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2 de noviembre de 2007

Alma Mahler

(1879-1964)

Algunos contemporáneos la llamaron "la viuda de las artes", por su relación con Gustav Mahler, Walter Gropius, Oskar Kokoschka y Franz Werfel. Pocas mujeres merecen tanto como esta vienesa el calificativo de musa. Belleza inquieta, obsesiva y contradictoria, su nombre es ineludible en la historia cultural del siglo pasado.

Tempranamente etiquetada como musa encumbradora de las carreras de quienes fueron sus parejas, "la mujer más bella de Viena" -como se la conoció- tuvo su lado creativo, pero la posteridad se ha encargado de enterrarlo. Era inteligente, coqueta, culta, brillante y original.

"Mi vida fue bella", escribe en su libro Mi vida, de 1959. "Dios me dio la oportunidad de conocer las obras geniales de nuestro tiempo antes que abandonaran las manos de su creador. Mi destino es bendito y justificado por habérseme permitido, aunque fuera por un tiempo, sostener con mis manos los estribos de esos caballeros de la luz".

Alma Maria Schinder nació en Viena en 1879. "Mi padre era un genio", escribe Alma, dejando pocas dudas acerca de su admiración incondicional por el pintor paisajista Emil Jakob Schindler, quien, gracias al mecenazgo de príncipes y nobles, viajó por Europa junto a su familia, llevando una romántica vida de castillos y fiestas. A los 9 años Alma empezó a componer música, era una magnífica pianista. Su padre falleció cuando Alma cumplía los 13 años y décadas más tarde, el propio Sigmund Freud le diagnosticaría un claro complejo de Electra: "Trata de encontrar a su padre como principio espiritual", comentó.

Disgustada con su madre -la cantante Anna Bergen- por haberse casado con un discípulo de Schindler, Alma asistió muy poco al colegio, pero desarrolló una gran gama de intereses. Era una lectora compulsiva, aficionada a la escultura y a la música. Su mentor es el jurista Max Burckhard, insigne hombre de teatro, quien bien podría ser su padre… si no fuera porque se enamoró de ella. Alma mantiene las distancias, lo que no ocurre con el pintor Gustav Klimt, que le dobla la edad. Le prohibieron ver a la joven y el asunto no llega más lejos del primer beso.

A continuación enloquece a Alexander von Zemlinsky, profesor de música y compositor. Ella lo considera un "gnomo repelente", pero admira su inteligencia y personalidad, característica de todos sus amantes. No se entrega a Zemlinsky, aunque sabe atormentarlo: le pregunta por sus pasadas relaciones y cuando él las admite, ella se enfurece.

Con el cambio de siglo, Viena se convierte en el centro artístico-cultural de Europa, y vuelve la vida a los cafés y la bohemia. Un mundo en el que pululan Stefan Zweig, Leon Trotski, Sigmund Freud y, el más controvertido, Gustav Mahler, quien dirige con mano implacable la Ópera Real de Viena, que depende directamente del emperador.

Alma Schindler tenía 22 años cuando lo conoce tras un concierto en 1901, y nunca llegará a "tragarlo" como compositor, ni lo considera un adonis, pero sí lo admira como un director insuperable, y siente que "en él sólo hay oxígeno y uno se quema apenas se le aproxima".

Mahler era veinte años mayor que ella, conoce las inclinaciones creativas de su amada y por ello le escribe: "Tú no debes tener más que una profesión: la de hacerme feliz. Los papeles en esta presentación deben estar bien repartidos. Y a mí me incumbe el de ‘compositor’, el de quien ‘trabaja’. El tuyo será el del compañero, del camarada comprensivo".

Su madre, Anna, lee la carta y la conmina a romper la relación, pero ella hace lo contrario. En diciembre comienzan la relación y se casan en marzo del año siguiente. La progresiva distancia que los amigos de Mahler toman respecto de ella –considerándola demasiado libre en su comportamiento, su lenguaje y su vestuario- no fue obstáculo. Tampoco el singular antisemitismo de Alma, que pese a todo se casaría con dos judíos (Mahler y Franz Werfel).

El caso es que ella –que no duerme en la misma habitación- administra las desordenadas cuentas de su marido, copia partituras y procura darle las mejores condiciones de trabajo. En medio de la abnegación nacen dos hijas: María y Anna, futura escultora y que, siguiendo el ejemplo materno, se casará y divorciará cuatro veces.

