Sólo podía mentirles”, recuerda. “Para una niña era todavía más difícil. Entre tanto hombre, tu también eras un objetivo. A los 15 años era incapaz de recordar cuántos hombres habían abusado de mí”.

Apenas se relacionaba con los otros niños. Éramos como piedras. Nunca hablábamos de las típicas tonterías de niños. Nos juntábamos los domingos por la mañana para limpiar nuestras armas y no nos decíamos nada. Teníamos mucho miedo pero teníamos que dar miedo. Ni siquiera hablaba con las niñas. Cuando nos quedábamos embarazadas nos sentíamos avergonzadas por lo que nos habían hecho”, recuerda. “Al principio no sabía lo que me estaba pasando, porque nunca nadie te había hablado de eso”.

Vio matar y morir. Asegura que ha hecho cosas terribles de las que se avergüenza “enormemente”, pero no quiere hablar de ello. Desde que recuperó su libertad, intenta conocerse. Recorre el mundo contando parte de su historia, pidiendo a los Gobiernos que trabajen para que no haya más casos como el suyo.

"En ocasiones me parece que tengo cinco años y otras veces siento que soy centenaria".

“Hablar de esto ha sido mi mejor medicina. En el tiempo que fui soldado, me preguntaba ¿cuándo voy a morir? ¿va a ser el resto de mi vida así? Pero al hablar de ello me he dado cuenta de que era sólo una parte de mi vida y una parte que podía cambiar”,
explica.

Ha fundado un centro en Ruanda para acoger a ex niños y niñas soldado. “Ahora ellos lo son todo para mí. Por fin me importan los demás. Les quiero”, dice mientras se retoca una vez más los labios. “¡Me encanta hacer esto!”.

En el mundo hay cerca de 500.000 niños combatiendo en casi todos los principales conflictos del mundo, según la Coalición para acabar con la Utilización de los Niños Soldado, de la que forman parte Alboan, Amnistía Internacional, Entreculturas, Fundación El Compromiso, Save the Children y El Servicio Jesuita a Refugiados). En los últimos dos años, el comienzo de procesos de paz en países como Angola, Afganistán o Sierra Leona ha permitido la desmovilización de 40.000 pequeños, aunque mientras tanto, fueron reclutados otros 25.000 en Costa de Marfil y Sudán.

28 de enero de 2008

RITA LEVI-MONTALCINI

Rita Levi-Montalcini es una bióloga italiana, y una de las grandes figuras del siglo XX.

Nace en Turín en 1909 en el seno de una familia judía. Su padre, un ingeniero apasionado por las matemáticas, se negó durante años a permitirle que estudiara porque en esa época se consideraba que las mujeres no hacían esas cosas. Su madre, Adele, fue una escritora
frustrada, esposa reservada y sumisa. Su hermana gemela Paola fue una gran pintora, y su hermano mayor, Gino, un célebre arquitecto.

"Desde niña tuve el empeño de estudiar. Mi padre quería casarme bien, que fuese buena esposa, buena madre... Y yo me negué. Me planté y le confesé que quería estudiar..."

A los 20 años, en 1930, se le consintió por fin acceder al bachillerato superior y después a la Facultad de Medicina. Dos años después su padre murió repentinamente de un infarto al miocardio.

En 1932 y cursando el segundo año de los estudios médicos, ingresa al laboratorio del histólogo Giuseppe Levi. También fueron alumnos del doctor Levi: Salvador Luria y Renato Dulbecco. Los tres fueron muy buenos amigos y Giuseppe Levi los apoyó para ser admitidos en laboratorios norteamericanos. Los tres ganaron el Premio Nobel. Luria en 1969, Dulbecco en 1975 y Rita en 1986.

Al terminar sus estudios de medicina en 1936, Rita pensó especializarse en neurología y psiquiatría, pero tal deseo se vio frustrado a causa del Manifiesto de Defensa de la Raza de Benito Mussolini, que prohibió la presencia de los judíos en las universidades.
Entonces continuó sus investigaciones, sobre el sistema nervioso en embriones de pollo, en la clandestinidad en un improvisado laboratorio en su casa de Turín.

A principios de 1939, su maestro Levi le consigue trabajo en Bélgica, donde viaja escondida. Nueve meses después regresa a Turín pretextando que estaría más segura escondida con “sus” italianos que en Bélgica, que ya habían invadido los alemanes.

