(1876-1917)
Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y se han rodeado de tanto misterio como Mata-Hari. Ella misma urdió durante años la red de rumores y fantasías que envolvieron en una nebulosa a aquella bailarina exótica, apasionada, amante de un batallón de caballeros influyentes y arriesgada espía, hasta que las biografías demostraron que la famosa bailarina hindú, aclamada en toda Europa, sólo era una mentirosa patológica y una aventurera caída en desgracia. Pero lo malo no es que fuera una impostora, una mala bailarina y una espía de medio pelo, dispuesta a venderse al mejor postor. Lo peor fue que a causa de sus muchos embrollos murió a los 41 años ante un pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes.
Margaretha Geertruida Zelle nació en Holanda, en 1876. Su padre, Adam Zelle, era un modesto sombrerero al que apodaban "el Barón" por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes. A los 6 años, fue matriculada en el colegio más caro de la ciudad y enviada, el primer día de clase, en una carreta dorada tirada por dos cabritas blancas ataviadas como para unos esponsales principescos. Las burlas de sus compañeros no le hicieron mella, y descubrió pronto el placer de ser el centro de todas las miradas.
A los 13 años, su padre se fue a la bancarrota por unas malas apuestas bursátiles y la familia se tuvo que mudar a una casa mucho más modesta. El matrimonio de sus padres se echó a perder, y en menos de dos años, su madre murió minada por las disputas conyugales.
Su fama de seductora se inició a los 15 años, en la Escuela Normal de Lyden, donde fue enviada con sus hermanos por la incapacidad del padre para educarlos. Allí pasó el tiempo huyendo del acoso sexual y de los castigos del director de la institución, Wibrandus Haanstra, quien, a pesar de estar casado, enloqueció por ella y llegó a arrastrarse a sus pies, a gimotear en público y a escribir horrendas poesías para conseguir sus favores.
En 1895 respondió a un anuncio en la prensa solicitando una esposa, publicado por Rudolf John McLeod, un oficial holandés alcohólico aficionado a los burdeles de Ámsterdam. Se casaron ese mismo año, ella tenía 19 años y su esposo 39. Pronto se quedó embarazada. Se trasladaron, ya con su primera hija, hacia las Indias Orientales, donde el militar había sido destinado, lo que le permitió un contacto directo con la cultura de ese continente.
Tras unos primeros tiempos idílicos, el matrimonio se convirtió en una pesadilla. Rudolf era alcohólico, la golpeaba y la sometía sexualmente por la fuerza, y desarrolló unos celos enfermizos, aunque tenía una concubina nativa. El nacimiento de su segundo hijo no mejoró las cosas. Margaretha se refugió en la lectura de textos religiosos hindúes y en las pocas oportunidades en las que podía desarrollar su talento para la vida social: era una excelente anfitriona en las fiestas de la élite colonial, y disfrutaba de ser el centro de todas las reuniones.
La relación con su marido se acabó tras la muerte de su segundo hijo, Norman, envenenado por una niñera desequilibrada de quien nunca más se supo. Tras regresar a Amsterdam, se separan en 1903. Rudolf, absorbido por el alcoholismo y la vida mundana, la dejó sin un florín, por lo que Margaretha tuvo que dejarle su hija a su cargo. En 1906 obtiene el divorcio, y le conceden a él la tutela.
Ella se marcha a París. A partir de ese momento no se volvió a saber más de Margaretha Geertruida Zelle.
Al principio se ganó la vida trabajando en un circo, bajo el nombre de Lady MacLeod, y como modelo de artistas. Pero ya estaba al borde de los 30 años, y las modelos requeridas tenían formas menos rotundas. Fue entonces, en un invierno parisino frío y triste, en que por primera vez la hambrienta inmigrante holandesa le dio cuerpo a sus sueños.
La mayoría de historias sobre su vida coinciden en que su primer benefactor fue el Barón de Marguerie, que la introdujo a la sociedad como una adolescente oriental. Aquí nacieron sus fascinantes historias: cambió su acento, y ayudada por su colección de pulseras y adornos de las bailarinas javanesas, además de su increíble imaginación, construyó la mítica historia de Mata-Hari.
