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22 de enero de 2008

PEGGY GUGGENHEIM

(Nueva York, 1898-Venecia, 1979)

Coleccionista y galerista de arte estadounidense. Portadora de un apellido que comparte honores con los Rockefeller y los Ford en el capítulo de grandes constructores del imperio americano. Justamente reconocida como la Medici del siglo XX.

La vida de Marguerite Guggenheim, a la que todos acabarían conociendo por Peggy, fue siempre inestable, como su propia familia.

Nació el 26 de agosto de 1898, la segunda de tres hijas, unía en ella dos apellidos que hicieron una gran fortuna desde el siglo pasado en Estados Unidos: los Guggenheim, judíos procedentes de la Suiza alemana, que empezaron como vendedores ambulantes y se hicieron de oro con la mayor parte de las minas de plomo y plata en Colorado, y los Seligman, que llegaron a banqueros. Ella tuvo poca suerte. Su padre, Benjamin, era el sexto de diez hermanos entregados con devoción a la causa empresarial familiar. Sólo él salió casquivano, dejó a su esposa e hijas y terminó encabeza la lista de ilustres víctimas del naufragio del Titanic, cuando volvía de París con una joven cantante. Esto, y la vida precedente del padre, hizo que Peggy y sus hermanas vieran pasar por delante, sin tocarla, la fortuna Guggenheim. Pese a ello, se educó siempre en un mundo culturalmente rico -eso sí, con preceptores, en vez de padres- y empezó pronto a viajar.

Pasó entre París y Londres la primera parte de su vida en Europa. En 1922, incómoda con el lujo que la rodeaba y su papel de joven acomodada, contrajo matrimonio con Lawrence Vail, que se le declaró en lo alto de la Torre Eiffel. En París entró en contacto con los círculos artísticos e intelectuales del momento. En la capital británica tuvo su primera galería de arte, la Guggenheim Jeune, en la que, gracias a los consejos de Duchamp, que le presentó a Jean Arp, a Cocteau y muchos otros artistas, expusieron las vanguardias, hasta entonces ignoradas en el mundo anglosajón.

El conocimiento de Samuel Beckett (en la imagen), con el que tendría una historia galante, la ayudó a decidirse por la protección del arte contemporáneo. La primera pieza de su colección fue la escultura Cabeza y concha, de Arp, expuesta en Venecia.

Peggy siempre tuvo algo de renacentista en su actitud hacia el arte y hacia la vida. Su renacimiento particular sobrevino a los 39 años. Hasta entonces se había entregado con pasión al punto y a la calceta. Su corazón de mujer indómita latía bajo el disfraz de madre sumisa (dos hijos, un matrimonio roto, seguido de una relación atormentada), y así le vino la idea de abrir una galería en Londres. El arte dejó de ser su afición secreta y se acabó convirtiendo en su droga, enajenante y adictiva. Soñaba con artistas, comía con artistas, dormía con artistas. Amaba doblemente el arte, y para los autores y sus obras aplicó el mismo criterio: "This is good, this is bad". Consiguió fabricarse un personaje inimitable y mítico, a medio camino entre Gertrude Stein y Casanova. La responsable de su conversión fue una excéntrica baronesa, Hilla Rebay Von Ehrenwiesen, quien le hizo caer en imperdonables locuras y en memorables aciertos. En apenas 23 años, amasó la mayor colección privada de artistas del siglo XX.

Peggy acabó interpretando el papel de enfant terrible de la familia, anclada en su palacio veneciano y en su mundo como de película, transitado por personajes como Samuel Beckett, Jacques Braque, Marcel Duchamp. En su vida no había espacio para hombres tan sesudos, tan de carne y hueso como su tío Solomon, el buenazo de la familia, décadas consagrado a la explotación de sus minas hasta que un día, cumplidos los 65, decidió explorar filones más fluidos y sublimes.

La Segunda Guerra Mundial frustró la intención de la mecenas de abrir un museo de arte moderno en Londres, a imagen del MOMA neoyorquino, no sólo de pintura y escultura, sino también con diseño, fotografía y arquitectura. Abrazó entonces la idea de "comprar un cuadro al día", con los fondos que había destinado para el proyecto, y se instaló en París. Así reunió obras cubistas, abstractas y surrealistas, y conoció a Albert Gleizes, Vasily Kandinsky, Yves Tanguy, Constantin Brancusi, Alberto Giacometti. Dalí no le interesaba, pero se compró La naissance des désirs liquides, de 1931-32, por disciplina, porque estaba en las listas de sus asesores. Karole Vail cuenta que con Picasso tuvo menos suerte, porque la tomó por un ama de casa burguesa con la lista de la compra, y la echó con cajas destempladas.