Poco después Mussolini decidió participar en la guerra al lado de los nazis y los bombardeos de los aliados se intensificaron día a día en las ciudades del norte de Italia, sobre todo en Turín; por ello emigra al campo con su familia donde, con la protección de los campesinos, monta un nuevo laboratorio a la “Robinson Crusoe”, según sus propias palabras.

A mediados de 1943, con la dimisión y huida de Mussolini, los alemanes ocupan los alrededores de Turín y la familia escapa a una pequeña villa cerca de Florencia, para esperar a las tropas aliadas, que ya estaban en el sur de Italia. Ahí permanecen hasta septiembre de 1945. Las tropas aliadas la aceptaron como médico de la Cruz Roja Internacional, meses después pudo regresar a Turín y volver a formar parte del grupo de Levi, reanudando sus investigaciones.

Durante la guerra trabajó como médica para la Resistencia y las tropas aliadas. Fue destinada a un hospital de refugiados de guerra entre los que se propagó una epidemia de tifus abdominal. Murieron cientos de personas. Esta terrible experiencia influyó poderosamente en su decisión de no ejercer la profesión médica y dedicarse a la investigación.

En 1946 Rita Levi-Montalcini viajó a Estados Unidos, en el mismo barco iba su amigo Dulbecco, que estaría en el laboratorio de Luria, quien años
antes había dejado Italia. Supuestamente iba por seis meses, pero se quedó quince años. En 1947 fue invitada a trabajar como neuróloga en la Universidad Washington de San Luis (EE.UU.), donde descubrió la proteína NGF, estimuladora del crecimiento de las fibras nerviosas. El hallazgo le valió en 1986 el Premio Nobel de Medicina.

En 1961 regresó a Italia, pero no totalmente, ya que hasta 1983 dividió su tiempo entre su país y San Louis Missouri.

El descubrimiento del gen que codifica para el factor nervioso de crecimiento se realizó en 1983.

Este año cumplió 98 de edad y, como Senadora Vitalicia de la República Italiana, sigue trabajando tiempo completo en la supervisión de los laboratorios de investigación que fundó a su regreso a Italia, así como en la Comisión de Derechos Humanos, el Comité de Honor y el Departamento de Justicia del Senado de la República Italiana.

A fines de los años 80, después de haber recibido el premio Nobel, Rita Levi Montalcini, escribe su autobiografía bajo un titulo fascinante y significativo: "Elogio de la imperfección".

Dos días antes de cumplir 96 años, inauguró en Roma, donde vive, la sede del nuevo Instituto Europeo de Neurociencia. Es autora de numerosos libros, y los más recientes –como Tiempo de acción, que acaba de publicarse– se centran en la revolución digital y en la necesidad de cambiar la educación. Su vista es deficiente y necesita de su secretaria para utilizar Internet, una de sus herramientas favoritas, pero conserva la vitalidad, la ironía y la lucidez.

Cuando se le pregunta si no quiere jubilarse, contesta:
¡Jamás! ¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona... Y eso mata su cerebro. Y enferma. ¡Mi cerebro está igual que a mis 20 años! No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad. Mañana vuelo a un congreso médico... Mi cerebro pronto tendrá un siglo..., pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevitable, ¡pero no el cerebro! Gozamos de gran plasticidad neuronal: aunque mueran neuronas, las restantes se reorganizan para mantener las mismas funciones, ¡pero para ello conviene estimularlas! Hay que mantener tu cerebro ilusionado, activo, hacerlo funcionar, y nunca se degenerará. Vivirá mejor los años que viva, que eso es lo interesante. La clave es mantener curiosidades, empeños, tener pasiones...

Estos son algunos fragmentos de la entrevista concedida a Enric González: P.: ¿Nos queda margen para seguir evolucionando?
Rita Levi-Montalcini: No desde el punto de vista somático. Sí desde el punto de vista de la informática. La informática nos da acceso a otro mundo que para nuestros predecesores, hace sólo medio siglo, no existía. A falta de un nuevo desarrollo de la neocorteza, disponemos de los ordenadores.

P.: En teoría, disponemos también de la manipulación genética.
R.: Odio esa opción. La manipulación genética no debe ser utilizada. No tenemos derecho a hacer nacer bebés a la carta. No es aceptable fabricar niños con los cabellos rubios, los ojos verdes, tal característica o tal otra. Eso va más allá de los límites de la moral. Lo rechazo absolutamente.