En 1905, los asistentes al Museo de Arte Oriental de París quedaron sorprendidos por la actuación de una bailarina, que se hacia llamar Mata Hari. El baile evocaba vagamente lo que un europeo de entonces pensaba que era una danza oriental: se iba quitando uno a uno sus ropajes, hasta quedar vestida solamente con una malla color piel. Nunca se desnudó por completo, ni descubría sus pechos, porque decía que su ardiente esposo le había arrancado los pezones de sendos mordiscones.
Se presentaba como una princesa de Java, descendiente de una familia de sacerdotes indios, y que desde niña fue iniciada en los misterios de las danzas sacras del Indostán. La historia, con diferentes matices cada vez más fantásticos, fue repetida en las diversas capitales europeas adonde la llevó el éxito.
“Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swandi, murió a los 14 años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me bautizaron bajo el nombre de Mata-Hari, que quiere decir “Pupila de la Aurora”
Tuvo mucho éxito en esa primera y frívola década del siglo XX que se recuerda con el nombre de Belle Epoque. A medida que pasaba el tiempo, fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía.
Fue amante, entre otros, de Adolphe Pierre Messimy, ministro de guerra francés, del compositor italiano Giacomo Puccini, del Barón Henri de Rothschild y de Tadea Mirszlac, la gitana que fue amante del Emperador Francisco José I de Austria y Hungría y de su hijo el archiduque Rodolfo. Entre sus innumerables amantes había franceses, rusos, italianos y alemanes.
Actuaba en Berlín al estallar la guerra del 14 y por esas fechas era la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Ámsterdam y jefe del espionaje de su país, que piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses a cambio de sumas considerables. Acepta y se convierte en la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstantes en sus afectos, y tal como había hecho siempre en sus amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble.
En 1916 conoció al que, según ella, fue el gran amor de su vida, Vladimir (Vadim) Masloff, un veinteañero oficial, de origen ruso, que combatía con las tropas francesas. Fue herido y destinado a un hospital, ubicado en zona de operaciones militares, por lo que para visitarlo había que solicitar un permiso al capitán Georges Ledoux, jefe del contraespionaje francés. Mata Hari fue a verlo. Hay dos relatos divergentes de ese encuentro. Ella afirmó que, en esta entrevista, él le ofreció espiar a favor de Francia, y que aceptó. En cambio, según Ledoux, ella fue a ofrecerle sus servicios, lo que despertó la desconfianza del militar, que conocía sus sospechosos movimientos. Decidió dejarla actuar para vigilarla mejor, y aceptó pagarle un millón de francos si lograba contactar con importantes funcionarios alemanes en la Bélgica invadida y en Alemania.
En un momento en que se combate encarnizadamente en todos los frentes, la obsesión por la traición y por el espionaje se exacerba. Los servicios secretos franceses e ingleses sospechan que Mata Hari trabaja para Alemania. En agosto de 1916, la división francesa de contraespionaje decide ponerla a prueba, confiándole una misión en Holanda. No puede llegar a ese país y se dirige a España, centro del espionaje y del contraespionaje internacional. Allí, por propia iniciativa, intima con el agregado militar alemán, el capitán Von Kalle, y obtiene información sobre las maniobras alemanas, que transmite al servicio secreto francés; pero éstos siguen sospechando de ella, pensando que es una agente doble que trata de hacerles creer que apoya la causa francesa. Este temor se ve confirmado al interceptar mensajes codificados, enviados por Von Kalle al estado mayor alemán, informando de las misiones y los movimientos del agente alemán H-21, que coinciden exactamente con los desplazamientos de Mata Hari. De ahí en adelante, el agente H-21 y Mata Hari son una sola persona para la policía francesa.
Cuando en enero de 1917, Mata Hari volvió a París y cobró un cheque de una cuenta que los franceses sabían que era usada por agentes alemanes, se cerró el círculo. Al interrogarla sobre el cheque, Mata Hari exclamaría que era un pago por sus afanes amorosos: "¡Es mi tarifa! ¡Jamás nadie me dio menos!". Lo único cierto es que Mata-Hari sentía una gran obsesión por los uniformes militares, como ella misma dijo: "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico".