Pero Alma no siente un instinto maternal. Cree, por el contrario, que le han cortado las alas y empieza a beber en cantidades importantes. En 1907 fallece su hija María a los cinco años y la salud de Gustav se resiente. Los viajes de la pareja, sobre todo los que hacen a EE.UU., alivian las cosas, pero sólo un poco. Alma experimenta la sensación de que no puede seguir con la abnegación que le exige su esposo. Gustav, profundamente enamorado de ella, compone para ella diferentes piezas, retratos musicales de Alma.

En junio de 1910, Alma enfermó y fue a las termas austríacas de Tobelbad para recuperar la salud. Entonces conoce al joven arquitecto Walter Gropius, cuatro años menor que ella, que más tarde fundaría la escuela de la Bauhaus. Con él vive un ardiente romance clandestino, en l¡palabras de ella: "una noche que sólo ha sido turbada por la luz del amanecer". Después, intercambian una ardiente correspondencia que termina con una carta que él dirige, por equivocación, a Gustav Mahler. El compositor lee la misiva y se queda estupefacto, sin embargo, se muestra "civilizado" y conversa con Gropius, tras lo cual Alma seguirá junto a su marido, aunque mantiene un adulterio culposo, con la ayuda de su propia madre, con Gropius. El músico, de hecho, se comporta ahora más comprensivo que nunca, descubriendo todo lo que la ama y lo mal que la ha tratado, dándole una posición de poder que ella nunca había tenido y plasmó su situación emocional en la Sinfonía nº 10, que componía entonces. Pero ya es demasiado tarde.

Gustav Mahler muere en 1911, ella tiene 31 años. Durante 53 años, ella cargará el estandarte de "la viuda de Mahler".

Abandona la música para siempre y se casa con Gropius en 1915 en una tumultuosa boda, pero la relación se congela y se divorcian cuatro años después.

Unos años antes, en 1912, había tenido durante tres años un affaire con el pintor impresionista Oskar Kokoschka, que la retrata varias veces, y en uno de sus cuadros “La esposa del viento” (en la imagen) representó su amor por ella. Pero él es tanto o más obsesivo que ella y la relación se torna inmanejable. Sólo la I Guerra Mundial, en la cual Kokoschka se alista –al igual que Gropius-, le da un respiro. Tras la ruptura, Kokoschka se mandó hacer una muñeca de tamaño real para recordar a Alma con todos sus detalles, a la que incluso llevaba al teatro con él.


Alma perdió a tres de sus hijos, los tres con grandes sufrimientos. La primera había sido María, la hija de Mahler. En 1916 Alma da a luz a su hija Manon Gropius y en 1918 a Martin, inscrito como hijo del arquitecto, pero que bien podría serlo de su amor más duradero, el escritor Franz Werfel, considerado en su época un equivalente de Thomas Mann y serio candidato al Nobel. Lo conoció en las tertulias dominicales que organizaba y a las que asistía lo más selecto de la intelectualidad vienesa. Martin murió antes de cumplir un año. Pero la muerte más dolorosa fue la de Manon, que tras agonizar durante un año, murió de poliomelitis a los 18 años. El compositor Alban Berg, gran amigo suyo, compuso en su memoria el concierto “A la memoria de un ángel”.

Gropius volvió al frente y Alma y Franz, casados, comenzaron una vida juntos. Huyendo de Hitler, dejaron Austria y viajaron a Francia, cruzando los Pirineos a pie para salvar la vida, a pesar de que tenía ya más de sesenta años. En esta época, su hermana Grete, que era depresiva y había sido internada en un psiquiatrico, fue ejecutada cuando los nazis decretaron la eliminación de todos los locos.
Más tarde se fueron a Estados Unidos. Estuvieron juntos hasta que él murió en 1945, en California.

Alma también vivió en 1934 un insólito affaire con el sacerdote Johannes Hollensteiner, a quien todos daban como futuro cardenal de Viena.

Werfel ganó una nueva fama y ella se colmó de homenajes a la memoria de Mahler. Y también a ella misma. Aunque el atractivo de la juventud ya había cedido, Alma siguió siendo una fuente inagotable de seducción. Quizá sin los pretendientes que en el pasado amenazaban con el suicidio si ella los ignoraba.
Pero la musa mantuvo su estatura hasta el final, certificado el 11 de diciembre de 1964.