P.: Hablemos aún de la evolución en los otros animales. ¿Hay posibilidad de evolución en los insectos, por ejemplo?
R.: No. El insecto de hoy es igual al de hace millones de años. El insecto no tiene ninguna posibilidad. Por lo que sabemos, está totalmente determinado, desde el punto de vista del presente y del futuro. No registra ninguna evolución. Los insectos pueden sobrevivir a la humanidad por su constitución, por su capacidad para hacer frente a las circunstancias, pero no pueden cambiar.

P.: Nosotros hemos cambiado parcialmente. ¿Por qué somos más inteligentes que hace 50.000 años, pero no somos más buenos?
R.: No somos más buenos por el componente límbico cerebral que sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica palocortical, sustancialmente igual en el hombre y en otros animales. Nuestras opciones de mejora moral pasan por las circunvoluciones neocorticales que afortunadamente tenemos.

P.: Dice usted “afortunadamente”. Esa peculiaridad en la corteza del cerebro, ¿es una suerte, una casualidad?
R.: Quién sabe. No estamos dirigidos. Como todas las evoluciones, la nuestra ha sido casual, una reacción frente a la necesidad. Esa es nuestra historia. No se ha tratado de un desarrollo dirigido por un ente divino. Nos hemos desarrollado como otros animales; algunos han adquirido ciertas capacidades, nosotros hemos conseguido la neocorteza, y eso nos ha llevado a dominar el planeta y a situarnos por encima de las leyes de causalidad que nos han conducido hasta aquí.

P.: Este “aquí” significa, por ejemplo, el siglo XX, que dice poco en favor del humano. No es fácil mantener la fe en nosotros mismos.
R.: ¿Por qué lo dice?

P.: Usted, que ha vivido casi todo el siglo XX, conoce sus errores mejor que yo.
R.: Sí, hemos sufrido el horror de la shoah, el horror del nazismo, el horror del fascismo, todos los frutos del componente palocortical. He escrito bastante sobre eso. Mire, no sé hacia dónde vamos, pero estoy segura de que debemos librarnos de ese pasado nefasto. Porque si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados. La vida se hace inútil. Yo también me siento interiormente incapaz de ser optimista, pero hay que serlo, cueste lo que cueste. Hay que mantener la confianza en el futuro.

P.: Seamos positivos. ¿Cuáles han sido las cosas más positivas del pasado siglo?
R.: Desde el punto de vista científico, el desarrollo ha sido extraordinario, y no hace falta enumerar la exploración del átomo, del ADN... Desde el punto de vista ético hemos sido capaces de vencer a Hitler, a Mussolini, a Stalin, lo que no está nada mal. Mire, la conclusión que puede extraerse del siglo XX es que debemos cambiar los mecanismos de instrucción y la relación errónea entre los adultos y los niños.

P.: Algunos aspectos de la educación han empezado a cambiar. Cuando usted era joven, las mujeres no solían acceder a una instrucción universitaria. Usted no pudo estudiar hasta...
R.: Ese cambio que dice usted afecta a los países de alto nivel cultural, no al islam ni a la mayoría de los países del sur. Un pequeño porcentaje de mujeres, en el que me incluyo, tiene suerte y disfruta ahora de ciertos derechos.

P.: Dentro del debate ético sobre la investigación científica, ¿cuáles son los límites? Las únicas posiciones claras, y obviamente restrictivas, parecen ser las cristianas.
R.: Yo no soy católica, estoy fuera de cualquier religión. Soy agnóstica. Laica y agnóstica. Lo demás no lo tengo en cuenta. Respeto todos los puntos de vista.

22 de enero de 2008

PEGGY GUGGENHEIM

(Nueva York, 1898-Venecia, 1979)

Coleccionista y galerista de arte estadounidense. Portadora de un apellido que comparte honores con los Rockefeller y los Ford en el capítulo de grandes constructores del imperio americano. Justamente reconocida como la Medici del siglo XX.

La vida de Marguerite Guggenheim, a la que todos acabarían conociendo por Peggy, fue siempre inestable, como su propia familia.