El juicio fue rápido, y se celebró en condiciones en extremo rigurosas para la acusada: su abogado defensor (otro antiguo amante), el anciano doctor Edouard Clunet, ni siquiera tenía permitido hacer preguntas en forma directa a los testigos de la defensa.
Al principio, ella negó toda actividad en favor de Alemania y cuenta que contactó con el enemigo con el único fin de entregar información a Francia, pero termina reconociendo que su juego es más complejo y que, atraída por el afán de lucro, entregaba información a los alemanes desde el comienzo de la guerra, aunque se burlaba de ellos y les transmitía sólo información sin valor.
El consejo de guerra la encuentra culpable, y es condenada a muerte. Hasta último momento tuvo la esperanza de que el Presidente de Francia aceptara su petición de clemencia.
La mañana del 15 de octubre de 1917 se le informó que se la fusilaría en pocos minutos. Recibió su destino con valor. En la cárcel había engordado y envejecido (imagen), lejos de su esplendor de antaño. Sin embargo, se las arregló para esperar a la muerte como si se tratara de un amante importante, de los tantos que tuvo: se vistió con un kimono de seda, botas con cordones, guantes y sombrero de fieltro negro y una capa de terciopelo del mismo color. Lo había hecho tantas veces; sólo tenía que ser otra vez la Mata Hari de sus sueños.
Su ejecución sólo dio más fuerza a la mitología. Una multitud se reunió para verla. Momentos antes de que el pelotón de fusilamiento del Ejército francés acabara con su vida, la exótica bailarina levantó un brazo para despedirse coquetamente de los soldados que le dispararían. Rehusó vendas y ataduras y miró sin rencor a estos soldados, e incluso hay quien cuenta que no vestía más que un abrigo de piel, del que se despojó para persuadir a sus ejecutantes. Lo cierto es que murió de los 12 disparos que le fueron destinados y que nadie reclamó su cadáver.
Pocas mujeres han despertado tantas pasiones y se han rodeado de tanto misterio como Mata-Hari. Ella misma urdió durante años la red de rumores y fantasías que envolvieron en una nebulosa a aquella bailarina exótica, apasionada, amante de un batallón de caballeros influyentes y arriesgada espía, hasta que las biografías demostraron que la famosa bailarina hindú, aclamada en toda Europa, sólo era una mentirosa patológica y una aventurera caída en desgracia. Pero lo malo no es que fuera una impostora, una mala bailarina y una espía de medio pelo, dispuesta a venderse al mejor postor. Lo peor fue que a causa de sus muchos embrollos murió a los 41 años ante un pelotón de fusilamiento en el castillo de Vincennes.Margaretha Geertruida Zelle nació en Holanda, en 1876. Su padre, Adam Zelle, era un modesto sombrerero al que apodaban "el Barón" por sus delirios de grandeza y sus costumbres extravagantes. A los 6 años, fue matriculada en el colegio más caro de la ciudad y enviada, el primer día de clase, en una carreta dorada tirada por dos cabritas blancas ataviadas como para unos esponsales principescos. Las burlas de sus compañeros no le hicieron mella, y descubrió pronto el placer de ser el centro de todas las miradas.
A los 13 años, su padre se fue a la bancarrota por unas malas apuestas bursátiles y la familia se tuvo que mudar a una casa mucho más modesta. El matrimonio de sus padres se echó a perder, y en menos de dos años, su madre murió minada por las disputas conyugales.Su fama de seductora se inició a los 15 años, en la Escuela Normal de Lyden, donde fue enviada con sus hermanos por la incapacidad del padre para educarlos. Allí pasó el tiempo huyendo del acoso sexual y de los castigos del director de la institución, Wibrandus Haanstra, quien, a pesar de estar casado, enloqueció por ella y llegó a arrastrarse a sus pies, a gimotear en público y a escribir horrendas poesías para conseguir sus favores.
