Su infancia y su adolescencia le fueron robadas a China, quien, entre los 8 y los 18 años de edad, fue niña soldado en el Ejército Nacional de Resistencia (NRA) de Museveni, en Uganda. Ahora, de 28 años, ha decidido contar su experiencia para contribuir a la lucha contra la utilización de menores soldados en las guerras. A pesar de los años transcurridos, todavía le cuesta explicar con palabras esos diez años de su vida, revivir el miedo constante, la brutalidad de sus acciones, la pérdida de su infancia y adolescencia. Su verdadero nombre es Goret, pero un sargento, incapaz de pronunciarlo durante la instrucción, la apodó China por la forma de sus ojos. Hasta eso le robaron.Rechazada por su padre “por ser niña” y maltratada por su abuela y una madrastra, China se escapó a los ocho años de casa y se topó con los miembros del indisciplinado y vengativo Ejército Nacional de la Resistencia de Y.K. Museveni, que avanzaba haciendo estragos por todo el país, con varios menores de edad entre sus filas.
A los pocos días de unirse al NRA, China ya tenía entre sus manos un fusil AK-47 que era más grande que ella.“Nos decían que esa arma sería, desde entonces, nuestra mamá y los mandos militares eran como dioses; sus vidas importaban más que nuestras propias vidas”.
Al principio pensaba que todo era un juego pero pronto descubrió la triste realidad. La niña tuvo que aprender a sobrevivir y se convirtió en una guerrillera temible, tomó parte en matanzas atroces y vio caer en combate a muchos de sus pequeños camaradas.
Para colmo, ella, al igual que las demás niñas soldado, debían estar a disposición de las demandas sexuales de cualquier oficial al que se le ocurriese exigir sus favores, y antes de su primera menstruación ya fue sometida a muchas vejaciones.
“como mujer, sirves a los mandos. Todo el orgullo que puedas tener se te va. Te sientes sucia. Y luego, al volver a la aldea, ya eres distinta a las demás. No te preocupa tu aspecto, nadie quiere casarse contigo porque te tienen miedo y porque no quieren asumir la carga de los hijos que has tenido”, dice China, que recuerda el miedo de dar a luz a su hijo con 14 años en el ejército o la experiencia, imborrable ya, del aborto que le practicaron cuando era guardaespaldas de un mando. “Cada vez que veo un cuchillo, siento de nuevo aquella sensación de su filo cortándome las entrañas”.
En 1995, tras diez años cargando su fusil decidió que debía de huir de nuevo. Su apuesta por la libertad debía de ser certera o de lo contrario sería fusilada en castigo por sus propios compañeros de armas. Dejó atrás a su hijo y su país y tardó tres semanas en llegar a Suráfrica a través de Kenia, Tanzania, Zambia y Zimbabue. Allí descubrió que por segunda vez iba a ser madre. En esta ocasión había una diferencia con la primera: no tenía ni idea de quien podría ser el padre de su hija. Las violaciones habían sido sistemáticas. Siempre a partir de las nueve de la noche.
En 1999, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados la envió a Dinamarca, país que la acogió como “una madre”.
“Durante toda mi vida nunca pude hablar de mis sentimientos, de mis miedos, de nada. Al llegar a Dinamarca me sentía de nuevo como una niña, y allí cuidaron de mí, me ayudaron mucho”.
Allí comenzó el proceso de rehabilitación que le ayudó a darse cuenta de que lo normal no es ser madre a los 14 años, ni vivir tantas malas experiencias cuando todavía eres una niña, como ocurre en su país. Al poco tiempo de llegar a Copenhague intentó seguir el rastro de su familia en Uganda y descubrió que todos habían sido asesinados: su padre, su madre, sus hermanas. Todos.
“En el momento en que coges un arma, has perdido tu infancia. La gente no te ve como un niño, sólo ve el arma que tienes en las manos. Crees que eso es normal, y nadie se queja, ni los padres ni las madres”, continúa China. “Yo ahora, tengo suerte. Puedo llorar, puedo sentir, pero hay miles de niños allí que no pueden hacerlo”.
China Keitetsi escribió a los 28 años, diez años después de huir del Ejército, "Mi vida como una niña soldado" (Ed. Maeva) a modo de terapia, mientras trabajaba durante horas, día a día con un psicólogo en Dinamarca para aprender lo más básico:“A querer. A sentir algo por los demás. A ser mujer, a dejarme el pelo largo, a ponerme pendientes, a cuidarme las uñas… y sobre todo, a aprender a amar a mis dos hijos”
Tuvo al mayor, que hoy tiene 16 años, con 14. La pequeña, de 11, nació en mitad de su huida, a los 18 años. “Me hacían preguntas que era incapaz de contestar. Me preguntaban si quería a su padre. Sólo podía mentirles”, recuerda. “Para una niña era todavía más difícil. Entre tanto hombre, tu también eras un objetivo. A los 15 años era incapaz de recordar cuántos hombres habían abusado de mí”.
Apenas se relacionaba con los otros niños. “Éramos como piedras. Nunca hablábamos de las típicas tonterías de niños. Nos juntábamos los domingos por la mañana para limpiar nuestras armas y no nos decíamos nada. Teníamos mucho miedo pero teníamos que dar miedo. Ni siquiera hablaba con las niñas. Cuando nos quedábamos embarazadas nos sentíamos avergonzadas por lo que nos habían hecho”, recuerda. “Al principio no sabía lo que me estaba pasando, porque nunca nadie te había hablado de eso”.
Vio matar y morir. Asegura que ha hecho cosas terribles de las que se avergüenza “enormemente”, pero no quiere hablar de ello. Desde que recuperó su libertad, intenta conocerse. Recorre el mundo contando parte de su historia, pidiendo a los Gobiernos que trabajen para que no haya más casos como el suyo.
"En ocasiones me parece que tengo cinco años y otras veces siento que soy centenaria".
“Hablar de esto ha sido mi mejor medicina. En el tiempo que fui soldado, me preguntaba ¿cuándo voy a morir? ¿va a ser el resto de mi vida así? Pero al hablar de ello me he dado cuenta de que era sólo una parte de mi vida y una parte que podía cambiar”, explica.
Ha fundado un centro en Ruanda para acoger a ex niños y niñas soldado. “Ahora ellos lo son todo para mí. Por fin me importan los demás. Les quiero”, dice mientras se retoca una vez más los labios. “¡Me encanta hacer esto!”.
En el mundo hay cerca de 500.000 niños combatiendo en casi todos los principales conflictos del mundo, según la Coalición para acabar con la Utilización de los Niños Soldado, de la que forman parte Alboan, Amnistía Internacional, Entreculturas, Fundación El Compromiso, Save the Children y El Servicio Jesuita a Refugiados). En los últimos dos años, el comienzo de procesos de paz en países como Angola, Afganistán o Sierra Leona ha permitido la desmovilización de 40.000 pequeños, aunque mientras tanto, fueron reclutados otros 25.000 en Costa de Marfil y Sudán.