Nació el 26 de agosto de 1898, la segunda de tres hijas, unía en ella dos apellidos que hicieron una gran fortuna desde el siglo pasado en Estados Unidos: los Guggenheim, judíos procedentes de la Suiza alemana, que empezaron como vendedores ambulantes y se hicieron de oro con la mayor parte de las minas de plomo y plata en Colorado, y los Seligman, que llegaron a banqueros. Ella tuvo poca suerte. Su padre, Benjamin, era el sexto de diez hermanos entregados con devoción a la causa empresarial familiar. Sólo él salió casquivano, dejó a su esposa e hijas y terminó encabeza la lista de ilustres víctimas del naufragio del Titanic, cuando volvía de París con una joven cantante. Esto, y la vida precedente del padre, hizo que Peggy y sus hermanas vieran pasar por delante, sin tocarla, la fortuna Guggenheim. Pese a ello, se educó siempre en un mundo culturalmente rico -eso sí, con preceptores, en vez de padres- y empezó pronto a viajar.

Pasó entre París y Londres la primera parte de su vida en Europa. En 1922, incómoda con el lujo que la rodeaba y su papel de joven acomodada, contrajo matrimonio con Lawrence Vail, que se le declaró en lo alto de la Torre Eiffel. En París entró en contacto con los círculos artísticos e intelectuales del momento. En la capital británica tuvo su primera galería de arte, la Guggenheim Jeune, en la que, gracias a los consejos de Duchamp, que le presentó a Jean Arp, a Cocteau y muchos otros artistas, expusieron las vanguardias, hasta entonces ignoradas en el mundo anglosajón.

El conocimiento de Samuel Beckett (en la imagen), con el que tendría una historia galante, la ayudó a decidirse por la protección del arte contemporáneo. La primera pieza de su colección fue la escultura Cabeza y concha, de Arp, expuesta en Venecia.

Peggy siempre tuvo algo de renacentista en su actitud hacia el arte y hacia la vida. Su renacimiento particular sobrevino a los 39 años. Hasta entonces se había entregado con pasión al punto y a la calceta. Su corazón de mujer indómita latía bajo el disfraz de madre sumisa (dos hijos, un matrimonio roto, seguido de una relación atormentada), y así le vino la idea de abrir una galería en Londres. El arte dejó de ser su afición secreta y se acabó convirtiendo en su droga, enajenante y adictiva. Soñaba con artistas, comía con artistas, dormía con artistas. Amaba doblemente el arte, y para los autores y sus obras aplicó el mismo criterio: "This is good, this is bad". Consiguió fabricarse un personaje inimitable y mítico, a medio camino entre Gertrude Stein y Casanova. La responsable de su conversión fue una excéntrica baronesa, Hilla Rebay Von Ehrenwiesen, quien le hizo caer en imperdonables locuras y en memorables aciertos. En apenas 23 años, amasó la mayor colección privada de artistas del siglo XX.

Peggy acabó interpretando el papel de enfant terrible de la familia, anclada en su palacio veneciano y en su mundo como de película, transitado por personajes como Samuel Beckett, Jacques Braque, Marcel Duchamp. En su vida no había espacio para hombres tan sesudos, tan de carne y hueso como su tío Solomon, el buenazo de la familia, décadas consagrado a la explotación de sus minas hasta que un día, cumplidos los 65, decidió explorar filones más fluidos y sublimes.

La Segunda Guerra Mundial frustró la intención de la mecenas de abrir un museo de arte moderno en Londres, a imagen del MOMA neoyorquino, no sólo de pintura y escultura, sino también con diseño, fotografía y arquitectura. Abrazó entonces la idea de "comprar un cuadro al día", con los fondos que había destinado para el proyecto, y se instaló en París. Así reunió obras cubistas, abstractas y surrealistas, y conoció a Albert Gleizes, Vasily Kandinsky, Yves Tanguy, Constantin Brancusi, Alberto Giacometti. Dalí no le interesaba, pero se compró La naissance des désirs liquides, de 1931-32, por disciplina, porque estaba en las listas de sus asesores. Karole Vail cuenta que con Picasso tuvo menos suerte, porque la tomó por un ama de casa burguesa con la lista de la compra, y la echó con cajas destempladas.

Al término de la Segunda Guerra Munidal se instaló en Venecia, en cuyo palacio Venier dei Leoni, a orillas del Gran Canal, agrupó su colección artística, abierta todavía hoy al público y en la que se encontraban obras de Jackson Pollock, Robert Motherwell, Mark Rothko y Hans Hofmann, entre muchos otros.

Peggy, hizo de correa de transmisión entre el viejo y el nuevo continente. Vivió el arte desde muy dentro: fue amante del surrealista Tanguy, íntima de Duchamp, llegó a casarse con Max Ernst, a quien le abrió las puertas de América, y catapultó hasta lo más alto a Jackson Pollock, ignorado por su tío.