En 1895 respondió a un anuncio en la prensa solicitando una esposa, publicado por Rudolf John McLeod, un oficial holandés alcohólico aficionado a los burdeles de Ámsterdam. Se casaron ese mismo año, ella tenía 19 años y su esposo 39. Pronto se quedó embarazada. Se trasladaron, ya con su primera hija, hacia las Indias Orientales, donde el militar había sido destinado, lo que le permitió un contacto directo con la cultura de ese continente.Tras unos primeros tiempos idílicos, el matrimonio se convirtió en una pesadilla. Rudolf era alcohólico, la golpeaba y la sometía sexualmente por la fuerza, y desarrolló unos celos enfermizos, aunque tenía una concubina nativa. El nacimiento de su segundo hijo no mejoró las cosas. Margaretha se refugió en la lectura de textos religiosos hindúes y en las pocas oportunidades en las que podía desarrollar su talento para la vida social: era una excelente anfitriona en las fiestas de la élite colonial, y disfrutaba de ser el centro de todas las reuniones.
La relación con su marido se acabó tras la muerte de su segundo hijo, Norman, envenenado por una niñera desequilibrada de quien nunca más se supo. Tras regresar a Amsterdam, se separan en 1903. Rudolf, absorbido por el alcoholismo y la vida mundana, la dejó sin un florín, por lo que Margaretha tuvo que dejarle su hija a su cargo. En 1906 obtiene el divorcio, y le conceden a él la tutela.
Ella se marcha a París. A partir de ese momento no se volvió a saber más de Margaretha Geertruida Zelle.Al principio se ganó la vida trabajando en un circo, bajo el nombre de Lady MacLeod, y como modelo de artistas. Pero ya estaba al borde de los 30 años, y las modelos requeridas tenían formas menos rotundas. Fue entonces, en un invierno parisino frío y triste, en que por primera vez la hambrienta inmigrante holandesa le dio cuerpo a sus sueños.
La mayoría de historias sobre su vida coinciden en que su primer benefactor fue el Barón de Marguerie, que la introdujo a la sociedad como una adolescente oriental. Aquí nacieron sus fascinantes historias: cambió su acento, y ayudada por su colección de pulseras y adornos de las bailarinas javanesas, además de su increíble imaginación, construyó la mítica historia de Mata-Hari.
En 1905, los asistentes al Museo de Arte Oriental de París quedaron sorprendidos por la actuación de una bailarina, que se hacia llamar Mata Hari. El baile evocaba vagamente lo que un europeo de entonces pensaba que era una danza oriental: se iba quitando uno a uno sus ropajes, hasta quedar vestida solamente con una malla color piel. Nunca se desnudó por completo, ni descubría sus pechos, porque decía que su ardiente esposo le había arrancado los pezones de sendos mordiscones.Se presentaba como una princesa de Java, descendiente de una familia de sacerdotes indios, y que desde niña fue iniciada en los misterios de las danzas sacras del Indostán. La historia, con diferentes matices cada vez más fantásticos, fue repetida en las diversas capitales europeas adonde la llevó el éxito.
“Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swandi, murió a los 14 años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me bautizaron bajo el nombre de Mata-Hari, que quiere decir “Pupila de la Aurora”
Tuvo mucho éxito en esa primera y frívola década del siglo XX que se recuerda con el nombre de Belle Epoque. A medida que pasaba el tiempo, fomentaba su leyenda relatando su biografía de mil maneras diferentes, hasta que nadie sabía muy bien quién era ni de dónde salía.Fue amante, entre otros, de Adolphe Pierre Messimy, ministro de guerra francés, del compositor italiano Giacomo Puccini, del Barón Henri de Rothschild y de Tadea Mirszlac, la gitana que fue amante del Emperador Francisco José I de Austria y Hungría y de su hijo el archiduque Rodolfo. Entre sus innumerables amantes había franceses, rusos, italianos y alemanes.
Actuaba en Berlín al estallar la guerra del 14 y por esas fechas era la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde de Kraemer, cónsul alemán en Ámsterdam y jefe del espionaje de su país, que piensa en ella para sonsacar información a los militares franceses a cambio de sumas considerables. Acepta y se convierte en la agente H-21. Pero la bailarina era ambiciosa e inconstantes en sus afectos, y tal como había hecho siempre en sus amores, decidió jugar a dos barajas y convertirse en agente doble.