Al término de la Segunda Guerra Munidal se instaló en Venecia, en cuyo palacio Venier dei Leoni, a orillas del Gran Canal, agrupó su colección artística, abierta todavía hoy al público y en la que se encontraban obras de Jackson Pollock, Robert Motherwell, Mark Rothko y Hans Hofmann, entre muchos otros.

Peggy, hizo de correa de transmisión entre el viejo y el nuevo continente. Vivió el arte desde muy dentro: fue amante del surrealista Tanguy, íntima de Duchamp, llegó a casarse con Max Ernst, a quien le abrió las puertas de América, y catapultó hasta lo más alto a Jackson Pollock, ignorado por su tío.

En 1942 regresó a Nueva York, donde abrió la galería de arte Art of This World, a tres manzanas de la colección de su tío Solomon, en la que dio cabida a artistas poco conocidos. Allí expusieron obras de artistas emergentes americanos. Para la pomposa inauguración, muy a su estilo, se puso un pendiente de Calder y otro de Tanguy: quería demostrar su imparcialidad entre el arte abstracto y el surrealista. A esta bigamia consiguió serle fiel, lo que no hizo con sus maridos. En Art of this Century acogió a Jackson Pollock, al que lanzó, y dio cabida a Hans Richter, Hans Hofmann, Baziotes, Rice Pereira, Jean Hélion, Henry Moore, Leonora Carrington. Hizo también dos muestras integradas sólo por mujeres, algo entonces bastante insólito.

En 1941, tras el fracaso de su matrimonio, se había casado con Max Ernst (en la imagen) y, se divorció en 1946 cuando la relación hizo aguas. Entonces se consoló artísticamente con Jackson Pollock, que conquistaría el mundo de su mano. Con Pollock, según Peggy, se cierra el catálogo de los diez grandes genios de este siglo (entre los que, por supuesto, figuran Picasso y Miró).

La Peggy del arte, de los trajes, los amantes, las casas de lujo y las fotos y cuadros hechos por los punteros del momento tendrá en Venecia la última etapa de su vida de coleccionista. En 1948, invitada por la Bienal, expone su colección, y se ve por primera vez en Europa a Pollock, Rothko o Arshile Gorky. Convertida en una celebridad, compra el Palacio Venier dei Leoni, asomado al Gran Canal veneciano, una obra inconclusa de mediados del siglo XVIII. Peggy decide volver a Europa y echar anclas en Venecia, con su valiosísima colección a cuestas. Allí vuelve a darle nuevas pinceladas a su estrambótico y entrañable personaje... "Era una mujer frágil y conmovedora", recuerda el escritor José Luis de Vilallonga, "Sus ojos eran de un azul diáfano, pero éramos muy pocos los que lo sabíamos, pues los disimulaba tras unas inmensas gafas negras que le daban un aspecto de gato faraónico y alucinado".

Peggy se convierte en leyenda viva. Su palacio es el punto de mira de incontables artistas, allí habitó los últimos 30 años de su vida, y en cuyo jardín reposa. Confeccionó sus singulares libros de huéspedes, cinco tomos en los que pusieron su firma, junto a un dibujo, un poema o unas notas musicales, Marc Chagall, Truman Capote, John Cage, Joan Miró, Alberto Giacometti, Man Ray, Jean Cocteau, Fabrizio Clerici, Tancredi, Saul Steinberg, Graham Sutherland, Georges Mathieu, Victor Brauner, Max Ernst (segundo marido de la mecenas) o el que fue su gran consejero artístico, Marcel Duchamp.

En los años sesenta, su rechazo del pop art y el elevado coste del arte contemporáneo la llevaron a interrumpir su ahora magna colección. Se dedicó entonces a mostrar los principales movimientos representados en ella, y a garantizar un futuro a su museo veneciano.

En Venecia la conocen como la última Dogatessa, una dama como de otro tiempo, siempre rodeada por sus inseparables perros falderos y embarcada en grandes proyectos (ayudó a lanzar la prestigiosa Bienal).

El 23 de diciembre de 1979 la artritis pudo con Peggy, que se apagó en un hospital de Padua. La víspera hubo agua alta en Venecia y su hijo Sindbad, junto con su esposa, se preocupó de salvar las obras de arte y los libros de huéspedes de los agitados embites de la laguna.
Peggy Guggenheim, llamada La gran Dama del surrealismo, está enterrada en su jardín, junto a los seres que quizá más amó. Bajo el epitafio "Aquí yacen mis adorados bebés" se encuentran los catorce perros que acompañaron sus 30 años venecianos, el último de los cuales, Cellida, tuvo el detalle de morirse dos días antes que su dueña. Su muerte fue la consumación del imperio Guggenheim, nacido del que tal vez sea el mayor incesto artístico del siglo.

Un volumen con sus memorias, en el que se incluían escritos ya publicados, apareció póstumamente (1980) bajo el título de Confessions of an Art Addict.