En 1942 regresó a Nueva York, donde abrió la galería de arte Art of This World, a tres manzanas de la colección de su tío Solomon, en la que dio cabida a artistas poco conocidos. Allí expusieron obras de artistas emergentes americanos. Para la pomposa inauguración, muy a su estilo, se puso un pendiente de Calder y otro de Tanguy: quería demostrar su imparcialidad entre el arte abstracto y el surrealista. A esta bigamia consiguió serle fiel, lo que no hizo con sus maridos. En Art of this Century acogió a Jackson Pollock, al que lanzó, y dio cabida a Hans Richter, Hans Hofmann, Baziotes, Rice Pereira, Jean Hélion, Henry Moore, Leonora Carrington. Hizo también dos muestras integradas sólo por mujeres, algo entonces bastante insólito.

En 1941, tras el fracaso de su matrimonio, se había casado con Max Ernst (en la imagen) y, se divorció en 1946 cuando la relación hizo aguas. Entonces se consoló artísticamente con Jackson Pollock, que conquistaría el mundo de su mano. Con Pollock, según Peggy, se cierra el catálogo de los diez grandes genios de este siglo (entre los que, por supuesto, figuran Picasso y Miró).

La Peggy del arte, de los trajes, los amantes, las casas de lujo y las fotos y cuadros hechos por los punteros del momento tendrá en Venecia la última etapa de su vida de coleccionista. En 1948, invitada por la Bienal, expone su colección, y se ve por primera vez en Europa a Pollock, Rothko o Arshile Gorky. Convertida en una celebridad, compra el Palacio Venier dei Leoni, asomado al Gran Canal veneciano, una obra inconclusa de mediados del siglo XVIII. Peggy decide volver a Europa y echar anclas en Venecia, con su valiosísima colección a cuestas. Allí vuelve a darle nuevas pinceladas a su estrambótico y entrañable personaje... "Era una mujer frágil y conmovedora", recuerda el escritor José Luis de Vilallonga, "Sus ojos eran de un azul diáfano, pero éramos muy pocos los que lo sabíamos, pues los disimulaba tras unas inmensas gafas negras que le daban un aspecto de gato faraónico y alucinado".

Peggy se convierte en leyenda viva. Su palacio es el punto de mira de incontables artistas, allí habitó los últimos 30 años de su vida, y en cuyo jardín reposa. Confeccionó sus singulares libros de huéspedes, cinco tomos en los que pusieron su firma, junto a un dibujo, un poema o unas notas musicales, Marc Chagall, Truman Capote, John Cage, Joan Miró, Alberto Giacometti, Man Ray, Jean Cocteau, Fabrizio Clerici, Tancredi, Saul Steinberg, Graham Sutherland, Georges Mathieu, Victor Brauner, Max Ernst (segundo marido de la mecenas) o el que fue su gran consejero artístico, Marcel Duchamp.

En los años sesenta, su rechazo del pop art y el elevado coste del arte contemporáneo la llevaron a interrumpir su ahora magna colección. Se dedicó entonces a mostrar los principales movimientos representados en ella, y a garantizar un futuro a su museo veneciano.

En Venecia la conocen como la última Dogatessa, una dama como de otro tiempo, siempre rodeada por sus inseparables perros falderos y embarcada en grandes proyectos (ayudó a lanzar la prestigiosa Bienal).

El 23 de diciembre de 1979 la artritis pudo con Peggy, que se apagó en un hospital de Padua. La víspera hubo agua alta en Venecia y su hijo Sindbad, junto con su esposa, se preocupó de salvar las obras de arte y los libros de huéspedes de los agitados embites de la laguna.
Peggy Guggenheim, llamada La gran Dama del surrealismo, está enterrada en su jardín, junto a los seres que quizá más amó. Bajo el epitafio "Aquí yacen mis adorados bebés" se encuentran los catorce perros que acompañaron sus 30 años venecianos, el último de los cuales, Cellida, tuvo el detalle de morirse dos días antes que su dueña. Su muerte fue la consumación del imperio Guggenheim, nacido del que tal vez sea el mayor incesto artístico del siglo.

Un volumen con sus memorias, en el que se incluían escritos ya publicados, apareció póstumamente (1980) bajo el título de Confessions of an Art Addict.