En 1916 conoció al que, según ella, fue el gran amor de su vida, Vladimir (Vadim) Masloff, un veinteañero oficial, de origen ruso, que combatía con las tropas francesas. Fue herido y destinado a un hospital, ubicado en zona de operaciones militares, por lo que para visitarlo había que solicitar un permiso al capitán Georges Ledoux, jefe del contraespionaje francés. Mata Hari fue a verlo. Hay dos relatos divergentes de ese encuentro. Ella afirmó que, en esta entrevista, él le ofreció espiar a favor de Francia, y que aceptó. En cambio, según Ledoux, ella fue a ofrecerle sus servicios, lo que despertó la desconfianza del militar, que conocía sus sospechosos movimientos. Decidió dejarla actuar para vigilarla mejor, y aceptó pagarle un millón de francos si lograba contactar con importantes funcionarios alemanes en la Bélgica invadida y en Alemania.En un momento en que se combate encarnizadamente en todos los frentes, la obsesión por la traición y por el espionaje se exacerba. Los servicios secretos franceses e ingleses sospechan que Mata Hari trabaja para Alemania. En agosto de 1916, la división francesa de contraespionaje decide ponerla a prueba, confiándole una misión en Holanda. No puede llegar a ese país y se dirige a España, centro del espionaje y del contraespionaje internacional. Allí, por propia iniciativa, intima con el agregado militar alemán, el capitán Von Kalle, y obtiene información sobre las maniobras alemanas, que transmite al servicio secreto francés; pero éstos siguen sospechando de ella, pensando que es una agente doble que trata de hacerles creer que apoya la causa francesa. Este temor se ve confirmado al interceptar mensajes codificados, enviados por Von Kalle al estado mayor alemán, informando de las misiones y los movimientos del agente alemán H-21, que coinciden exactamente con los desplazamientos de Mata Hari. De ahí en adelante, el agente H-21 y Mata Hari son una sola persona para la policía francesa.
Cuando en enero de 1917, Mata Hari volvió a París y cobró un cheque de una cuenta que los franceses sabían que era usada por agentes alemanes, se cerró el círculo. Al interrogarla sobre el cheque, Mata Hari exclamaría que era un pago por sus afanes amorosos: "¡Es mi tarifa! ¡Jamás nadie me dio menos!". Lo único cierto es que Mata-Hari sentía una gran obsesión por los uniformes militares, como ella misma dijo: "Amo a los militares. Los he amado siempre y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico".
El juicio fue rápido, y se celebró en condiciones en extremo rigurosas para la acusada: su abogado defensor (otro antiguo amante), el anciano doctor Edouard Clunet, ni siquiera tenía permitido hacer preguntas en forma directa a los testigos de la defensa.
Al principio, ella negó toda actividad en favor de Alemania y cuenta que contactó con el enemigo con el único fin de entregar información a Francia, pero termina reconociendo que su juego es más complejo y que, atraída por el afán de lucro, entregaba información a los alemanes desde el comienzo de la guerra, aunque se burlaba de ellos y les transmitía sólo información sin valor.
El consejo de guerra la encuentra culpable, y es condenada a muerte. Hasta último momento tuvo la esperanza de que el Presidente de Francia aceptara su petición de clemencia.
La mañana del 15 de octubre de 1917 se le informó que se la fusilaría en pocos minutos. Recibió su destino con valor. En la cárcel había engordado y envejecido (imagen), lejos de su esplendor de antaño. Sin embargo, se las arregló para esperar a la muerte como si se tratara de un amante importante, de los tantos que tuvo: se vistió con un kimono de seda, botas con cordones, guantes y sombrero de fieltro negro y una capa de terciopelo del mismo color. Lo había hecho tantas veces; sólo tenía que ser otra vez la Mata Hari de sus sueños.Su ejecución sólo dio más fuerza a la mitología. Una multitud se reunió para verla. Momentos antes de que el pelotón de fusilamiento del Ejército francés acabara con su vida, la exótica bailarina levantó un brazo para despedirse coquetamente de los soldados que le dispararían. Rehusó vendas y ataduras y miró sin rencor a estos soldados, e incluso hay quien cuenta que no vestía más que un abrigo de piel, del que se despojó para persuadir a sus ejecutantes. Lo cierto es que murió de los 12 disparos que le fueron destinados y que nadie reclamó su cadáver.